La tragedia

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La caída de un gran hombre (o una gran mujer) ha sido objeto de retrato, relato y hasta de obra de teatro. Nuevamente, de este lado de la oscuridad, he caído en terrenos de lo trágico. Acontece de súbito, el ser humano ilustre se ve enfrentado a una catástrofe, la nobleza en su forma más pura trata de emerger en contra de la adversidad. 

¿Cuál será el resultado de este enfrentamiento? Incertidumbre total. Haga lo que uno haga, reflexión tras reflexión, lo trágico no se puede evitar; el sufrimiento (que para el humano posmoderno es opcional) se erige contra todo razonamiento y de ahí a llorar, solo median las lágrimas. ¿Qué si afecta? 

Claro que afecta, no se le puede hacer a un lado, tapar el sol con un dedo, posible y probable anticipa la llegada de la tragedia, con el tiempo, llega a consolidarse como una forma de vida.

Y no es ser víctima, esa etiqueta con que ahora todo el mundo se saca de encima cualquier responsabilidad afectiva. Hay vidas marcadas por sucesos tristes, crueles, espirales de dolor interminables. 

La amenaza, instrumento de los viles logra su objetivo, jamás volver a alcanzar la paz, adiós a la plenitud, sólo porque sí.