Antes de la Colonia…
Nada le fue ajeno al cronista municipal de Toluca. Esa es enseñanza para todo aquel que toma conciencia de que la crónica siendo el género de géneros de la literatura, es también la cuna de donde nace cada idioma, primero verbal –hace miles de años– y después, en un proceso largo al formarse como lengua escrita que al depurarse se divide en géneros sin que eso signifique que debe transitar como si de una carrera de caballos se tratara y el caballo, en este caso el género, debiera transitar por un solo carril. Ya nuestros genios Alfonso Reyes y Jorge Luis Borges han enseñado suficientemente que los géneros en el verdadero escritor contemporáneo pueden entrelazarse para hacer cuentos que parecen ensayos en manos de Borges o crónica, ensayo e historia en Alfonso Reyes.
Nada de lo ajeno, es lo principal debe ser para el cronista, que sabe que el pueblo, la humanidad toda hace crónica a diario de manera verbal. No hay hogar donde a la pregunta: ¿Cómo te fue?… no venga una larga perorata para decir del tráfico imposible de la ciudad o de la soledad de los caminos de terracería en el campo. No hay quién no platique enojado por el papel soberbio del jefe o jefa en su trato laboral o de lo bueno que es el jefecito que con alma noble comprende las preocupaciones de sus subalternos. No hay niños que dentro de las aulas o el patio de recreo no estén platicando como una parvada de pajarillos sobre las cosas que les suceden. La crónica es el género literario más socorrido y que aplica a su cotidianidad la humanidad. Es decir, no le pertenece a un solo hombre o mujer, que se sienten escribanos vitalicios y se apropian de un papel que es propio de todos los que poblamos este mundo. Alfonso Sánchez García enseñaba esto, en sus risas de aquello que le contábamos y que enriquecía su alma de cronista para después utilizar estas vivencias y recrearlas en sus artículos de El Sol de Toluca.
Cronistas somos todos, no lo olvidemos al nacer el día en que nos atrevemos a contar felices el bello sueño que tuvimos o en el caso de la pesadilla, contar con angustia lo que vivimos y nos pareció real. Cronistas somos todos. No aceptemos pues, que algún personaje de egoísta forma de vivir nos quiera hacer entender que sólo él y nadie más, tiene la verdad en su pluma o en sus manos frente a la computadora. En la lectura que hago del capítulo XXI de su libro: Historia del Estado de México, me lleva a otros escenarios, que en todo caso, no están lejos de su texto: Toluca del Chorizo, del cual volveré más tarde a encontrar sus hermosos párrafos llenos de sabiduría o de chusca alegría y gozo por el sólo motivo de escribir y escribir páginas y páginas: porque escritor lo fue por encima de todo género literario. En el capítulo señalado, leo: Avanza la Conquista Española / Todo lo que es nuestro Estado, con sus nacionalidades preponderantes: matlatzincas, ocuiltecos, mazahuas, otomíes, chalcas, acolhuas, chichimecas-cúlhuas de Texcoco, etcétera, terminaron por ser parte colonial del Imperio Azteca. Al morir Nezahualcóyotl de hecho la jurisdicción texcocana quedó bajo la tutela de los emperadores tenochcas, en tanto que Tetlepanquetzalzin de Tlacopa era un verdadero títere y su reino, un aliado nominal que ya no recibía de ninguna manera el tributo de guerra que antes solía corresponderle. El ombligo del mundo en el centro de Mesoamérica. Esa era la geografía que imperaba con decenas de lenguas y culturas entrelazándose sin adivinar la tragedia que les vendría para barrer con tales en el genocidio que españoles voraces impondrían como pago de sangre y sudor a los originarios de todas las regiones conquistadas.
