Colonialismo, esquizofrenia y la gramática de la opresión

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Imagina por un instante que cada vez que abres la boca, no sólo pronuncias palabras, sino que repites, sin saberlo, una coreografía de dominación que lleva siglos ensayándose. Imagina que tu lengua materna (esa que usamos para amar, para protestar, para nombrar el dolor) viene con un molde invisible que decide qué cuerpos importan y cuáles son desechables. ¿Qué pasa cuando el lenguaje no te pertenece? ¿Qué ocurre cuando la gramática misma del poder se ha instalado en tus gestos, en tus silencios, en la forma en que sostienes la mirada?

Frantz Fanon, psiquiatra y filósofo de Martinica, lo supo desde su consulta en el hospital de Blida-Joinville, Argelia colonial. Y Gilles Deleuze, el filósofo nómada que nunca usó bata blanca. pero habitó la locura como un territorio político, lo intuyó desde otra orilla. Ambos, aunque rara vez se les lee juntos, trazaron un mapa común que muestra que el lenguaje encarna la opresión. Y esa encarnación no es una metáfora, es un espasmo muscular, un tartamudeo forzado, una rodilla que se dobla ante quien no debería doblarse.

Esta columna propone un encuentro entre el Fanon del cuerpo colonial y el Deleuze de la esquizofrenia como proceso social. Porque hoy, mientras Palestina es arrasada con un léxico de conflicto armado que oculta el genocidio, mientras Sudán se desangra entre lenguas importadas que nombran sus guerras civiles como tribales, y mientras Sudamérica sigue pariendo gobiernos que hablan en el idioma del mercado, debemos preguntarnos: ¿cómo se enquista un lenguaje colonialista en nuestros huesos? Y más aún: ¿cómo desaprenderlo sin volvernos víctimas pasivas, sino cuerpos insurrectos?

Está columna advierto, es más académica en cierto sentido, porque la filosofía del lenguaje siempre me generó un comezón, uno que hoy después de tantas cicatrices, me animo a llevar para desarrollar mí tesis. Es entonces, una breve apertura para comprender algunas ideas.

Fanon, el lenguaje como herida que no cicatriza

En Piel negra, máscaras blancas (1952), Fanon narra una escena que parece menor pero es fundacional, cuando el antillano que llega a Francia y descubre que su criollo, su acento, su forma de articular la r gutural, lo señala como inferior. Hay que hablar francés, pero un francés blanco, escribe. El lenguaje no es aquí un instrumento neutro de comunicación; es un dispositivo de desposesión corporal.

Fanon, formado en psiquiatría fenomenológica, observa cómo el colonizado interioriza el desprecio a través de lo que llama esquema histórico-racial. No solo piensa que es inferior, porque además, su cuerpo lo sabe. El hombro que se encoge, la mirada que se baja, la tartamudez que aparece ante la autoridad blanca, todo eso es lenguaje hecho músculo. En sus Escritos sobre la alienación y la libertad, insiste: El negro no es un hombre. Es un hombre negro, es decir, un sujeto definido por la mirada del colono que le ha clavado un nombre.

Pero Fanon va más allá, pues, la colonización no sólo reprime lenguas indígenas; produce hablas enfermas. En sus estudios clínicos en Argelia, documentó cómo los argelinos bajo dominio francés desarrollaban mutismos selectivos, afasias psicógenas, y lo que él llamó trastornos de la actitud, una forma de caminar, de ocupar el espacio, que delataba la sumisión. El lenguaje colonial se convierte en coreografía de la vergüenza.

Sin embargo, Fanon no se queda en la víctima y propone una descolonización del habla, la poesía de Aimé Césaire, el criollo reivindicado, el grito como arma. Pero advierte a su vez, que no basta con cambiar las palabras. Hay que desencarnar el lenguaje viejo, lo que implica una terapia del gesto, una reeducación de los reflejos. Ahí, sin nombrarlo aún, roza a Deleuze.

