‘El estatuto paradójico del trasfondo’: Razón y objetividad en Charles Taylor I

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En lo que sigue, me gustaría explorar las potencialidades del yo epistémico de Taylor revisando cómo, el concepto troncal de su propuesta epistemológica, el trasfondo puede reformular conceptos tan arraigados en la tradición filosófica occidental como razón u objetividad para hacer de éstos las bases de una propuesta epistemológica más humana, situada en los contextos en que el sentido nace y se va transformando. Me interesa especialmente revisar estos dos conceptos a la luz de la perspectiva Tayloriana, porque: 1) son algunos de los pilares sobre los que descansa gran parte de la tradición filosófica occidental y nuestra cultura intelectual en general y 2) reconstruirlos desde el trasfondo permite ya no comprender sus potencialidades teóricas sino la dimensión humana implícita en su formulación, además de los vicios epistémicos que puede acarrear no querer reconocer dicha dimensión, la que finalmente es un sesgo si se llega a universalizar.

Para abordar este propósito, trataré de trabajar el siguiente argumento central: la reconstrucción que Taylor hace de los conceptos de razón y objetividad en sus Argumentos Filosóficos, a lo largo de textos como La superación de la epistemología, Lichtung o Lebensform o Seguir una regla no nos tiene que llevar a rechazarlos tal y como están formulados en la tradición occidental, sino a entenderlos como un resultado natural de la construcción del sentido con base a la articulación de un trasfondo que hace el agente vinculado en él. Es decir, que nos invita a situar ambos conceptos para referirnos a ellos. Y así, aprender a reconocer y abrazar su estatuto paradójico cuando los vemos fuera de los contextos en los que éstos toman sentido.

Desarrollaré este argumento en dos partes. En la primera me centro en entender, cómo Taylor no niega que las nociones de razón y objetividad son condiciones de conocimiento que pueden ser favorables para aprehender lo que se presenta ante nosotros, sino que más bien, trata de presentarnos que la manera en que son mostrados por la tradición del agente desvinculado empobrece nuestros procesos epistemológicos por negar el elemento central de la constitución de nuestra experiencia: el trasfondo encarnado en el yo que piensa. Por lo mismo, el paradigma termina siendo incapaz de captar la flexibilidad y capacidad del entendimiento para producir nuevos sentidos frente a los distintos contextos en los que un mismo trasfondo se articula. En la segunda, retomando el sentido de la argumentación de Taylor que se ha intentado hacer claro en la primera, trato de presentar, cómo, razón y objetividad pueden convertirse en puntos de partida para construir una epistemología más humana centrada en el reconocimiento del otro en el caso de contextos occidentales. Esto es, presentarlos como pisos comunes de un trasfondo compartido entre individuos que articulan el sentido que se da a las cosas en ellos, ya no por una búsqueda de objetividad, sino por las necesidades humanas que han quedado apoyadas en él.

  1. La revisión Tayloriana de lo racional y lo objetivo

Para presentar los conceptos de razón y objetividad tal y como me interesa a la luz de Taylor, lo primero es seguir su denuncia a la ontologización del proceso racional propia de la tradición intelectualista en Occidente. Ontologizado el proceso racional, nada se puede decir sobre él que responda a los aspectos contextuales, emocionales, y los afectivos desde los que para Taylor se funda el sentido en el que entendemos y usamos estos términos en tanto somos una comunidad de yos situados. Ellos mismos, son fruto de un trasfondo desde su génesis, que podríamos entender como occidental y además moderno. Visto así el proceso de la formación de nuestros conceptos, se supone que la ventaja de ontologizar el proceso racional es que todos los aspectos de dicho proceso que no puedan ser incluidos en su procedimiento canónico, quedan descartados; por lo que dejan de ser tópicos filosóficos relevantes. La razón como proceso cognoscitivo y el criterio de su justificación, este es, la objetividad, entonces, son las dos únicas cosas de las que podemos hablar con seguridad en la tradición del yo desvinculado. Por esto, que los filósofos de la mente del S. XX sienten que la última tarea que le queda a la filosofía es verificar y comprobar científicamente estos procesos canónicos de la razón en la constitución y estructura de la mente como producto del cerebro, pues es ahí donde finalmente, se reconoce objetivamente la naturaleza de la razón.