Eran aquellos tiempos de culturas indígenas que de tanto nombre que aparecía era difícil saber qué cosa representaban y cuál era su fuerza para sobrevivir. Los matlatzincas que amaron estas tierras del Valle de Toluca, no es que se extinguen así como así, sino que en su sobrevivencia se fueron diluyendo por el territorio del Valle Toluqueño, norte y occidente del altiplano americano. Eran tiempo de culturas indígenas. Cuenta el historiador: El sur del estado quedó limpio de invasores tarascos y mixtecos. El náhuatl o Mexicano se impuso en toda la altiplanicie, no importa que para los usos domésticos ciertas tribus conservaran sus idiomas locales. Según su costumbre, los emperadores fueron sumando a su familia cuanto cacique les ayudaba a someter a los pueblos. Prisioneros y todo, pero tenían a los ajenos dioses perfectamente atendidos en su panteón.
Todo se mezcla en la vida humana. Es pregunta válida el decir: ¿Cómo es que sobrevivieron las religiones indígenas o formas de ella hasta la fecha, y por qué los españoles no pudieron barrer con la presencia de mitologías religiosas de fortalezas válidas para el indígena de los siglos XV y XVI?… prosigue el historiador: Cierto es que las exenciones eran terribles, los impuestos, las mermas de sangre, la voracidad de los sátrapas virreyes, cargas que terminaron por concitar el odio contra la entente Culhua en casi toda la región de Mesoamérica. El huevo de la serpiente en el centro del nido, dicha serpiente que por soberbia no ve que reúne a todos en su contra. Esos todos que han de ayudar a unos cuantos cientos de españoles para entregar el lejano país por trescientos años a la voracidad española en favor del becerro de oro. Dios sirvió para dar la impresión que se buscaba dar el Evangelio al nuevo feligrés que; sin embargo, no tenía alma como la de los europeos conquistadores. Larga historia por contar desde la presencia civilizatoria de los indígenas y sus grandes templos y construcciones, y hasta, la llegada de los españoles que al revisar los hechos, siendo tantos, parece un tema de leyenda y mitología y no de una historia real que vivieron nuestros antepasados.
De ellos cuenta Sánchez García en un párrafo por demás interesante en que se refiere a Nezahualcóyotl: Con el Rey de Texcoco dedicado a sus nobles y altas tareas, Moctezuma y sus descendientes encuentran el camino franco. No hay objeción posible a su realeza, no hay objeción posible a su poderío descomunal. Esto permite que florezcan juntas, sin perjuicio una de la otra, las dos tendencias: la cultura de Quetzalcóatl en Texcoco y la cultura de Huitzilopochtli en Tenochtitlan. La primera nutre a la segunda. Pero la segunda no es capaz de infectar a la primera. De ahí el mayor poder de Quetzalcóatl y Tláloc que muestran su verdadero poderío al conformar moralmente, socialmente la Confederación, en contra de la belicosa secta de caballeros águilas y tigres que se montan, sin cultura propia, en el espíritu náhuatl y lo usan de cabalgadura en sus ominosas conquistas. Todo un escenario que nos hace preguntar si así sucedió en verdad.
Los primeros quinientos años del segundo milenio es cuando el poderío azteca deslumbra por doquier, y a tanto poder político, económico y social, le ha de seguir la soberbia, soberbia que se ha de encontrar de frente cuando los españoles se hagan acompañar de aquellos a los que la cultura indígena dominadora vio una mezcla de enemigos que lo mismo eran blancos y güeros que morenos, en esa imagen de los que son iguales pero ya contrarios que buscan exterminar a la raza a la cual pertenecen por nacimiento. Nada podía detener el huracán de las cosas que suceden en las culturas humanas. El genocidio llegó sin detenerse regando de sangre el territorio que antes fue indígena a mucha honra. Como cuenta el cronista Sánchez García: El poderoso imperio azteca es un Sol que muere sin ocasos y sin escrúpulos, muere joven y de una vez, de un golpe de espada que lo pulveriza. El imperio azteca está en el cenit y Moctezuma es el hombre más poderoso de la tierra. Eso creían y es lo que creen, aquellos que suman demasiado poder. El estudio de este mundo al que pertenece el Valle de Toluca no se puede dejar a un lado, pues se pierde la grandeza de una etapa en la historia de América, de todo un continente que de mitologías, leyendas e historia tiene tanto que contar, al hacer el seguimiento de lo que fueron las culturas indígenas en el contexto histórico del siglo XVI.

