¿Qué llevo a Ortega y Gasset a escribir La rebelión de las masas?

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Uno de los libros más lúcidos que he tenido la fortuna de leer, sin duda ha sido La rebelión de las masas, del filósofo español José Ortega y Gasset. Durante años, he vuelto una y otra vez, de manera curiosa y con vocación de aprender algo nuevo a este texto, y siempre ha tenido cosas nuevas que decirme. Sea por la exquisita forma en que está escrito, por la potencia de sus metáforas, o porque el texto es fruto de un momento en el que el genio filosófico de Ortega y Gasset se encontraba en un momento tan álgido como el de sus últimos escritos.

Haberlo leído tantas veces, como decía, no sólo me ha revelado, en cada ocasión, cosas más interesantes y que en lecturas pasadas no fui capaz de percibir, –como sucede con textos que realmente merecen llamarse clásicos–sino que este ejercicio me hizo clara una conexión especial de los pensamientos que se plasman en él, ya no con mis ideas sino con mi personalidad. 

Encontrar este texto fue como encontrar un amigo incondicional que, aún con todos los violentos cambios que ha sufrido tanto mi forma de pensar como de escribir, ha permanecido siempre ahí; sin dejar de auxiliarme con sus brillantes ideas. Porque, si algo hace de una forma extraña, es congeniarse con lo que piensa casi todo el mundo en diistintas épocas, por alejadas que se pudiese estar de lo que representa él como pensador.

A la luz de todas estas experiencias, creo que ya es momento de darme licencia para referirme al libro, tratando de hacer claras las bondades filosóficas que, me parece, están marcadas a fuego en él y que se pueden traer a nuestra actualidad sin perder su sentido. Pues, otra cosa que hace muy bien el texto es soportar el paso del tiempo: no en vano, Ortega y Gasset pudo extraer de él su ‘teoría de las generaciones’ en Historia como sistema, quince años después sin alterar lo dicho en La rebelión de las masas.

Las motivaciones que tuvo para escribir el texto no son muy fáciles de entender a primera vista. Y es que, su punto de partida son las muchedumbres, las aglomeraciones, el hecho del lleno, para ser más exactos. ¿Cómo puede ser que el hecho de que cada vez, las calles estén más llenas, que los cines tengan cada vez menos espacios, que sea casi imposible encontrar butaca en el teatro, o que las avenidas sean prácticamente intransitables sea un problema filosófico? ¿No es esta una cuestión trivial y cuantitativa? ¿No es este terreno de la sociología de inspiración más científica y acaso, un tema tan árido como aquellos de los que se ocupa el demógrafo? Ortega está convencido de que no; y de que de un hecho tan cotidiano y trivial, ‘que se puede ver con los ojos de la cara’, se desprenden varias de las cuestiones que, casi cien años después, aún mantienen ocupada a gran parte de la llamada sociología filosófica.

Esta idea se refrenda en el generoso y lúcido prólogo que Julián Marías escribe a la obra en 1975, con motivo de los 45 años de publicación de la primera edición, en el que se cita la siguiente opinión del medio inglés Atlantic Monthly: Lo que el Contrato Social de Rousseau fue para el Siglo XVIII y Das Kapital de Marx para el XIX, debería ser La rebelión de las masas del señor Ortega para el XX. Sucede, pues, que Marías, aludiendo a este elogio del texto, se haya dado cuenta o no, da un alcance valioso a una pregunta importante para entenderlo: ¿qué tiene para que su vigencia se renueva periódicamente?

A mi juicio, el mérito de Ortega –y lo que justifica su siempre renovada actualidad– es hacer clara la fisionomía de un fenómeno que se viene repitiendo desde la antigüedad, pero que aún ni se había nombrado ni detallado; y a través de esto, hacer tomar fuerza y sentido a lo que sucede en los térrenos tácitos de los hechos que la mirada del sociólogo cuantifica y explica usando conceptos; pero que, en último término, recoge nada más una parte de aquello a lo que se acerca, sin ser capaz de apuntalar sus dinámicas subyacentes, que es donde se encuentra su riqueza. 

La tarea no es pequeña, pero la capacidad de síntesis del madrileño, sí; así que se limita a introducir justamente los criterios que necesita para refrescar y ‘trascender’ el rigor filosófico y sociológico tradicional, y así, hacernos ver lo mismo que él tras ‘El hecho de las aglomeraciones’. A mi juicio, estos criterios que vertebran el texto son dos. Primero, que las sociedades se comprenden de mejor manera poniendo el ojo en las relaciones entre individuos que son o ‘masa’ o ‘minoría selecta’. Y segundo, que la clase a la que pertenecen los individuos que componen las sociedades no responde a asuntos socioeconómicos, sino a la grandeza de las aspiraciones que es capaz de contener dentro de sí el espíritu de cada uno. 

Como la cantidad de tópicos que el libro aborda es inabarcable, y mi propósito aquí es modesto, desde el espacio de la próxima semana en adelante, nos dedicaremos a explorar estas dos ideas, buscando hacer claras las bonanzas filosóficas del giro que Ortega y Gasset da al ya en esa época gastadísimo concepto de ‘clase’, y cómo, con él, podemos sorprendernos por todo su ‘rico cromatismo interior’.