Meada de damita

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A veces la burocracia cultural se parece a una cita que no se concreta. Si es el caso, sirva esto como una dulzona critica al sabor del pan y las risas. Como Homero corriendo tras el puerco volador, gritando, todavía sirve, todavía sirve. 

Apenas despegué las pestañas y me llené el buche, le escribí a María: ¿a qué hora termina tu curso? Nada. De pronto la cartelera del Quimera: poesía y cata de pan. Dije: bueno, si no es el alfeñique y Toluca, de pronto Metepec y poesía y tragazón. Que le caiga para allá, pensé, pero de pronto, aún nada. Mensaje de voz: salgo de casa, voy para Metepec, cáele si escuchas esto a tiempo. 

Me puse unas rolas, esperando quedarme dormido de camino a Metepec, pero como había dormido bien me provocó leer un rato, afuera estaba nublado y se antojaba rico hacerlo. Pero la María no respondió. Ah, no. Perdón, tropecé. 

Sí, el clima estaba como para darse cuenta que la vida sabe mejor leyéndola, pero muy rápido me dio coraje no tener un buen libro a la mano. Había comprado Tromso de la Filem. Doble coraje. Fui a la Filem con el único propósito de aplaudirle al Alonso Guzmán por su premio municipal de literatura, pero el pinche tránsito y la falta de camiones me hicieron llegar media hora tarde. 

Ya me había quejado de la Filem en mi Face, por eso me la tomé tranquilo. Pensé: unos libritos. Por puro morbo pregunté por Tratados de la infidelidad de Herbert y Plascencia. ¿400 y pico le pregunté al man? Dijo que sí. Dije: en Gandhi me salió en 100 varos. Sí, así se las gasta la Filem. Lejos, mal organizada y con precios inflados. De todos modos, me compré Tromso. Más coraje arriba del taxi al lado de una morra y su pretencioso iPhone creyendo que todos queremos saber de sus asuntos al teléfono. 

Tromso va de un vato que se da cuenta que nadie le entiende. Namás no encajé. Más bien se me hizo un miren cómo y qué tanto pienso y cómo puedo ponerle puntos y comas a ese pleito de gallinas mental. Investigué al autor: que editor de Luvina y otros asuntos. Pues editor será, pensé. ¿Será que por eso no tienen convocatoria abierta para nada? Se pican el ombligo entre ellos. 

El frio de Metepec me dijo Hi. Se sentía muy bien andar por ahí ya con la cabeza más tranquila, como en los viejos tiempos, cuando me salía de la escuela de escritores y me compraba unas papas de limón y sal y una sangría en el 3B y regresaba a clase. 

Ya en el evento del pan y las letras, puras tristezas. Yo iba con toda la buena vibra, pero nada más no. Lo mejor fue una colega de estos rumbos poderomexianos. El resto nada. Luna, y cartas, y sin mies y sin yoes y verte sin verte viéndote. Bah. De hecho, un morrito de 8 años hizo algo mucho más decente, y creo que eso tiene que ver con que se emparejó con los adultos mentalmente. No lo digo desdeñoso. No lo digo ufano de nada. ¿Por qué decirlo es malo? ¿A quién le hablan? ¿A quién le escribo? Bueno. Sigo. 

El asunto es que me fui nada más con el buen sabor de un bocado de jamón serrano y fruta y un algo de vinito en vaso de plástico. Como en la Filem fui hábil para eludir los saludos y los falsos halagos que regocijan el ego. Fui al baño del museo del barro y por pura nostalgia me asomé a la escuela de escritores que desde hace mucho es nada más un fantasma. Pensé: bueno, aquí sí que pegó duro la pandemia o la hipocondría o el aire de que en el museo del barro como es feria del pueblo, haya papel de baño cuando en otras ocasiones están copados de mierda.  

La verdad es que ya meado y con el Metepec tan parecido al de ayer me sentí con calma como para no despreciar los eventos culturales, ya que, aunque la poesía no había llegado, sí traía el buen sabor del jamón serrano en el paladar. Además, al lado de mi mesa, un par de ancianos lo gozaron y el morrillo poeta se dio de abrazos con otro chiquillo. Supongo que ahí estaba la división del arte y la cultura y entenderlo también es sano, aunque sea para la cabeza.  

