LA COSMOTÉCNICA HUKIANA: un esperanzador cauce de comprensión cultural

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Yuk Hui es, muy seguramente, una de las voces contemporáneas más actualizadas en el contexto de la filosofía de la tecnología. Esta joven, pero de fecunda disciplina, que se puede empezar a tener en cuenta como independiente a partir de la Meditación de la técnica de Ortega y Gasset o La pregunta por la técnica de Heidegger, siguiendo con textos más actuales pero igualmente fundamentales como El modo de existencia de los objetos técnicos de Simondon, los tres volúmenes de La técnica y el tiempo de Bernard Stiegler o Recursividad y contingencia del mencionado Yuk Hui, se mantiene latente gracias a una cuestión importante pero que suele pasar inadvertida: donde hay una realidad técnica, está tácita una realidad humana; por lo que este fenómeno tiene abundantes implicaciones filosóficas. 

Frente a este contexto, Hui parte de un asunto concreto: en el contexto del Antropoceno y la era digital, uno de las próximos eventos más importantes en Occidente, es la explosión de conciencia por parte de las máquinas, de manera similar a cómo sucedió en La Ilustración. El asunto se hace especialmente preocupante, porque el Antropoceno es un contexto, o más bien, una nueva época geológica en la que el modo normal de estar de la tierra es la afección sin pausas de sus reacciones geoquímicas, la crisis ecológica y la extinción masiva de una diversidad natural que se tardó millones de años en asentarse. Nuestra forma de vida, no es ni mucho menos sostenible, el planeta no deja de expresarlo y sin embargo, no es algo de lo que lleguemos a tomar aún verdadera conciencia. 

El antropoceno, además, se hace presente ante nosotros por un proceso invasivo de nuestras racionalidades que Hui denomina, de forma tradicional, utilizando el término de Modernización: esta es la creciente universalización de epistemologías, conocimientos y prácticas tecnológicas en todo el mundo. Y es que, asuntos como la singularidad y el aceleracionismo tecnológico en tanto mecánicas de opresión frente a cuantas formas de ver el mundo existen, es algo de lo que aún no tomamos conciencia; además de representar la bandera de los países que actualmente están capturados por el nuevo auge del fascismo en la aldea global.

Según Hui, entonces, no es estrictamente necesario centrarse en las ciencias de la naturaleza y en cómo podemos objetivarla cada vez mejor para encontrar soluciones a la crisis del Antropoceno por medio de la tecnología, sino abrir la cuestión de las técnicas o de la tecnología en distintos contextos y entender cómo, por medio de éstas, los distintos grupos humanos se relacionan con la naturaleza; que es aquello a lo que llama cosmotécnica; para eventualmente, frenar esta depredación del planeta que se hace cada vez en más lugares por esta universalización de una tecnología basada en la hiperproducción que requiere nuestra forma de vida. Necesitamos, entonces, reconstruir otras racionalidades a la luz de la noción de cosmotécnica, nos dice Hui. No hay una racionalidad universal en la tecnología que podamos entender como objetiva y universal, sino distintas historias de construcción de paradigmas tecnológicos que, los filósofos de la tecnología y los antropólogos, están obligados a reconstruir sin ninguna imposición de criterios para comprender sus potencialidades en la crisis de la actualidad. 

La reconstrucción de estas racionalidades, sin embargo, se enfrenta a una antinomia en el sentido en que la filosofía moderna entiende esta noción. Es decir, a la tensión entre dos conceptos antitéticos entre sí: la idea de que la tecnología es un universal antropológico que no conoce de culturas, y la idea de que las tecnologías son relativas y sobre todo, restringidas a las cosmologías de los lugares en los que estas se manifiestan; con el agravante de que las formas actuales del capitalismo, refuerzan sustantivamente la primera idea. Por eso que, Hui nos invita a desarraigar de nuestra racionalidad la idea de que cada manifestación tecnológica es una simple externalización de nuestra memoria encajada en una forma tecnológica universal, para empezar a pensar dichas manifestaciones como expresiones de una cultura concreta, que responde a una epistemología y a una ontología propias, cuya riqueza podemos reconocer cuando su diferencia interpela nuestras formas occidentales de pensar. 

 

Hui, en suma, ya no nos invita a una reflexión ética sobre los compromisos que tomamos a la hora de desarrollar tecnologías, sino a abordar el asunto de la tecnodiversidad entendiendo el problema desde sus presupuestos epistemológicos y ontológicos más hondos, reconstruyendo nuestra mirada y la mirada de la comunidad técnica a la que nos querramos acercar. Sólo así es posible una toma de conciencia seria y bien edificada. La tecnodiversidad, entonces, debe ser puesta en el centro de la discusión sobre la tecnología en la actualidad para entender cómo las distintas cosmovisiones pueden dar nuevas direcciones a la tecnología occidental, que desde tal visión nunca se van a poder conocer. No se trata, pues, de negar la tecnología, sino de darle un nuevo marco no occidentalizado a sus futuros alcances.