Para hacer claro –pero tampoco para escapar– de este yugo, Taylor nos propone su lectura de Heidegger y Wittgenstein como los dos grandes filósofos del regreso a una concepción del agente de conocimiento encarnado en una cultura, en una forma de vida, en un mundo de compromisos como estructura fundamental desde la que se acerca al mundo. Reconocido este sesgo tan propio de occidente, Taylor nos invita a que, aceptándonos como yos que piensan situada y no universalmente, nos dejemos interpelar por el tercero que, o vive en otro trasfondo o articula el nuestro mismo de una manera diferente. Para así, dejar de denostar al tercero que no comparte nuestras formas de conocimiento; para que dejemos de considerarlo irracional o inferior

Conceptos como mundo, objetividad o razón, para Taylor (1997) sólo toman un sentido universal en nuestra cultura. Son parte de un yo situado. Aquí hay un mundo conformado por la encarnación en el sentido de que el modo de experimentar o vivir el mundo es esencialmente el de un agente con su particular tipo de cuerpo. (p. 92). Nuestra cultura, entonces, se caracteriza por ser una heredera directa del racionalismo de la modernidad, en la que se premia la capacidad para desvincular el yo que piensa para lograr la eternamente perseguida objetividad. El problema con esta actitud, a ojos de Taylor, es que no nada más es algo propio del quehacer filosófico más académico, sino que ya es algo que ha calado en el trasfondo más propio de nuestra civilización, que se ha encarnado, que se considera, casi, de sentido común. Eso le da fuerza a su idea de trasfondo, y una vez mostrado este asunto, es que lo quiere combatir.

Tomándonos a nosotros mismos como individuos enfermos de este problema, Taylor trata de mostrarnos cómo, desde el trasfondo, ya no podemos decir que los bits concretos de información estallan en un significado propio de acuerdo a cada cuerpo y contexto, enriqueciéndolos constantemente, sino que, de acuerdo al retrato desvinculado de nuestra razón, estos simplemente se procesan como se piense que la mente entiende cada tipo de información de acuerdo a las investigaciones científicas vigentes sobre la naturaleza de nuestros procesos cognitivos. Eventualmente, no sólo se pierde la idea del trasfondo, sino que se piensa que, por un cálculo de medios y fines de acuerdo a cada situación, se tomará una decisión u otra para lograr los objetivos que se tengan, que generalmente responden a nuestra voluntad; también sucinta de ser encontrada en el cerebro. Esta visión, sea presentada en su vertiente pragmatista o analítica, no es que no sea lo suficientemente racional u objetiva de acuerdo a los criterios del trasfondo en el que se enmarca, no; sino que, a Taylor, no le dice nada fuera de dónde se sitúa.

El resultado es evidente: toda la riqueza vivencial y estética que crea sentidos que no se ven reconocidos en las formas canónicas de la razón, simplemente queda descartada al no encajar en este procedimiento, ahora reforzado a la luz de la verificación científica de sus postulados. Sin embargo, sentimos que esta dimensión sigue ahí, que el eje de nuestra verdadera necesidad sigue desatendido y que nuestra comunidad premia esta cierta sordera. Así, Taylor (1997):

La racionalidad supone un cuidadoso escrutinio por parte del pensamiento de sus propios procesos, lo cual determina el giro reflexivo del moderno racionalismo. Una construcción cuidadosa de nuestra imagen de las cosas requiere que identifiquemos y sigamos un procedimiento fidedigno. (…) Ambos puntos de vista apelan a un autocontrol reflexivo en nombre de un procedimiento canónico. (p.95).

