Ejercicio de memoria: sostener un universo caído sin soltar la rabia santa O sobre como respirar con el polvo amado, un manual contra el olvido
El silencio de diciembre tiene una densidad distinta, no es el mismo silencio de abril, ligero y promisorio, ni el de agosto, cargado de un cansancio caluroso. Es un silencio espeso, melifluo, que se cuela por las rendijas de los días acortados y se instala en los rincones de las habitaciones, en el espacio entre la taza de café y los labios, en la pausa entre un pensamiento y el siguiente. Es en este silencio invernal donde la nostalgia, y la tristeza, esas visitantes que no piden permiso, encuentran su morada más cómoda, su resonancia más perfecta y no son dócil, no es esa melancolía edulcorada de los anuncios navideños. Es una fuerza álgida, una condición porosa del ser que no mejora ni empeora, sino que simplemente transforma. Te vuelve más consciente de los bordes de tu propia existencia, de los límites donde tu piel termina y comienza el frío del mundo, o el calor de un recuerdo.
Me siento a escribir con este ritual que no es una rutina, aunque los gestos externos sean los mismos, el mismo sillón desgastado en el mismo rincón, las piernas estiradas y juntas como un puente hacia la nada, el papel en blanco, el lapicero Pilot negro, fiel instrumento de batallas íntimas, la laptop parpadeando con paciencia infinita y la música, siempre la música, un hilo sonoro que teje una burbuja contra el mundo y sin embargo, hoy las ideas no rondan. No es que no estén ahí, agazapadas en los pliegues de la conciencia, es que el espíritu que las habita es quebradizo, intangible como el humo, y el lenguaje (ese sistema de signos precarios y que, sin duda, amo) se revela insuficiente. Hay días en que la palabra duele demasiado, no por lo que calla, sino por lo que, al ser nombrado, adquiere una realidad definitiva, una separación. Hay días en que el lenguaje no alcanza; otros, en los que duele demasiado alcanzarlo.
Pero en medio de esta niebla carrasposa del alma, una certeza por lo menos, se alza, este malestar no tiene un solo germen ¿cómo podría serlo?, se acerca el fin de año, ese artificio cronológico que sin embargo carga con el peso simbólico de un cierre, no es solo un número que cambia en el calendario, pues, dentro de ese “año” caben, apretujados y sin abrazo, la totalidad de mis experiencias, mis derrotas mínimas, mi amor, mis alegrías repentinas, mis silencios, por lo menos 365 días, 8,760 horas, 525.600 minutos, 31,536,000 segundos, unidades atómicas de tiempo que se escurren entre los dedos como arena finísima, para mí, es curioso, el número crece, se hace más vasto e inmanejable, cuando fragmentamos la vida en sus unidades más pequeñas. Es un espejismo numérico que refleja una verdad profunda sobre la vida, que también crece, se densifica, se hace más significativa y a la vez más desgarradora, cuando la miramos de cerca, cuando nos detenemos a contar no los años, sino los instantes que los componen. Es en esa lupa del alma donde cada detalle adquiere relieve, donde cada recuerdo muestra su textura áspera o suave.
Y mientras hurgo en este paisaje interior, iluminado por las luces intermitentes de la memoria, llego a una comprensión, la nostalgia no es un fantasma vago, una neblina sin dirección, eso sería demasiado indoloro, la nostalgia es un péndulo, un péndulo pesado, de latón macizo, que oscila en el gran vacío del pecho. Su movimiento puede ser lento, hipnótico, pero su dirección es inequívoca, no se balancea hacia el “ayer” abstracto, sino hacia coordenadas precisas en el mapa del alma, coordenadas con nombre, con olor, con la textura de una tela, con el timbre de una risa. En estos días de diciembre, cuando el mundo se viste de religión y cantos alegres, el péndulo de mi nostalgia oscila con una fuerza inexorable hacia un punto fijo, imantado: la memoria de mi abuelo, quien partió un 23 de diciembre. El calendario, ese gran ironista, ese dramaturgo de las casualidades significativas, ha dispuesto que esta columna, este intento de abrazo con palabras, nazca justo en el aniversario de su ausencia.
Yo no creo en las coincidencias limpias, en esos accidentes estériles del azar, creo, con una fe casi religiosa, en los cruces silenciosos, en esos momentos en que los hilos del tiempo, de la memoria y del deseo se entretejen para formar un nudo significativo. Son instantes en los que la memoria, cansada de ser un archivo pasivo, decide hablar, entonces, se levanta y toma la palabra y yo, aquí, con mi lapicero y mi papel, solo soy su escriba. Porque he aprendido que la escritura es el único abrazo posible hacia un vacío que el tiempo, por más que pase, no logra llenar. El tiempo no sana; solo sepulta y la escritura, en cambio, exhuma con cuidado, limpia los huesos del recuerdo y los vuelve a vestir con carne de palabras.
Así que esto, estas líneas, son un regalo, no es el regalo que se envuelve en papel brillante y se ata con un moño. Es un regalo desnudo, que expone las entrañas. Un regalo que quiere contarles, no sobre la Navidad, sino sobre un hombre.
