150 AÑOS DE LA EDUCACIÓN

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La lectura del libro 150 años de la educación en el estado de México editado por el Gobierno del Estado de México y su Dirección General de Educación Pública en el año de 1974, es sin duda, otra posibilidad de repensar la educación en el país. La educación pensando en el año de 1824, año en que nace el estado de México en toda su extensión que llegaba hasta las playas de Acapulco, hoy estado de Guerrero. En la Introducción se lee: “El largo periodo colonial da una cierta unidad al territorio de la Nueva España y hace descansar su existencia en una organización económica, política y social de características feudales, a cuyo fortalecimiento contribuyó la labor educativa de las diversas órdenes religiosas que difundieron en sus colegios la validez moral de las instituciones virreinales. La trascendental obra cultural de los jesuitas, que revolucionó en muchos aspectos el concepto y las prácticas educativas, tuvo en Tepotzotlán uno de sus más importantes asientos.

En él se explicaron y discutieron las principales corrientes filosóficas del siglo de las luces y, sin menoscabo de sus propósitos religiosos originales, se formaron científicos y humanistas de la talla de Carlos Sigüenza y Góngora y Francisco Xavier Clavijero, exponentes y defensores de la cultura mexicana en los siglos XVII y XVIII, siglos que se enriquecieron también con la presencia de Sor Juana Inés de la Cruz, Antonio Alzate y José Mariano Moziño, que dan fe de las más elevadas inquietudes culturales del periodo virreinal”. La Colonia y todo lo que dejó, pero también aquello que se llevó. Los casi 3 siglos de dominio español en la Nueva España, dejó para el estado de México dos hechos relevantes en la literatura: al mejor escritor indígena de antes de la llegada de los españoles, el rey poeta Nezahualcóyotl, y en la Colonia a la mejor escritora de este país que todavía no nacía. Sor Juna Inés de la Cruz, nacida en Nepantla un 12 de noviembre de 1648. A partir de 1824 se inicia en tierra mexiquense toda una odisea que no ha parado en sus acciones en favor de la educación o en sus debilidades notorias. Leo en el texto de Introducción: “Las escuelas municipales de primeras letras, fundadas en 1824, y el Instituto Literario, creado en acatamiento a una disposición constitucional en 1828, constituyeron las primeras manifestaciones de la tarea educadora del Gobierno del Estado de México, que el 2 de marzo de aquel año iniciara su vida institucional dentro del marco de la naciente República Mexicana”. Sólo nacer el nuevo país y plantearse el problema de cómo educar al pueblo que en su mayoría está controlado por el clero y sus instituciones de varios siglos. La influencia no era menor, pues si para el siglo XX a mitad del mismo, los infantes aseguraban que el hombre y la mujer y el planeta Tierra habían nacido de lo que La Biblia decía. Poniendo en muchas ocasiones en peligro la integridad física de los profesores al decir lo contrario con temas científicos.

Un brinco hasta la dictadura porfirista hace ver que no ha sido fácil el camino de la educación, leo: “El grupo que alcanzó el poder en el último tercio del siglo pasado (XIX), organizó a la sociedad porfirista conforme a los moldes del positivismo, según los cuales cada integrante de la sociedad tenía una función propia que desempeñar para la buena marcha del país hacia el progreso, imponiendo “abnegación de los superiores para con los inferiores; respeto y veneración de los inferiores con los superiores”, y utilizó perfectamente a la educación para consolidar y justificar su supremacía social, económica y política”. Estudiar esta etapa, igual que sucede en el estado de Veracruz da muchas luces sobre los esfuerzos sinceros por mejorar los métodos y procesos educativos, así, como el poner atención en la preparación y presencia de los profesores que son base de la buena instrucción del educando. En tierra mexiquense final del siglo XIX e inicios del XX da prueba de que cuando el gobernante tiene fe y entusiasmo por educar la pueblo los logros son muchos más y más fácil de alcanzarlos. Leo lo siguiente: “La importancia que se dio a la labor educativa durante el gobierno del general Villada (1889-1904), a la que está dedicada la tercera parte del trabajo, representa un brillante corolario a una época que arranca con la exposición de las primeras teorías educativas liberales en 1824, desarrollo que, sin embargo, se ve detenido al concentrarse los recursos educativos en los medios urbanos”.