Sí, hay algo de calma si una mea a gusto y comió jamón serrano. La Marie, de mucha gerencia le cuesta trabajo estar al pendiente del teléfono, sobre todo cuando la empresa la hizo hospedarse en un hotel culero de pujidos y pocas cobijas para seguir teniendo los buenos números que tiene la canija. Eso fue lo último que me había contado la noche anterior, y yo le dije: ponte abusada con el Uber. 

Eso sí, y esta fue la única innegociable, me di cuenta que no puede haber artistas a medias tintas. Que el carácter de la arista se refleja en su obra. Como Herbert y su Ahora imagino cosas. Y lo pensé porque justo lo había encontrada un año atrás en una feria de pueblo de ese tipo. Otra vez andaba yo emocionado: todavía sirve, todavía sirve. Pero nada, en los montones, puros libro chatarra. Me fui a la Plaza Juárez, y más tristeza: la pobre banda tenía apenas unos cuantos locos por ahí. Qué tiempos aquellos en el Quimera del lienzo charro y Fito Paez. Se nota que es cambio de hueso en el gobierno y si la Quimera luce, los burócratas tendrían una cena decente y no vulgarmente fastuosa. 

Me fui. Ya sin muchos ánimos de encontrar otro Herberazo, que me topé con una mesita de libros de segunda mano casi fantasmal entre tanto asno de micheladas con chamoy dulcísimo. ¿No se jacta Metepec de ser cultural? ¿Será que por eso tratan como parias a los artistas callejeros en el 2 de abril? ¿Se estará coyoacanizando Metepec? Sabe. ¿En qué iba? Ah, sí. Los libros. Que se acerca un man y luego de hacerle al veo veo de los cultos, que pregunta: ¿no tienes el código de no sé qué chingados de la editorial tal para la materia que solo yo llevo en el jodido país? Se fue con el obvio no. Le dije al don que vendía: me da risa esa banda que pregunta por un libro bien específico en un puesto de libros de segunda mano. Nos reímos. No me sorprendería toparme con ese man en el 2 de abril y pagar con el bonito aplauso sincero a un artista callejero. 

El caso es que me resplandecieron los ojos: El karma de vivir al norte, de Carlos Velázquez. Apliqué la del desdén. ¿Cuánto este? El don, fiel a su asunto, hizo la de vendedor de Liverpool: uy, este es un gran autor, habla de la realidad, muy bueno. Dame 100. Lo dijo en tono de oferta y de no haber vendido mucho. Hubiera pagado el doble, pensé. Le jugué al buey, pero lo compré. 

El frio de Metepec me provocó una vez más ganas de mear. Me fui al baño de Garis. Ahí estaba, sentado en el baño leyendo. Pensé: ah chingá, namás venía a mear. Por pura inercia me senté y me eché una meada de damita y la primera crónica del libro. Me dio risa. 

De regreso, luego de bajar el libro luego de un relato en el que Carlos Velázquez dice que ya no te puedes madrear con nadie sin el temor de que sea una sabandija armada o mañosa, me di cuenta que estaba justo en el cagón de Tenango. Siempre que paro ahí me acuerdo de Saúl Ordoñez, poeta premiado. Fue mi maestro en la escuela de escritores: me dio un nueve por un ensayo sobre Bukowski y la legitimación de la obra. 

Aquella vez, Saúl regresaba al anexo en el que estaba recluido desde hacía unos meses. Me había dicho: visítame, y ese parecía ser el día. Pero no lo encontré. 

El anexo estaba lejos. Calles de buena me deprimieron. Una realidad contrastante en restaurante de la lectura en la que había estado. Como encontrarse a Velázquez en un montón de segunda mano. La Marie por fin respondió. Se disculpó por no estar conmigo: me lleva la chingada, dijo. Entiendo perfectamente que sea una mujer ocupada con empleados a su cargo. Aun así, hay paralelos ineludibles.