Permítanme entonces, escribirles de él, mi viejo, mi nonno panzón. Él fue mi figura paterna en un espacio donde mi padre fue apenas un eco, fue la presencia constante, la roca, la raíz de la cual broté (junto a mi abuela), aunque mi savia fuera distinta a la suya. Fue, también, mi primera y más grande inspiración intelectual, si es que ese término no suena demasiado pomposo para describir el acto sagrado de encender una chispa en la mente de una niña.
Un poeta extraño, amante del teatro, pero de profesión, un minero y un ingeniero civil que, en su juventud, llevando solo una maleta llena de maquillaje y sueños, se hizo payaso de teatro, no el payaso de cumpleaños infantiles, sino el clown trágico de la commedia dell’arte, el que hace reír con un nudo en la garganta, partió con lo puesto, siguiendo el ritmo de un tamborileo interno que solo él escuchaba, ese tamborileo lo guió de regreso a la ingeniería, luego a la paternidad, a la abuelidad. Era, como lo llamaba mi madre con una mezcla de exasperación y amor perforado de verdad, el ogro con corazón, medía 1.85 metros y parecía llenar cualquier habitación no solo con su físico, sino con su carácter, renegón, terco, de humor áspero como lana vieja, pero con un corazón tan enorme que en su desborde era capaz de contener todos mis mundos, de sostenerme sin preguntar. En él convivían el cálculo exacto del ingeniero y el gesto amplio, generoso y un poco trágico del artista. Él me enseñó que la vida no es una línea recta entre dos puntos, sino un teatro donde a veces llevamos el vestuario equivocado para la escena que nos toca, y hay que actuar igual.
Él fue mi abuelo y sin embargo fue, mi padre. Hay algo extraño en su partida.
Uno suele imaginar a los abuelos con cabellos blancos como nubes, pasos lentos y medidos, manos surcadas por mapas de tiempo, una sabiduría tranquila como un lago al atardecer, el mío no encajaba, mi abuelo partió joven, tenía 58 años. La mitad de su cabellera todavía era de un negro azabache rebelde, sus pasos todavía eran largos, decididos. Sus manos, aunque callosas, tenían la fuerza para levantar a una niña y sentarla en sus hombros para que viera el mundo desde otra perspectiva.
Desde entonces, desde aquel 23 de diciembre que cortó en dos mi historia, he sentido que mi vida, aunque ha continuado, porque la vida insiste, tozuda, se quebró. Como un jarrón valioso que es reparado con oro, sigo funcionando, contengo agua, sostengo flores, pero las líneas de la fractura son visibles, táctiles. Algo sigue andando, sí, a veces me pregunto si es por inercia. Él se llevó una parte de mí, no fue solo la pérdida de un ser amado, ese dolor universal y a la vez íntimo, fue el colapso de todo un universo de referencia. Él era mi norte intelectual, mi provocador dialéctico en la mesa familiar, el que me guio hacia literatos con la misma naturalidad con que me enseñó a disfrutar la música desde Sabina, Tormenta, Raphael, Los Saicos, hasta Bowie y los Beatles, fue, por su legado silencioso, pero marcador, que terminé estudiando filosofía. Buscando, quizás, en los sistemas de pensamiento, el sistema que explicara su ausencia, Anhelé, durante años, encontrar en la filosofía «el sistema que explicara su ausencia«. Recorrí a Kierkegaard, a Camus, a los estoicos, buscando un marco teórico que diera sentido al sinsentido de su partida temprana y ahora con una madurez que pretendo autoproclamarme, puedo entender que la filosofía no me da la respuesta, pero me dio el lenguaje para seguir preguntando, para habitar la pregunta con menos desesperación.
En su mirada había algo que solo ahora, con los años, logro decodificar, un respeto absoluto hacia mi alma infantil, no era condescendencia, ni la típica admiración edulcorada de los abuelos, era un reconocimiento. Él veía en mí algo que también había tenido, o que había deseado conservar con desesperación, esa capacidad de asombro, esa porosidad ante lo extraño, esa que muchos con los años perdemos y tildamos de infantil, cuando es la puerta más grande, y esa tendencia a la nostalgia…
En mi reflexión sobre la nostalgia, escribí una vez: La nostalgia no nace del vacío, sino del exceso: de haber sentido tanto, tan hondo, que el alma guarda memoria aun cuando el presente ya no lo contiene. Esta comprensión se ha vuelto mi antídoto más poderoso contra la sensación que describo en esta columna, pues, fue el colapso de un universo de referencia.
La nostalgia, entonces, se revela no como el dolor por lo que falta, sino como el testimonio de lo que alguna vez estuvo tan lleno que rebasó los límites del momento y se instaló como huella permanente en el alma. Cada atardecer que me quiebra, cada canción que me devuelve, cada aroma que activa su recuerdo, todos son facturas que presenta el pasado, documentos que certifican, aquí hubo abundancia. Aquí hubo un universo y esto aplica a toda la nostalgia que siento.
