BORRANDO EL PASADO
Revisando el pasado, saqué la tinta roja para circular los errores, sólo como para recordar esos viejos tiempos… Luego decidí ser moderna y lo digitalicé todo. Hecho esto, me armé con todas las herramientas: corté fracasos, pegué aciertos y muchos emotivos momentos de optimismo y alegría. Borré las ocasiones en que no veía lo duro sino lo tupido, deconstruí algunas verdades, resignifiqué adversidades, evité repeticiones innecesarias, abrevié lo menos importante y tildé con énfasis y mayúsculas lo más relevante.
Cuidé la concordancia entre pensamientos y emociones, le di a cada página unidad, coherencia y cohesión, evitando toda contradicción. Puse especial esmero en la puntuación, sobre todo, marcando los puntos finales necesarios.
Mejoré la fluidez y la claridad de las ideas, corregí el vocabulario y eliminé las ambigüedades; por aquello de la responsabilidad afectiva. Desde el inicio le di un propósito claro con citas y referencias en formato APA. Para evitar los sobrepensamientos y el arrepentimiento, hay numeración, índices y notas al pie de página de los no negociables, de las respuestas asertivas, precisas y de lo mejor sobre inteligencia emocional.
Luego de terminar con el fondo, pasé a la forma para dotar, de un mejor estilo, a la narrativa. Aproveché para darle un tono un poco menos dramático con el fin de hacerlo más divertido y atractivo. Elegí la tipografía más bonita, un marco de florecillas alrededor y, finalmente, para superar a lo que llamé el borrador inicial, hice varias lecturas y reescrituras posteriores con afán de pulirlo y mejorarlo aún más.
Y cuando por fin el pasado me quedó perfecto, a la computadora se le acabó la pila… y no le di guardar.
Y así entendí que el pasado como la vida… no se puede editar.

