10) Un divorcio más

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Habían pasado algunos meses desde que el dorsal 98 de los periquitos había entrado a la secundaria. Ya era diciembre del 2011, a nada de llegar al 2012. Las vacaciones y Navidad le habían caído bien a la casa, a pesar de conocer los secretos de los seres extraordinarios, gozaba de ver la ilusión de sus primos más pequeños y la unión familiar. Pronto las clases se reiniciaron, al igual que los entrenamientos, era tiempo de ganarse un lugar en el equipo de secundaria a pesar de ser de primer grado.

Era el 22 de enero, cuando raramente Isabel le llamó y le pidió que si podía verse en su casa o en las Ramblas. Toda la noche no podía dejar de pensar en su amiga, el divorcio de sus padres estaba a nada de ocurrir y era algo que ella todavía no podía aceptar. Quedaron de verse en una de las cuadras más largas de toda Barcelona. Eran las once de la mañana y afuera de su casa ya se encontraba ella, vestida con un short de mezclilla y una blusa color rosa, con su cabello cubierto por una gorra. Iker aún ni se cambiaba, así que solo agarró unas bermudas y una playera blanca, bajo corriendo para irse con su amiga.

—No me has dejado ni cambiarme —dijo él.

—Te dije que a las once, ¿qué nunca puedes ser puntual? —preguntó ella.

—¿Has amanecido con el pie izquierdo y de mal humor? —replicó el chico de pelo castaño.

—Para nada, ¿nos vamos? —contestó la chica de los hermosos ojos cafés.

—Si ya se te ha bajado un poco, adelante —respondió el dorsal 98 del Espanyol. Empezaron a caminar a lo largo de esa enorme calle. A pesar de verse en la escuela, esta vez ella necesitaba de su cobijo; y cuando llegaron a lo que era el monumento a Colón, se sentaron a ver el extraordinario paisaje.

—Gracias por el licuado de fresas Iker.

—Dime, ¿qué te ha pasado?, ¿por qué tan cabizbaja? —pregunto él, tratando de ir directo al grano, sabía que algo estaba mal en ella. De pronto de los ojos de Isabel empezaron a caer gotas color cristalina. Al ver cómo se encontraba su mejor amiga, se acercó más de lo normal y de forma gentil secó sus lágrimas. La chica apoyó su cabeza en el hombro de su mejor amigo y ya más tranquila le preguntó:

—¿Qué se siente cuando tus papás se divorcian? —Postró sus ojos marrones en los de Iker.

—No pasa nada, en mi casa de Madrid, siempre, siempre, siempre había gritos y sombrerazos. Ya no se llevaban bien, fue lo mejor —respondió su mejor amigo brindándole un pequeño golpe en el brazo.

—Mi papá ha visto a mi madre con otro y dice que se acostó con él. Le ha dicho zorra y le ha dado una fuerte bofetada ayer en la noche, no es que no se llevasen bien…  —respondió ella, casi de inmediato volvió a llorar más amargamente, apoyando su cara en las piernas de su mejor amigo. Esta vez el periquito no sabía qué hacer, no tenía respuesta para semejante declaración y obviamente tampoco sabía qué aconsejarle—. Ayer ambos se han dicho hasta lo que no, jamás había visto tales palabras y fue allí donde escuché la palabra divorcio, ¿qué debo hacer Iker? —preguntó desesperada.

—Lo siento, pero no lo sé. No tengo la respuesta, es más no tengo ni una pista, solo hay alguien que te puede responder y tú ya me has dicho que no crees en él.

—¡¿Por qué crees que Dios siempre es la respuesta?!

—No lo sé, cuando hay verdades que me superan, siempre lo pongo a él. Es el único que sabe todos mis secretos y todas mis inquietudes. Además siempre oculto lo familiar con mi desempeño académico y futbolístico —contestó Iker un poco inseguro.

—No recuerdo cuándo fue la última vez que entré a una iglesia, ¿irías conmigo?

—¿Acaso no somos el dúo dinámico?

Después de secar las lágrimas de su mejor amiga caminaron directo a la casa de los abuelos y se pusieron a jugar en el PlayStation 2, como si fuera una tarde más. Increíblemente las palabras del joven, a pesar de no ser una respuesta certera, sirvieron de gran ayuda para Isabel. Ella ya estaba dispuesta a enfrentar este nuevo reto y superarlo.