Tenochtitlan

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A sólo 70 ó 80 kilómetros de la tragedia del imperio azteca —en esos años de la década de los veinte del siglo XVI— es seguro que matlatzincas, otomíes, mazahuas y nahuas, no podían estar ajenos a lo que sucedía con el odiado y a la vez, admirado imperio de crueles gobernantes tenochcas: que habían sido capaz de sojuzgarlos y haberles sometido a sus intereses y caprichos, a través del tributo obligado del vencido ante el vencedor. ¿Cómo llegarían los sucesos en aquellos tiempos?… en que parece, que territorios y fronteras eran lugares sordos, en los que podríamos pensar que nadie sabía de lo que le acontecía al vecino. La vida de la humanidad ha sido siempre todo un drama, tragedia o en varios casos, comedia, que los más lejanos pueblos han sabido de boca propia o de sus vecinos. Nada le ha sido ajeno al hombre en el desarrollo de su historia desde hace miles de años.

Cuenta en su ensayo Álvaro Enrigue: Conocemos con detalle extraordinario todo lo que sucedió a los conquistadores desde el desembarco en Cozumel. La épica del viaje, el encuentro y la guerra contra los tenochcas ha sido contada por cada generación. Y vamos conociendo mejor y mejor, conforme se revisan y releen los documentos escritos en lenguas originales de América. Cómo fue vista esa guerra por los descendientes ya latinizados de los tenochcas —que redactaron sus historias en los colegios de San José y de la Santa Cruz en Tenochtitlan y Tlaltelolco. Nada queda escondido, sólo por maldad en el peor de los casos se esconde lo que al vencido se le ha quitado o enterrado con saña y odio por su presencia que le recuerda al vencedor de sus latrocinios y aberraciones hechas al conquistar al Otro.

Explosión y Silencio. No olvidemos esa imagen al estudiar las estruendosas guerras que han sido en la historia de la humanidad. Hasta llegar a las explosiones y el silencio de la muerte en la Segunda Guerra Mundial donde Europa vino a ser el más grande cementerio jamás habido. Hasta entender o tratar de comprender la voraz guerra de Vladimir Putin y su país Rusia en contra de Ucrania en el siglo XXI en que vivimos. Dice Enrigue: Tras el silencio que describe Díaz del Castillo, sigue para esa historia épica que todos conocemos la limpieza de Tenochtitlan, comandada por aquel Cuauhtémoc avasallado. Sigue la disputa por el oro y el tormento del tlatoani. Sigue la violación y la distribución de las princesas tenochcas y la catastrófica expedición a la Hibueras, en Honduras. ¿Cómo entonces nace una nueva ciudad, en una nueva cultura, en fecha tan conmemorada del 13 de agosto de 1521?… Importante es meditar en los hechos y en lo que se escribe, por parte del historiador o el cronista, que por acelerar sus resultados descuida detalles que son parte importante en los sucesos que cuentan la caída de una cultura tan poderosa como la azteca en el centro de Mesoamérica. Tiempo y detalles, eso es con lo que trabaja el cronista todos los días; sea que hable o escriba del presente, que sea en el sendero de la crónica histórica, se vea en necesidad de recurrir a la mayor bibliografía posible y a la investigación arqueológica o etnolingüística necesaria.

Las reflexiones de Enrigue son por ello válidas. Dice: Todo lo primero pasó inmediatamente después de la rendición de la ciudad (indígena), lo último ocurrió dos años y siete meses después; no sabemos nada de lo sucedido en medio, salvo por referencias vagas contadas años más tarde en las crónicas y el juicio de residencia de Cortés. Indagar y al fondo de las cosas es la mayor cualidad del ser humano cuando quiere alcanzar la sabiduría de las cosas, sean estas para las ciencias sociales o las ciencias básicas. Todo verdadero conocimiento de las cosas nace de la profundidad de las investigaciones, es decir, como dicen los genios: del 99% de trabajo y, del uno por ciento, del genio. En este caso seguir las huellas que plantea Enrigue son buena propuesta para entender lo que pudo suceder con el Valle de Toluca en los prolegómenos de su caída y después del desarrollo lento, muy lento y doloroso para llegar a ser un centro urbano posible. Cosa que ha de suceder sólo cuando el presidente municipal en década de los treinta, José María González Arratia, planteara para el centro de esa ciudad, que no terminaba en el siglo XIX de ser un espacio urbano habitable y, al que la gente viniera a vivir con ciertas comodidades que sí tenían ciudades como México, Puebla, Querétaro, Guadalajara o Zacatecas que vinieron desde inicios de la Colonia Española creciendo en su urbanización. El ejemplo de la Ciudad de los Palacios, hoy Ciudad de México y antes conocida como México Distrito Federal.

