50 años

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Hace cincuenta años no se pensaba en lo que vendría. Se vivía en contramano de la historia, aunque mejor se debería de decir, en la ignorancia de la historia. Se era niño que miraba con otros ojos esa casa que se iba construyendo por secciones, pensando en las calles que se conocían, en los huecos de un cementerio que atraía más de la cuenta y que sólo era un pedazo de tierra donde los nombres sólo tenían una caligrafía rebuscada o pequeña parte de algo que fue una vida.

Los ocho años tienen siempre un poco de fantasía. Muy pocos recuerdan con exactitud lo que se hacía en aquellos tiempos y mucho menos, se tiene conciencia de lo que sucedía en el mundo.

Sin embargo, el mundo a nuestro alrededor tenía mucho de cambiante y demostraba a los demás lo que se venía. El cambio hacia una modernidad que, aunque se esperaba, nunca se tuvo conciencia de lo que representó para la sociedad.

Dos años antes, el verano de Paris, el asesinato de Martin Luther King, la invasión de Checoslovaquia, el recrudecimiento de la guerra de Vietnam y el movimiento estudiantil de México, mostraron la razón de la era moderna.

No se podía esperar, tan sólo en esos cuatro años (1968-1971) lo que representaría ante los ojos de la sociedad el despertar de aquellos jóvenes que se enfrentarían al pasado con una fuerza que iba más allá de la simple rebeldía.

Eso lo puso en el escaparate el concierto de Woodstock y la revuelta de la Universidad de Kent en 1970. Aquello fue un grito más grande que la paz de los hippies y la soledad de la luna cuando Neil Armstrong la pisó por primera vez.

México no se quedaba atrás. El movimiento del 68 fue el inicio de una transformación social mayúscula. No sólo fue la matanza de Tlatelolco lo que despertó la conciencia, sino el hecho de que existía un gobierno que intentaba acallar las voces juveniles y que, por un momento, breve por cierto, intentó darle cabida a las manifestaciones de los jóvenes en todo sentido. La música sufrió una transformación radical. No sólo fue el rock, que tuvo un avance significativo. De aquella ingenuidad que se vivió en la década que había terminado a la vivencia transformadora de la onda. Y Avándaro fue la cumbre de dicho cambio, aunque también el inicio de la satanización de la música joven.

Incluso, decían los viejos, años después, fue una sorpresa ver a Jacobo Zabludosvky anuncia el Festival de Rock y Ruedas con particular entusiasmo, aunque días después del concierto, lo denostara sin parar.

A cincuenta años de aquel mítico festival, al que no pude ir por la simple razón de que tenía ocho años, sólo me queda recordar lo ilegal que era preguntar por él, la forma casi clandestina de conseguir información y tener en un libro las fotografías de Graciela Iturbide junto a una reseña que hablaba del festival de una manera más objetiva.

¿Queda la nostalgia? Sí, definitivamente. Sobre todo porque no tuvimos la oportunidad de estar ahí, sufriendo de la lluvia y el frío, de la incomodidad del sitio y de todo lo que sucedió en esos días del que sólo nos quedan unos retazos de película, algunas grabaciones de los conciertos y fotografías que han ido saliendo.

Pero de que fue el principio del cambio, eso sin dudarlo lo afirmamos, pero también representó el retroceso que nuestro rock nacional sufrió y que, en estos momentos de la historia, es necesario recordarlo para que se sepa en dónde están nuestras raíces más inmediatas.