¿Por Qué el Silencio Desprotege a la Niñez Ante las Violencias?

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La organización Save the Children nos alerta que en las últimas semanas —y en realidad, en los últimos años— el mundo se ha llenado de imágenes difíciles de mirar: guerras transmitidas en tiempo real, discursos de odio que se vuelven tendencia, actos violentos que irrumpen en espacios que creíamos seguros. México no es ajeno a esa atmósfera. Aquí también hemos aprendido a vivir con noticias que estremecen por la mañana y se diluyen por la tarde, reemplazadas por otras igual de duras.

En ese entorno, muchas personas adultas optan por una estrategia que parece protectora: cambiar el tema, apagar la televisión, decir “no pasa nada”. Pero ¿de verdad sirve que les digamos eso? A quién tranquiliza más esa frase: ¿a ellas y ellos, o a nosotros? Desde Save the Children lo vemos todos los días: las niñas, niños y adolescentes no viven en una burbuja. Habitan el mismo país que nosotros. Escuchan conversaciones en casa, leen titulares en redes sociales, reciben mensajes en grupos escolares, miran videos que circulan sin filtro en plataformas digitales. Saben que algo ocurre, aunque no siempre comprendan qué. Cuando optamos por el silencio, no evitamos el miedo; solo dejamos que lo enfrenten en soledad.

Por eso recalcan que la niñez y la adolescencia no solo necesitan protección: tienen derechos. Entre ellos, el derecho a la información. Esto no significa exponerles a imágenes crudas o a detalles innecesarios, sino reconocer que merecen explicaciones honestas, adecuadas a su edad y forma de comprender el mundo. Negar la información no les protege; al contrario, puede aumentar la ansiedad. La incertidumbre suele ser más angustiante que una verdad compartida con cuidado. Cuando las personas adultas minimizamos o desestimamos lo que sucede, enviamos un mensaje implícito: “Lo que sientes no es válido” o “no puedes manejar esta conversación”.

¿Pero qué pasa si cambiamos la pregunta? En lugar de “¿cómo le oculto esto?”, preguntarnos: “¿qué sabe ya y cómo se siente?”. Escuchar antes de explicar transforma la conversación. Permite dimensionar qué tanto han escuchado, qué rumores circulan en su entorno y qué emociones están presentes. Miedo, enojo, tristeza, confusión. Todas son legítimas. Validarlas es el primer paso para no normalizar la violencia.

Uno de los mayores peligros de vivir en contextos atravesados por conflictos armados en otras regiones del mundo, por discursos discriminatorios o por expresiones persistentes de violencia en nuestro propio territorio, es acostumbrarnos. La repetición puede insensibilizar. Y cuando la violencia se vuelve paisaje, el riesgo es que también se vuelva referencia. Que las niñas y los niños crezcan pensando que así es el mundo y que nada puede hacerse para transformarlo.

No se trata de sentar a niñas y niños frente a un noticiero ni de convertir cada comida en un análisis geopolítico. Se trata de abrir espacios seguros donde puedan expresar lo que sienten. Eso implica también revisar y regular nuestra propia exposición. Si las personas adultas consumimos noticias de manera constante, comentamos cada video impactante y compartimos mensajes alarmistas sin verificar, es probable que estemos amplificando la angustia.

La repetición de imágenes violentas puede generar ansiedad o incluso respuestas de estrés. Limitar la exposición, establecer momentos específicos para informarse y privilegiar fuentes confiables son medidas que también protegen a la niñez.

Hablar con niñas y niños sobre lo que ocurre no les roba la infancia. Les da herramientas para vivirla con mayor seguridad y conciencia. Y en tiempos donde la violencia amenaza con volverse costumbre, conversar con honestidad y cuidado es, quizá, uno de los actos más poderosos de protección y amor.

*Licenciado y Maestro en Periodismo    

lurame_3@hotmail.com                  @luciorm