Cuando la música muerde

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La música como animal que nos lame o muerde

¿Has sentido alguna vez que una canción te diga algo que nadie más supo ver? Y a veces ni siquiera tenía letra, sólo estaba ahí, como una experiencia profunda, eso no es música de fondo eso es una fiera.

Aún si intentara definir lo que la música nos hace, quedaría corta y diminuta. La música es pues, mágica, mística, simbólica, un acorde espectral. Pero en este escrito, la música es un animal.

Esta es, no una metáfora cualquiera, no un decir bonito, porque la música es un ser vivo que nos ronda, un intervalo sagrado, que aparece cuando quiere, que huele el miedo, el deseo o la nostalgia y decide si se nos sube encima o nos deja pasar de largo. 

La música no es una experiencia que se elige, no se trata de poner algo para escuchar, ni de acompañar el día

No. 

La música es un animal. 

Se nos sube encima, nos lame si quiere, nos muerde si puede. Llega sin anunciarse y, cuando aparece de verdad, no hay botón de pausa que la detenga entonces se te mete bajo la piel, te respira, te ruge, te habita.

 

No hablo de la música como fondo, ni de lo que suena para que el silencio no incomode, hablo de la que atraviesa, de la que se mete por una rendija del cuerpo y nos cambia la respiración.

Hay algo salvaje en la música cuando no la domesticamos, algo que recuerda más a un instinto que a una melodía. A veces se presenta suave, como un gato tibio que se acomoda en el pecho, pero otras veces es más bien una fiera que clava los colmillos. Se instala como un temblor que nadie ve, pero que nos obliga a bajar la mirada o cerrar los ojos y llorar. No siempre sabemos qué canción será la que nos muerda, pero cuando lo hace, lo sabemos. Porque duele, y al mismo tiempo, alivia. Porque arranca de una zona muda del alma un sonido que no sabíamos que teníamos guardado.

Quien también fue mordido fue Nietzsche, él no nada más pensó la música, la vivió como una posesión, decía que sin música, la vida sería un error. Pero lo que defendía no era la música como consuelo, sino como fuerza dionisíaca, como aquello que descompone las formas, que arranca las máscaras, que hace temblar las estructuras. Para él, la música era lo que nos pone frente al abismo sin permitirnos mirar hacia otro lado. En El nacimiento de la tragedia, escribe que la música dionisíaca no representa nada, no cuenta una historia, más bien nos arrebata, nos lanza de nuevo a ese caos originario del que venimos, antes del lenguaje, antes del yo, antes del sentido mismo. Nietzsche era un apasionado indudable, Wagner fue su animal primero, vio en él un aliado del arte trágico, como ese trance, ese exceso sangrado. La música que sacude las entrañas, que exorciza. 

También lo he sentido, esa mordida que es sutil pero enorme. Cuando escucho una canción y me dejo domar por ella sabiendo de antemano, o cuando escucho una canción por primera vez y siento que ella me conocía antes de que yo supiera su nombre, como si me hablara en un idioma secreto que sólo entiende el cuerpo.

La música ha estado conmigo tal vez en primera instancia, por mí abuelo, recuerdo que escuchábamos tanto un disco que se gastaba y que podía sacar la cabeza por la ventana sólo cuando la canción era lo suficientemente buena, entonces éramos poseídos por el salvajismo y el frenesí de la música.

Eso es la música, un éxtasis, una epifanía, así como me regresa a esos momentos, nos devuelve a ese fondo originario de lo humano donde pensar y sentir no están separados. Donde el saber no se explica: se vibra, se siente, se recuerda.

 

La industria ha intentado volver a la música funcional, eficiente, predecible. Pero hay canciones que no aceptan ese trato, hay músicas que se resisten a ser fondo y reclaman su lugar como grito, como grieta, como desborde. Se filtran en las calles, en la voz quebrada de una mujer que canta para vender caramelos, en el eco de una marcha, en la radio mal sintonizada de un taxi viejo. Es ahí donde la música vuelve a ser animal: cuando nadie la espera, cuando no está editada, cuando brota como un rugido que aún no ha sido disciplinado.

Lo que me conmueve no es la armonía, ni la letra correcta, ni la producción impecable, me conmueve el temblor, que me muerda tanto, como para desaparecer. Esa vibración que aparece cuando alguien canta desde un lugar donde ya no hay defensa posible. Me conmueve la voz que se rompe, el ritmo que tropieza, la nota que no encaja del todo pero insiste. Porque allí vive algo verdadero, porque allí aparece lo que no puede decirse de otra forma.

La música no sólo acompaña, también acusa. Dice lo que ocultamos incluso de nosotros mismos, y por eso, a veces, necesitamos que una canción nos muerda. 

Que nos recuerde que sentimos. 

Que nos arranque del letargo. 

Que nos saque de la falsa quietud. Hay algo feroz en esa forma de sentir, algo profundamente humano. 

Esa es nuestra continua transformación.

Tal vez, en el fondo, no escuchamos música, tal vez es la música la que nos escucha a nosotros, tal vez sólo ella sabe quiénes somos cuando nadie nos ve. Y por eso vuelve, a lamer o a morder. Pero siempre a quedarse un rato.

Y entre más tal vez, también, hay canciones que no nos sueltan jamás. Como si al mordernos nos hubieran dejado una marca invisible, una especie de sello antiguo y entonces las llevamos dentro como si fueran cicatrices luminosas, y son invisibles para los demás, pero ahí están, vibran. Y en medio del ruido, del cansancio o de la rutina, basta un acorde, una nota, un temblor del aire… y el animal despierta. Y los ves a los ojos. 

La música, en el fondo, no es lo que suena, es lo que queda resonando cuando todo ha callado.

Una presencia.

Una mordida.

Un dios que aún no tiene nombre.

Un animal salvaje que duerme adentro,

y a veces, canta.

Este es un intento de palabras que le hagan justicia a la belleza de la fiera que es la música, a su disrupción a su voz que arde. La música da razón de ser, permite explorar y expresar lo que no se puede reducir a lo lógico, la música es lateral, desde quien crea, hasta quien la siente.  

Cuando aparece esta fiera, no sólo estamos escuchando música, estamos asistiendo a un milagro. Uno que no se explica, porque sería injusto intentar traducir… lo que nada más puede vivirse.