Reflexiones navideñas

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Las olas lamen la orilla arenosa, dejando oírse en su golpe final, la balaustrada pétrea.

La espesa noche es un mar negro, sólo roto en el color por la burbujeante espuma que se deshace. Cartagena, la antigua de indias, joya de Colombia, refulge atrás con diez mil luciérnagas del alumbrado eléctrico. Es Navidad, la cumbia alegre evanescente tórrida contagia a todos los habitantes.

Una modernísima lancha de motor se acerca, imponiéndose la maquina al chasquido de las olas al pegar en las piedras… pero a lo lejos las luces y lo cánticos navideños se imponen.

Desde la orilla, una lámpara sorda haciéndose señales, guía a la nave del mar. Las pequeñas bolsas de polietileno se acomodan bien en las cajas. La voz queda, ordena a los estibadores, Cuando les diga, ¡pero de ya! meten las cajas.

La coca procesada, el oro blanco de Colombia, cuidada con esmero en su empaque hará otro viaje, ahora por mar y luego en avión para destruir voluntades en una tierra más lejana, más grande y más al norte, llamada México, pero lo que no se anotó es que en este país y en el país de la cumbia, ahora es más rentable el fentanilo que en el país más poderosos del mundo dejará anualmente 100 mil jóvenes muertos.

 

Sentado tranquilamente en la sala de TV, no detecta al enemigo que está en su sala. Mira el noticiero que habla de la lucha gigantesca contra el narcotráfico en aquel poderoso país vecino del norte y se levanta en el comercial, sugerente, lleno de color y de gusto por la vida: ese comercial que termina con la carcajada de Santa Claus.

Estamos en México, en la sala de un respetable hogar y viendo la TV, el padre de familia no ve al enemigo. Se oyen lejanos los gritos de los niños rompiendo la piñata y el sonsonete dale, dale, dale, no pierdas el tino porque si lo pierdes, pierdes el camino.

El fentanilo sin ser visto ya lanzó sus redes, cinco jóvenes preparatorianos invitados a pasar la Navidad en ese hogar en el cuarto del hijo del padre que ve la televisión, la consumen con fruición.

Pero más en USA en donde es moneda de cambio diariamente el consumo del fentanilo y de la coca que ya estaba en Perú y en Colombia desde hace cientos de años silvestre en lo que era el Imperio de los Hijos del Sol y servía para que los larguísimos caminos se les hicieran cortos al Inca; para que, masticando las hojas, se fuera todo signo de cansancio y llegaran al adoratorio de Manco Capac en una especie de gusto y descanso, de ritual mágico, que la yerba hizo placentero, la coca, la fabulosa fabricante de ilusiones ahora en 2024 sigue siendo consumida.

Y en un rato en los hogares de Medellín, de Ciudad de México y de Nueva York se brindará con alcohol.

Los pioneros gringos a no ser un wuiskito no eran adictos, ya notamos que los Incas usaban la coca para aguantar la pesadez de la jornada y aquí en México, el de Atzcapotzalco, el texcocano, el azteca… ningún pueblo nuestro tenía la ebriedad como su signo.

Cuando Xóchitl, llevó el neutle ese blanquísimo liquido del maguey y el rey se quedó con el aguamiel y con Xóchitl la bella portadora, sólo sirvió después más como ritual religioso que luego sería embrutecedor de las conciencias de tantas gemas poéticas en la Colonia.

La Navidad tiene varias caras: la más importante es la manipulación de las grandes compañías comerciales para hacernos sentir que estos días somos más felices, la derrama de dinero que nos hace ser un poco más poderosos para combatir lo indispensable y lo que no se ve: el desmedido consumo de drogas y alcohol el que la gente no se dé cuenta de que es manejada y que el Salvador del Mundo está muy aparte y lejano de los humanos apetitos.

No obstante, siempre se oye bonito desear Feliz Navidad y un Año lleno de salud a todos nuestros congéneres y que ojalá la droga y el alcohol que destroza cerebros sea arrancada de la faz del Mundo, siendo personalmente uno de los deseos para que nos vaya mejor en estos días.

¡Feliz Navidad y Feliz Año Nuevo les deseo a todas, todos y a todes!