29 de Diciembre

Views: 661

La fecha puede decirle mucho o nada a cualquier persona, perdida en el calendario, representa un día que debiera ser asueto y sin embargo, no lo es, bastante retirado del anhelado 31 de diciembre y de la gloriosa Navidad. Pese a todo, es el momento que marcó mi destino; esa marca personal que los agnósticos rechazan, los creyentes atribuyen a conveniencia y los pathéticos buscamos como alimento espiritual. La madrugada de ese fatuo día, hace treinta años,  murió mi padre.

Detalles aparte, su manera de irse fue la más conveniente para todos, repentina y desconocida, generosa  como era él en sus afectos que éramos muy pocos, acaso sus hijos, tres escasos. La herencia persiste, pues la ocasión de su partida, me abrió los ojos ante la indiferencia al dolor que priva en estas fechas decembrinas.

Desde entonces y en especial, el fin de cada año me ha parecido un entramado de complejidades innecesarias y al mismo tiempo crueles e injustas para los solitarios, huérfanos en todos sentidos. Eso es lo que debiera promover el voraz consumismo: vender esperanza, alquilar compañía, porque sinceramente los falsos gestos desmedidos de cariño en las llamadas familias  actuales –integradas por más de dos personas y  de las cuales vivimos un auge– debería ser desmentido.   Últimamente se tiende a ponderar un grupo por el número de sus integrantes, qué curioso, primero se ruega por salir del núcleo familiar y después, la multitud es motivo de orgullo, exhibir  cuántas cabezas pueden llenar el local de una cena. Digo que nos hemos vuelto poco incluyentes, la soledad es una nueva condición, se vivió con intensidad durante los confinamientos y fue tan rechazada por las colectividades que se hicieron y modificaron tecnologías para evitarla a toda costa, ¿pero qué podemos hacer ante la inminente soledad?

Uno no elige la fecha de fallecimiento de los cercanos para interrumpir la vorágine de festividades ni se vota preferentemente por el día de un abandono o más aún, no controlamos los días de arribo de repletos aviones cargados de familiares ajenos, dispuestos a pasar un mes en el país de origen con toda la comodidad que el tipo cambiario les permite.  Igualdad se pide, tan válido es un convite de uno como una yunta.  Uno de los fenómenos recientes es el cierre completo de puertas, la no-adhesión de personas que no compartimos la euforia de la reunión masiva. No es por tanto, una queja, no lo lea como tal, se trata de defender un poco la identidad, si uno es un humano solo y acaso come un fiambre en la compañía de su sombra, ¿qué más da a la nutrida concurrencia que demora más de una hora enlistando sus propósitos de Año Nuevo? No preciso de invitaciones, no me malinterpreten, quisiera a cambio, respeto por lo actuado el resto de los 364 días de un año que para mí, termina el 29 de Diciembre.