65 AÑOS DE EGRESIÓN DE LA ENEM Generación 58-60 -2-
A la enorme distancia temporal parece más de ciencia ficción que de realidad nuestro encuentro con el otro mundo mexicano. De estar jugando carambola en los billares de El Gran Hotel en una Toluca provinciana, a tratar de enseñar a leer a los pequeños otomíes que te veían con ojos de sorpresa.
Como luego íbamos a leer en los escritos del maestro Bonfil Batalla, de Fernando Benítez, de Rosario Castellanos; ese México rural, –México Profundo– pobre, analfabeta y olvidado era nuestra razón del estudio y la carrera. Desde el famoso estudiando y trabajando hasta ser actores de cambio del drama educativo de México.
Y tres años se fueron volando. Una tripleta anual que a las volandas nos preparó para estar junto y con el medio ambiente, con las gentes, con el pueblo de almas que más nos necesitaba.
Tres años que en esas calladas tardes –excepto las del viernes en la zona del tianguis aledaño a la iglesia de El Carmen– abrevamos de queridas maestras, de sabios autodidactas profesores que están impresos en la lista del artículo pasado.
En materias como Técnica de la Enseñanza, Higiene o Ciencia de la Educación, en el gris de aquellas tardes que se iluminaban con maravillosas damas. Nombraré sólo a mi maestra Eudoxia Calderón, quien me enseñó en primer año de primaria a leer y escribir y en la Escuela Normal, me enseñó a enseñar, pero cada una, cada uno, tiene su excepcional mérito.
Y era aprender de verdaderas, de auténticos dómines formados más que en la academia, en la universidad de la vida, no había maestrías ni doctorados chatarra sino maestras, maestros que a su favor tenían el Eros Pedagógico y un autodidactismo que tenía a su favor el leo lo que entiendo y me gusta.
Abriendo caminos al andar, nuestras maestras, nuestros maestros de la normal, dejaron hondísima huella en nuestro ser. Y todos, desde quién nos enseñaba a enseñar, hasta quien –Maestra Conchita, ¿recuerdan?– hizo que la representación de la Viuda Alegre de Franz Lehar, la llevemos hasta y para siempre en el corazón. O la maestra Romero quien nos hizo cantar canciones de Cri Cri, o Moisés Ocadiz López quien nos abrió la ventana de par en par para descubrir el mundo de las letras. Y ya cometí un segundo error, porque al nombrar a unos omito a otros y el total fue maravilloso.
Todas y todos los maestros. La nata de la leche magisterial de entonces. Los que pusieron las bases para el crecimiento del normalismo y luego de la Normal Superior, porque debo anotarlo: en esos enigmáticos años 58, 59 y 60, la educación mexiquense apenas si exponía un poco el rostro al Positivismo de Augusto Comte, que campeaba por sus respetos en la cercana capital y nosotros, jóvenes promesas magisteriales, más bien nos acercábamos a las Escuelas Rural Mexicana del insigne Rafael Ramírez Castañeda.
Si a algunos nos preguntan hoy, diríamos que en lo sencillo estaba nuestra base y la razón, verbigracia la utilización del Método Onomatopéyico del maestro Gregorio Torres Quintero, que, uniendo el sonido de la naturaleza con el signo gráfico, nos permitió enseñar a leer y a escribir al necesitado pueblo de almas rural.
De lo sencillo a lo complicado. De la vida real a la aplicación del método idóneo. De mirar el verdadero rostro del México profundo a la teoría de Decroly; de John Dewey y la maestra italiana María Montessori… aunque, a decir verdad, la creación propia, más de una vez nos sacó avantes.
La querida Escuela Normal, este almacén de enseñanzas y recuerdos fue nuestro laboratorio, casi efímero, trianual, agotador, alucinante. Nuestra Escuela Normal #1, la primigenia, que nos marcó para toda la vida y nos hizo ser una familia, que como toda familia, que se respete, a veces no compaginamos en la forma, aunque en el fondo, nos quisiéramos mucho… ¿Quién que dure 65 años de egresado de una institución, aunque sea por el tiempo, no debe darle gracias a Dios, a la Vida, a su capacidad vivencial? ¿Y estimar al coetáneo compañero de ruta? Y casi llorar al ver que la gran mayoría no está.
En este 2025 son 65 años de egresión, pero queda claro que entramos en 1958, o sea que bien pudiéramos haber celebrado 68 años, de nuestro ingreso a la normal.
…58, 59, 60… Cuando comenzaban cambios de pensar en el mundo, inventos, estilos de vida. Aunque la mayoría no teníamos dinero para comprarla, en 58 ya estaba la televisión en blanco y negro, e igual, nos tocaron las viejas cocinas con los rombos de jarritos en la pared, metates y debajo de las hornillas los kilos de carbón, iban dejando su lugar a las licuadoras y los tanques de gas.
