A QUIÉN LE IMPORTA

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Despierto al despertador. Cosa triste, si se ve de alguna forma o quizá el colmo de una soledad afiebrada con sus brotes de adrenalina. La de saber que los diálogos con eco tienen su encanto. En automático a calentar el café pasado hecho la noche anterior. Fuerte e invasivo. Droga negra que ilumina. Abrir ventanas, adiós basura. Aire puro. Máquinas encendidas. Llamadas y correos inevitables. Baño de agua helada. Otro café y sentarse a escribir, ahora sí de verdad. Siesta diurna. El llanto del día, sin saber nunca por qué. Ampliar el aislamiento es clave en este momento. 

Cambiarme. Pedir un taxi. Llegar al consultorio. Y hacer garabatos con cada paciente. Verme en ellos. Extraña compañía, como si fuera un gremio con olor a la familia que perdí. Volver a casa. Jugar con mis once gatos, cuando tienen ganas o se dejan. Mirar sus ojos de colores y a veces conversar en blanco y negro, y si, nos entendemos, a la perfección, sin pedirle perdón a la palabra. 

Empijamarme. Las consabidas pastillas que igual no hacen efecto, quizá para sentir que algo entra en mi cuerpo. Despedirme de la única amiga que tengo. Y lo más importante, poner el despertador…