3 Breviprosas

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QUIJOTESCA

 

El grueso caballero, rico editor se solazaba:

– Vive  Dios que he visto escritores malos y raros, pero éste que recién me abordó ja, ja, se llevó la palma de Cristo.

– ¿El que apenas vino con un tabicote, de hojas amontonadas, por cierto manco y enteco?

– Sí. Por nombre Alonso y que había peleado no sé qué guerra: imaginaos ja, ja, ja, ja que comienza su novela, ja, ja, que no  –¡mas vino, ja, ja– que no recordaba  donde habla puesto no sé qué mancha… ¿vos creís?, ja, ja…

 

LA RUEDA DE LA FORTUNA

¿Por qué tuve que venir a urgencias? Y el recién llegado con azúcar en 105, se prometió no hacerlo jamás: Con ración doble de Euglukon la brinco y estuviera en la fiesta sabatina de Chón que siempre termina en aquellarre.

Pasaron por el pasillo dos enfermeras para ayudar al camillero. Un enfermo, blanco como papel Bond y deteniendo con un pañuelo la sangre que salía a borbotones por la boca. El diabético ya tenía vecino y al parecer venía grave de a de veras.

– Pobre cuate. Se dijo. Cuando de pronto le vino un lancetazo en medio del pecho  y aprovechando, les dijo a los médicos que atendían al ulceroso vecino.

– Me duele aquí. Y un médico a las volandas atrajo la atención de los demás:  ¡Esta infartado!, ¡manden traer a un cardiólogo!

Y el ulceroso vecino, pensó: Pobre cuate.

MANOS

 

Desde que están en el materno claustro, las alitas vuelan en el líquido amniótico y al salir, después de llorar el bebé, las manitas nadan en desconocido aire.

En la cuna, apresar quieren al rostro que los quiere y en primero de primaria escribirán MAMA y luego será Amo a mamá. Y luego de ardua labor el padre querrá como llorar al sentir esas manitas que con cariño lo apresan.

Manitas, manos, manotas. Que en adolescencia hurgarán en eróticos rincones.

Manos que versos escribirán y que a los abuelos a recorrer los últimos tramos de vida ayudaran y que a los ojos queridos cerrarán.

Manos, manos. De manejadores de armas que matarán o de madres que bendecirán. Manos queridas que tus lágrimas limpiarán.

Y por fin, yo me quedo con las manos de mi madre, ásperas como lija, de tanto hacer y que me llevare a otro mundo, –si es que hay– y que recordaré hasta que  las mías exhánimes, como mi corazón se dejen de mover.