El estudio del pasado nos debe llevar a lugares medio lejanos o muy lejanos, igual que nos debe llevar a recorrer los tiempos vividos en el que lo mismo se intercambia el pasado con el presente y con el futuro. Prueba de ello, es lo que leo de Enrigue: El 8 de marzo de 1524, es decir, 31 meses después de la rendición de Cuauhtémoc, se firma la primera acta de la reunión del Cabildo de la ciudad de México, celebrada en casa del gobernador Hernán Cortés —reubicada, aunque se ignora exactamente cuándo, en el que fue el palacio nuevo de Moctezuma. En el acta se registra la asignación de seis lotes para casas-habitación y uno para la huerta de la ermita de San Hipólito, al interior de la traza cuadriculada —la ciudad de México propiamente dicha— del que sería el barrio de la gran Tenochtitlan. Las cartas anteriores, las del cabildo que se reunía en la casa de Cortés en Coyoacán, si las hubo, están perdidas. Meticuloso párrafo del historiador y cronista que nos dibuja en palabras y en ideas lo que era ese pasado que nos ocasiona la emoción de la nostalgia: ¿cómo es que sucedió todo lo que ocurrió y al parecer poco sabemos de esto?… La lectura del siguiente párrafo habla de las cosas de nuestros ancestros. De la obra material mayor o menor de lo que era la cultura o las culturas de ese altiplano que es reducto de culturas envidiables por la riqueza que tenían ante los ojos sorprendido de españoles y fuereños.

Antes, en el siglo XIV, antes, muy antes, había en estas tierras un montón de palabras y de muestras de que cultura no sobraba hacia todos los puntos cardinales. Las lenguas que llegaron a ser en Mesoamérica más de 54 de ellas según nos relatan los estudiosos. Tenochtitlan la ciudad más grande en las alturas del México antiguo en la que, cuenta Enrigue: Antes había Tenochtitlan, con sus templos, islas artificiales, torres, chinampas cuajadas de cultivos, tenochcas dignos y fieros. Y ahí aparece un día, como un acto de magia, una ciudad con imprenta, fuerte, cabildo, conventos y colegios, capas españolas, zapatos con hebillas, damas con copete y perlas; junto a ellas, sosteniendo la escenografía, lo que el poeta Bernardo de Balbuena llama “el indio feo”—que en su Grandeza Mexicana extrae de la tierra el oro que “por tributo de tus flotas llena”. Pasado, presente y futuro se juntan, en la vida del hombre en lo individual y, en la vida de un pueblo sin que haya imposibilidad de ello. Orgullosos los mexicanos, mexiquenses y toluqueños, debemos de atender que nuestros orígenes son tan grandes en su expresión indígena, como lo es la creación de una nueva Europa en tierras americanas en sólo 3 siglos de vida bajo el imperio español que llevó a cabo un genocidio del mundo indígena tanto en la muerte y asesinatos de cientos de miles de indígenas, como en la suplantación de sus culturas que regadas en el centro del país aún persisten en cualquiera de las entidades de este año 2022 como lo podemos comprobar. Las ruinas de Calixtlahuaca y del Cerro del dios Tolo, son prueba fehaciente de ello. Es imposible hacer a un lado el nacimiento de la ciudad de México, sin atender lo que pudo suceder en aquel tiempo en el Valle de Toluca. El estudio de los cronistas del pasado, han de ser la brújula para encontrar el norte.