Y sí, soy una nostálgica de mierda, lo admito sin pudor, con una especie de orgullo herido. Esa condición, ese lisiar el alma, la heredé de él, la llevo como se lleva un lunar familiar, como la forma de reír con la cabeza hacia atrás, como el gusto inexplicable por los crepúsculos invernales, donde el sol se pone sin fuerzas y tiñe el mundo de un color entre el lila y la tristeza. Y aquí llego al núcleo más paradójico y verdadero de todo esto, pues con el tiempo, los años que han pasado he tenido la oportunidad de interiorizar y manejarla en un buen sentido, y ahí encuentro un placer reconfortante en sentirla… tal vez porque es el único lugar donde me reconozco entera: sensible, desnuda, verdadera y aquí lo desbordo con en el ritual de escribir sobre él. Cada palabra es un punto de sutura que une los bordes del vacío, cada frase es un intento de tejer, con hilos de tinta, una presencia a partir de una ausencia.
Este abrazar el vacío con palabras es exactamente el espacio para sentir que mi otra columna reclamaba. Es el territorio sagrado donde el dolor del algos y el anhelo del nóstos (etimología de nostalgia) no se combaten, sino que se funden en una tercera cosa:
La creación.
Esta columna, este regalo desnudo, este abrazo imposible pero intentado.
Hay, en este ritual escritural, encuentro un placer profundamente humano, el de dar forma al caos del dolor, el placer de ordenar el tumulto de los recuerdos en una narrativa que los contiene sin domesticarlos, el placer de crear, a partir de la pérdida, algo que permanece, un testimonio, un retrato, un monumento de palabras. Es la manera en que el alma inhala el pasado y exhala significado, el proceso mediante el cual convertimos lo que fue en lo que nos sostiene. Y en este sentido, escribir sobre él no es un acto de exhumación, sino de respiración, no traigo sus huesos a la superficie para llorarlos, sino para respirar con ellos, para incorporar su polvo a mi propio aliento, para que lo que fue suyo se vuelva mío de una manera nueva.
Así que esta columna es una especie de fidelidad a la permanencia y aunque partió un 23 de diciembre, hace ya 10 años, no se fue en Navidad, se fundió con el misterio mismo de estos días en los que, se dice, nace la esperanza.
Tal vez la nostalgia, en su raíz más honda, no sea solo el dolor por lo perdido, sino el tributo que pagamos por haber tenido algo tan valioso que perder, el reconocimiento de que ciertas personas no pasan por nuestra vida, sino que se instalan en su arquitectura fundamental, volviéndose columnas sin las cuales el edificio se inclina, aunque se sostenga, o columnas en un periódico.
Ese es mi regalo de Navidad, para mí y para su memoria (que no ha sido fácil, ni siquiera puedo decir que esté consumado) un regalo de palabras, frágil y eterno, como el amor que no entiende de calendarios con la profundidad del sentimiento que nos recuerda quiénes somos, de dónde venimos, y qué amamos con tal fuerza que incluso la muerte no silencia completamente.
Entonces tomo el lapicero, otra vez, porque el abrazo de la escritura, aunque nunca alcanza a llenar el vacío, al menos le da forma. Le da un contorno con palabras y en ese contorno, él vuelve a estar, por un instante, presente.
Y en este silencio de diciembre que todo lo contiene, la ausencia y la presencia, la grieta y el oro que la repara, me permito desearles, una Feliz Navidad, esa que nace de aceptar que estas fechas también pueden ser un territorio sagrado para lo que duele, para lo que se extraña, para lo que ya no está y sin embargo persiste, deseo que, en medio de los villancicos y las luces, haya espacio para el susurro del péndulo en el pecho, para la memoria que se alza y pide la palabra, que podamos brindar, también, por las ausencias que nos habitan, porque son la prueba más íntima de que hubo amor, y de que el amor, en su esencia, es eso que la muerte no alcanza a desalojar del todo. Y pensemos en todos, en cada una de las personas que apreciamos.
Que, en esta Navidad, brindemos además con la memoria, con la rabia santa de navidad sin exclusiones, donde el banquete sea un derecho y no un privilegio envuelto en luces, que no solo se conmemore la llegada de un dios, sino el nacimiento de la lucidez.
Feliz Navidad, pues, en la única clave que me resulta honesta, con el corazón partido por lo ausente y encendido por lo que, colectivamente, estamos obligados a construir, que nuestro anhelo por lo propio no nos enceguezca ante el dolor ajeno.
Que el consuelo de nuestra memoria privada nos vuelva más agudos, no más indiferentes, ante las memorias que están siendo arrasadas ahora mismo, a miles de kilómetros o a la vuelta de la esquina, que esta Navidad, entre el brindis y el silencio, honremos lo que tuvimos luchando por un mundo donde nadie tenga que añorar, con nostalgia desgarrada, un hogar que ya no existe porque fue borrado del mapa. Feliz Navidad, o más bien, que encontremos la fortaleza para construir la paz que haría, por fin, que dicha felicidad no fuera un privilegio estacional, sino un derecho cotidiano y colectivo.

