Siguiendo la pista

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Mucho hay que investigar de la palabra: ¡Toluca! Seguir pista en el primer intento del libro Historia del Estado de México, en letras de Alfonso Sánchez García, quien relata: El Padre Plancarte y Navarrete, en 1886 y poco más tarde el doctor Gamio, descubrieron innumerables cerros de este tipo aledaños a la capital (colinas limosas de polvo de zacate). Lo más extraordinario resultó que en sus entrañas contenían una serie de vestigios arqueológicos menores, estatuillas, instrumentos, etcétera, no parecidos en absoluto a los que habían descubierto hasta esas fechas. Afortunados los que escarbando van encontrando objetos de todo tipo, incluso joyas de piedra o de oro y plata que hacen ver cómo los humanos del pasado, por el fin de agradar a su reinante, le llenaban de joyas de inmenso valor para nuestro tiempo. Egipto, el Perú o México (Teotihuacan, Tenochtitlan, y Mayas), expresión de obras de arte en oro y piedras preciosas, son prueba de las refinadas culturas que comprobaban las manos de sus artistas. Toluca y su Valle son parte de lo mejor de las culturas prehispánicas en el continente americano. Ese orgullo es el que por sabiduría se debe expresar al señalar que Toluca no nació de la nada de un día para otro.

Párrafo por párrafo don Poncho nos va descorriendo el velo y hace aparecer el magno escenario que ha de llevar a los Matlatzincas. Dice: Los estudios se iniciaron en Tlatilco, pero más tarde se habían de extender hacia Zacatenco, el Arbolillo y muchas otras localizaciones. Por lo pronto, los hallazgos no correspondían a ninguna de las épocas estudiadas, del Tolteca al Mexica, por lo que, atendiendo al lugar de su localización, el doctor Gamio denominó a este ciclo “Las Culturas de la Montaña” y Bose “Cultura de los Cerros

Al descubrirse vestigios correspondientes a la misma época, en otra clase de terrenos y lugares de la República, Spinden decidió hablar más propiamente de “Culturas Arcaicas”, Vaillant, en cambio denomina a todo el periodo “Cultura Media”, considerándola un puente que mediaba entre el primitivo agrícola y las culturas más elaboradas, a las que llamamos Clásicas e Históricas”. Cultura de los Cerros, acaso los otomíes no son en su largo peregrinar ese tipo de cultura, bien se sabe su tendencia a escapar a las alturas de cerros y montañas para esconderse de los aztecas, mexicas o nahoas. Retornar a los nombres y más nombres, a los territorios por ser valles o Montañas, a las familias o etnias, a los personajes por ser reyes o caciques, ir a través de un hilo conductor que expresa la dificultad de dicho aprendizaje, pero que hace ver que alcanzar la sabiduría sobre tal o cual tema, cuando se logra es un tipo de felicidad que no se puede expresar. 

Toluca el Aleph, que convoca a investigar en bibliotecas, hemerotecas y archivos de todo tipo. Atiendo el libro titulado Ángel María Garibay / la rueda y el río, publicado en el año de 1993 por el Gobierno del Estado de México, el padre de la crónica en México que vivió gran parte del siglo XX nos enseña cómo es que hay que atender la investigación y la convivencia con la cultura que al final se desea conocer. Cita un duro texto relacionado con los Otomíes: desde los tiempos precolombinos los otomíes, aunque valientes guerreros, eran considerados en México como “el tipo y espécimen de la rudeza y la brutalidad”. Así lo describen los informantes de Sahagún, o son gente que se educa, no se elevan, por lo cual al que se corrige de no tener educación, al que es duro de mente se le dice: Tú eres otomite, tú eres otomitazo. Otomite, como no entiendes. ¿Eres otomite? ¿De veras eres otomite? No sólo te pones como otomite, sino que eres otomite, con toda seguridad eres otomite. Otomitazo, cabeza inmadura, cabeza de pedernal, cogote de hiel. Con todo esto es baldonado al rudo de comprensión. 