El estudio de las ideas filosóficas de aquellas décadas, son importantes para comprender cómo es que se llegó a la dictadura porfiriana y cómo es que apareció un grupo que se hizo llamar “Los Científicos”, grupo enquistado dentro del poder político y económico que contaba con artistas e intelectuales destacados en su tiempo. La educación en todo tiempo, leo: “La relevante tarea educativa realizada por la administración del general Villada residió esencialmente en el mejoramiento material y técnico de las instituciones educativas elementales, medias y superiores, estructuradas en un sistema bien definido y controlado, en el que la educación normal adquiere características definidas en cuanto a planes y programas de estudio y se da cabida sin reservas a los avances de la ciencia pedagógica”. El recuerdo del general José Vicente Villada aún perdura en las mentes toluqueñas: su atención a la niñez creado el sistema de desayunos escolares a través de su proyecto “La gota de leche”, que obligadamente debe llegar a los infantes para poder estudiar. Su sentido de política social es ejemplo en el siglo XX al paso de las décadas. Su asesinato, a manos de los seguidores encumbrados del porfirismo fue muestra de que el sistema no iba a cambiar, ni aún después de la famosa entrevista que mantuvo con el periodista norteamericano Creelman, a quien le dijo que el país estaba listo para ejercer la democracia y elegir a quién consideraran conveniente haciéndose él a un lado. No fue así, y ello llevó al inicio de la Revolución de 1910 el 20 de noviembre de ese año. El estado de México era un país dentro del nuevo país. Dividido en 8 distritos los nombres nos dan idea de qué tan lejos llegaba en su territorio total: Acapulco, Huejutla, Cuernavaca, Taxco, Toluca, Tula y Tulancingo. A los mexiquenses actuales nos resulta raro que el cubano-mexicano, educador y poeta entre otras cosas, José María Heredia y Heredia se le designara en Cuernavaca para algún trabajo en el registro civil. Recordemos que él fue abogado por estudios por lo que su trabajo le llevó varias veces a Cuernavaca, hoy capital del estado de Morelos. El estado de México ha tenido en su historia de 200 años a muy buenos pedagogos, uno de ellos es José María Luis Mora, quien decía: “… el elemento más necesario para la prosperidad de un pueblo, es el buen uso y ejercicio de la razón, que no se logra sino por la educación de las masas, sin las cuales no puede haber gobierno popular, pues, para entender la Constitución y las Leyes, hay que saber leer”. De igual manera con José María Heredia y Heredia el avance del Instituto Literario de Toluca recibe un fuerte impulso en el conocimiento de la historia, mientras que con José María Luis Mora lo fue el asunto de la economía, y en el paso de los años, la presencia magisterial de Ignacio Ramírez “El Nigromante” puso en el tapete el estudio de la filosofía, al atreverse en su presentación de tesis ante el Colegio de San Juan de Letrán que Dios no existía. Los tres pasaron por el Instituto que viene a ser uno de los más avanzados en México en esos años duros, en que los ataques del clero eran discursos de odio contra la escuela y contra el bienestar físico y social de maestros y alumnos.

La presencia de distinguidos educadores y pensadores hizo que el estado de México fuera visto más que como revolucionario con las armas en la mano, hombres de pluma dispuestos a dar al país y a la entidad su preclaro pensamiento. Esa escuela se mantiene en los tiempos difíciles de la revolución y en los siguientes años: recordemos a don Andrés Molina Enríquez y a Narciso Bassols García. La historia que relata este libro hace ver que el centro del país tenía en tierra mexiquense un competidor leal con respecto a la ciudad de México, que en el siglo XIX era apenas un pequeño territorio rodeado por el mexiquense.