Deleuze y Guattari (1973), por ejemplo, siendo más agresivos que Taylor, sobre este mismo tópico, no vacilaron en decir que de esa tensión nace nuestra esquizofrenia cultural, y que ya no nada somos sujetos en busca de aprobación del ego gracias a la influencia del superyó como una consecuencia de nuestra cultura, centrada en premiar la opresión de nuestra dimensión estética y vivencial por obra de nuestro trasfondo, sino que el estado actual de este trasfondo ha homogeneizado nuestra vida psíquica y nuestra corporalidad hasta ser máquinas deseantes:

Las máquinas deseantes nos forman un organismo; pero en el seno de esta producción, en su producción misma, el cuerpo sufre por ser organizado de este modo, por no tener otra organización, o por no tener ninguna organización. (…) El cuerpo lleno sin órganos es lo improductivo, lo estéril, lo engendrado, lo inconsumible. (…) Las máquinas deseantes no funcionan más que estropedas, estropeándose sin cesar. (pag. 17).

Sin embargo, es importante tener en cuenta que Taylor no está en contra de cuestionar nuestros sesgos y nuestros problemas cognoscitivos a la hora de entender las cosas, que es la principal preocupación de la epistemología tradicional, y tampoco es para él un problema abrir sus procesos tradicionales a formas alejadas del yo desvinculado como podría hacerse presente en filósofos como Deleuze, sino que considera que este proceso debe tener lugar en una justa medida. La influencia wittgensteniana en Taylor, aquí se hace clara: es clarísima: Wittgenstein duda de qué tanto su lenguaje le está engañando no para lograr objetividad, sino para captar un sentido tácito en el diálogo que su forma de vida o la rigidez de la estructura de significados en los que está inmerso, no le permite aprehender la intención tras el uso de las palabras en aquél diálogo concreto, para así, situarlo en un trasfondo que interpele el suyo y que termine enriqueciendo su forma de ver el mundo.

Y es que, el hecho de que podamos encajar de forma más o menos objetiva los distintos sentidos que damos a las cosas en conceptos bien demarcados, no quiere decir que aquellas sean las cosas que realmente queremos decir o mostrar con dichos conceptos. Ahí, hay una confesión que queda ahogada por la incapacidad de entender que estamos metidos en el atrapamoscas de nuestro trasfondo hasta que un tercero nos interpela; y que es cuando llevamos nuestro trasfondo con nosotros a su terreno, que nos hace tener conciencia del equívoco y de que la mirada universal sobre la que se sustenta nuestra cultura, tiene sentido en nuestro trasfondo y en el hecho de que otros lo compartan. Ante esta conciencia de la desilusión, como la llamaría Gadamer en Verdad y Método, no podemos tener una actitud pasiva por ver nuestros conceptos canonizados como limitados, sino ver la situación como una oportunidad para enriquecer y actualizar nuestro trasfondo con la fusión de horizontes que estamos viviendo, porque está actualización, posteriormente, nos va a terminar afectando; queramos o no:

Los argumentos filosóficos poderosos tienen que ser ordenados para convencer a la gente de que piense de forma distinta acerca de estos asuntos, para alejarla de lo que le parece obvio. Pero en ausencia de un desafío como este, el modelo desvinculado parece no necesitar defensa. (Cfr. Taylor, 1997, p. 100).

Nuestro pensamiento se vuelve racional y objetivo cuando escapa de todas las distorsiones y perspectivas estrechas que nuestra subjetividad impone al mundo, separándonos de tal y cómo es él, podríamos decir que es el axioma de nuestra tradición. Sin embargo, en su formulación lo que vive es un sentido propio que le hemos dado a estos conceptos según nuestra forma de vida, no un principio legítimo para universalizar el conocimiento por la supuestamente demostrada depuración de nuestros conceptos. Reconocer este significado secundario de los elementos que articulan nuestro trasfondo, es precisamente el inicio de una epistemología liberadora, que reconoce nuestra afectividad como fuente de sentidos y que no que se dedica a subsumir aspectos a categorías mayores. Los sentidos que no encajan en las categorías o conceptos puros del procedimiento racional que podemos tener o formular, no es que tengan que ser ubicados fuera de lo racional, sino que simplemente, nos están comunicando que no se encuentran o reconocen en formulaciones categoriales. Y aquello, no quiere decir que no tengan sustancia, sino que pertenecen a otro reino que es igualmente capaz de dar sentido a las cosas más allá del racional ontologizado, si se quiere. Y que más bien, filósofos como Wittgenstein, Heidegger o Merleau-Ponty nos invitan a entender y a apreciar con otro tipo de rigor.