Se toman y sacan esos dicterios de la falta de buena crianza de los otomíes”. De esos dicterios en contra de una de las razas indígenas más antiguas de México, más fuertes y tercas en no aceptar la sujeción a nadie: ni al poder de las armas, ni al de las ideologías, ni al de la religión que por el camino de la imposición y la terquedad quisieran imponer sus decires y quereres, en contra de quien sabiéndose sabio y terco en defensa de lo suyo, no se dejó ni en el pasado, ni se ha dejado desde entonces hasta nuestros días. Tan es así, que los miles y miles de otomíes que existen en el centro de México siguen tan campantes y fortalecidos a pesar del genocidio y la incomprensión de los conquistadores y de mestizos del México Independiente.

Estudiar a profundidad a don Ángel María Garibay: el defensor más importante de los Otomíes, tanto en investigación de su cultura, como en las aportaciones que hizo al descubrimiento razonable de la cultura nahua en el centro de México. En apartado del libro citado por sus alumnos, dicen: Cuando Ángel María Garibay penetraron por primera vez en el mundo cultural Otomí, en Jilotepec, está libre de estos prejuicios históricos que ignora todavía, y su primer contacto con los indígenas lo llena de satisfacción ellos son buenos y de bellas almas como sus rostros. Me imagino ser Platón entre sus atenienses. Aprendo su idioma Otomí. La lección de las almas universales, no hay frontera para ellos, los tiempos y los límites territoriales no son tranca que no se pueda saltar para alcanzar la Verdad, la que se refiere a la humanidad toda. 

Sólo los sectarios se ponen límites de raza, clan, tribu, secta y pasan sus perdiendo preciosos tiempos de su vida en pelear con todo lo que no se parece a ellos en sus falacias ideológicas, en sus perjuicios en contra de todo lo que viene de fuera. Garibay es Platón, el griego en el norte de la entidad mexiquense, es decir, la escuela de la Academia es tan seria y juiciosa en la Acrópolis de Atenas que igual en la cabecera municipal de Jilotepec, centro cultural otomí a mucho orgullo. Bien dicen los autores: En el presente otomí de Jilotepec, Ángel María Garibay vislumbra por primera vez el pasado indígena de México, pasado inmemorial que se asoma en los usos y costumbres de los habitantes del lugar, así como en su lengua. A la par que sus ilustres antecesores, Olmos, Sahagún, Durán y otros muchos frailes, este “misionero al revés” se deja cautivar por la belleza y autenticidad de esta cultura indígena y se propone revelarla. Desconocimiento del personaje que naciera en Toluca, no nos deja ver la lección de humanismo que da Garibay al recuperar las fortalezas culturales de un pueblo perseguido en su propia tierra.  

Su gran inteligencia y talento le permite, dicen los autores: Sin dejar de cumplir con labores ministeriales, presta oído y observa todo cuanto recela semillas culturales prehispánicas. En Jilotepec, un día que volvía de asistir a un enfermo en una ranchería un tanto alejada, escuchó el canto del búho en la noche. El indio que le acompañaba se quedó transido de miedo y de repente una mujer salió precipitadamente de un jacal cercano al camino. Gritando: Tuh’kru, tuh’kru… ma b’ahtzi bidu, es decir: El tecolote… el tecolote… mi hijo se muere. El acompañante de Garibay le resumió lapidariamente la situación: El tecolote, cuando viene a cantar junto a la casa, dice que tiene hambre de muerte

Cotejando con las fuentes, Garibay pronto estableció los nexos antropológicos de esta creencia y años más tarde publicaría, en el Anuario de la Sociedad Folklórica de México, un artículo sobre el tema: Cuando el tecolote canta el indio muere… frase que adquiere mayor fama el decirla en la película llamada Tizoc donde Pedro Infante dice tal leyenda a la bella María Félix. Sus recorridos por el territorio mexiquense dieron las mejores lecciones a Garibay para saber de qué cosa se hizo la entidad a partir de las culturas prehispánicas, saliendo de esa visión corta y cerrada que su cultura venía sólo de la influencia de la colonia española en estas tierras. Siendo alumno de los conventos católicos en los que estudió, aprendió por la visión de otras culturas que venían de fuera de México, que su mundo era el humanismo desde los orígenes.