EL PORTAFOLIO DE MANUEL GONZÁLEZ ESPINOZA QEPD

Views: 3339

“Provengo de la cultura del esfuerzo y no del privilegio” Luis Donaldo Colosio.

 

 

 

Manuel González Espinoza vio la luz, pero también las sombras, en un pueblo de las montañas a dos horas de ZihuatanejoGuerrero. Su niñez, marcada por la adversidad, moldeó su carácter al igual que el acero, forjado entre el frío y el calor. Soñador y aguerrido, fiel a sus raíces, se alejó cientos de kilómetros de la tierra donde jugaba canicas y daba rienda suelta a su curiosidad. En su búsqueda de identidad, encontró su esencia al lado de varias mujeres y hombres Mexiquenses, delineando así su propósito en la vida: la política y el servicio público.

Cuando tenía 9 años de edad, llegó a vivir a Tlalnepantla, destacando en la escuela por su inteligencia y dedicación, lo que le valió que adelantara dos grados en su educación primaria. Al tiempo que en las calles, en donde le apodaban el japo, empezaba a germinarse su semilla como líder, luchador social y un amigo solidario. Desde entonces, prefería dar que recibir, y así fue como a su palomilla del barrio, les obsequió máscaras de luchadores de la época, de el Santo, Blue Demón y demás ídolos del pancracio, que adquirió con el producto de su trabajo como vendedor de chicles y bolero.

En su antiguo y desgastado portafolio negro, que siempre llevaban consigo, además de libros, guardaba hojas de ruta que reflejaban su sinceridad, honestidad y cercanía. Comprendía que sus interlocutores ansiaban transparencia, ética y compromiso, pero sobre todo, deseaban ser escuchados.

Apasionado de la lectura, fue un aguerrido luchador social, político congruente y de sólidas convicciones ya que, a pesar de una trayectoria como Presidente Municipal, Diputado Local, Diputado Federal y funcionario estatal, siempre vivió en la medianía. Confiaba en su poder de seducción, en su empatía, humildad y sencillez, rasgos que lo distinguieron desde sus inicios como líder estudiantil y juvenil en donde le apodaban el cócoro, en las épocas doradas del otrora invencible tricolor, allá en los lejanos ochentas.

Manuel fue un guerrero tanto en la vida como en la política, un priista embotellado de origen que permaneció fiel a su partido hasta el final. Como un líder versátil, conoció la geografía política de su estado como pocos, entendiendo que sus correligionarios estaban cansados de respuestas vacías y anhelaban preguntas que resonaran con sentido común y esperanza.

El incansable Manolo disfrutó de las mieles del triunfo y aceptó con estoicismo las hieles de la derrota. En el tumultuoso mundo político, se coció a fuego lento, no en microondas, donde actualmente se ven a aquellos que, apenas enamorados del PRI, sucumben al individualismo sin comprender ni aprender a amar al tricolor como él lo veneró.

Comprometido con sus estudios, Manolo cumplió su meta de convertirse en Licenciado en Derecho y nunca dejó de prepararse, estableciendo un balance entre lo político y lo científico. Esta dualidad se alinea con la distinción hecha por Max Weber entre «estar enamorado» de la política y «amar» la política, términos que reflejan diferentes enfoques y actitudes hacia el compromiso político.

Estar «enamorado» de la política puede ser visto como una visión romántica e idealizada, donde uno se deja llevar por pasiones sin una comprensión clara de las complejidades del ámbito político. En contraste, «amar» la política implica un compromiso más profundo y racional, así como una conciencia aguda de la necesidad de actuar éticamente en medio de las realidades del poder. Manolo amó la política.

 

Observador y analista político experimentado, veía con tristeza genuina la capitulación del PRI y como el egocentrismo de sus dirigentes pasaba factura al priismo derivando en traiciones y múltiples fracturas a lo largo de todo el territorio nacional en donde el Edomex, tierra de los políticos leales e institucionales, no podía ser la excepción.

La política gradualmente comienza a perder su encanto y, a causa de ello, van desapareciendo los políticos que viven para ella y no de ella. Manolo respiraba y transpiraba la política.

Le obsesionaba la idea de generar discípulos en la política, su legado permanecerá en el corazón y en la mente de cuadros políticos de Toluca, Metepec, Ocoyoacac, Valle de Bravo, Atlacomulco, Tlalnepantla, Atizapán, Neza, Tierra Caliente, Los Volcanes… por mencionar algunos muy también, en otros estados como en Sinaloa en donde también dejó muchos amigos.

Amigo entrañable y compañero en diversas trincheras de la política, solíamos recordar gratamente aquella campaña presidencial de hace 12 años, contribuyendo con nuestro granito de arena, pegando tabiques desde Sinaloa. Eran memorables esos traslados recorriendo varias veces la maxi pista Culiacán – Mazatlán y escuchando al mazatleco Fernando Valadez, su cantante favorito con sus canciones, entre la que más escuchábamos que era su favorita: Si Volviera A Vivir,

Si volviera a vivir

esos días que han pasado

cuán distinta mi vida

no tendría que sufrir

No lo puedo negar

fue mi orgullo primero

es por eso que lloro

no poderla olvidar

Me creí del amigo

que se dijo sincero

y por ser yo muy hombre

yo la quise perder

Esos días que han pasado

ya no volverán nunca

porque amor verdadero

sólo existe una vez

Me creí del amigo

que se dijo sincero

y por ser yo muy hombre

yo la quise perder

Esos días que han pasado

ya no volverán nunca

porque amor verdadero

sólo existe una vez

Corazón tu dolor

ya no tiene remedio

y es el fruto de aquello

que tu orgullo me dio.

Para bien del PRI y de México, ojalá que sean más los que como Manolo, lleven siempre consigo su portafolio negro con libros y hojas de ruta que reflejen su sinceridad, honestidad y cercanía, y menos, quienes gusten de las pesadas talegas.

 Que en Paz Descanse un gladiador de la política y un amigo sin par. ¡Te vamos a extrañar!