Deleuze y la esquizofrenia como fuga del lenguaje mayoritario

Gilles Deleuze, junto a Félix Guattari (psicoanalista y también militante), rompió el diagnóstico psiquiátrico en el maravilloso texto El Anti-Edipo (1972) y Mil mesetas (1980). Para ellos, la esquizofrenia no es una enfermedad mental individual, sino el límite del capitalismo, un proceso social de desterritorialización que el sistema captura y patologiza.

Pero, ¿Qué significa esto? Que el esquizofrénico (para Deleuze y Guattari) no es un cerebro roto, sino un cuerpo que ha dejado de creer en las palabras oficiales. Oye voces que no son suas, pero esas voces son los flujos del poder atravesándolo. Habla en lenguas menores, fragmentos, neologismos, sintaxis quebrada. Eso que la psiquiatría llama trastorno formal del pensamiento es, para Deleuze, una resistencia al lenguaje estándar del capitalismo y el Estado.

En Kafka: por una literatura menor (1975), Deleuze y Guattari exploran cómo un checo judío que escribe en alemán (la lengua del imperio) produce una literatura que desterritorializa el alemán, lo hace tartamudear, lo llena de acentos, lo vuelve menor. Ahí está la clave: una lengua mayor (el francés colonial, el inglés global, el español del conquistador) puede ser torcida desde dentro por quienes la habitan a la fuerza.

La esquizofrenia como proceso social, entonces, no es un colapso sino lo que llaman fuga de líneas, no se trata de enloquecer sino de producir enunciados colectivos que escapen al código binario colonizador/colonizado. ¿Cómo? Inventando palabras, mezclando idiomas, haciendo del error gramatical una política. Para Deleuze, el esquizofrénico no es el que pierde la realidad, sino el que descubre que la realidad ya es una alucinación consensuada.

El encuentro secreto entre Fanon y Deleuze en la misma trinchera

¿Dónde se tozan? En la convicción de que el lenguaje no es superestructura, sino infraestructura del poder. Fanon lo muestra en el cuerpo colonizado, en cómo la palabra del amo se inscribe en la médula. Deleuze lo muestra en la esquizofrenia, la palabra del amo puede ser desorganizada hasta volverse irreconocible.

Hay una diferencia crucial, claro. Fanon es más trágico, más dialéctico pues el colonizado debe pasar por la violencia para desalienarse. Deleuze es más rizomático, no hay un salir del lenguaje sino multiplicar sus entradas. Pero ambos coinciden en que la salud no es adaptarse a la lengua dominante, la salud es la potencia de crear un habla propia, aunque esa habla suene a locura para el oído colonial.

Pensemos en la negación del criollo en las escuelas de la Martinica de Fanon; pensemos en la prohibición del darija (árabe argelino) en las oficinas francesas. Ahora pensemos en el wolof en Senegal, el quechua en Perú, el mapuzugun en Chile, el sánscrito impuesto sobre lenguas drávidas en India. Cada una de esas lenguas silenciadas es un cuerpo al que se le ha dicho: tu forma de nombrar el mundo no es válida. Y eso produce lo que Fanon llamó la gran neurosis colonial: generaciones que hablan en la lengua del otro, pero sueñan en la suya, y ese desgarro se convierte en úlcera, en insomnio, en violencia inexplicable.

Pero Deleuze nos da una herramienta extra, no hay que volver a una lengua pura (eso es el fascismo identitario). Hay que esquizofrenizar la lengua del amo. Hacerla balbucear. El inglés global, el francés de la Françafrique, el español de la Real Academia, pueden ser infectados con acentos, con modismos, con errores deliberados. Cada “mal uso” es un pequeño acto de descolonización.

Hoy, mientras escribo, el lenguaje oficial llama conflicto al asesinato sistemático de 40.000 palestinos (cifra de julio 2024, muy mayor ahora). Derecho a defenderse es la frase que justifica bombardeos sobre hospitales. Daños colaterales es el eufemismo para niños descuartizados. Ese lenguaje encarna, y los cuerpos palestinos aprenden a correr hacia refugios de la ONU que ya no existen, a enseñar a sus hijos a reconocer el zumbido de un dron, a escribir testamentos en sus teléfonos. El lenguaje colonial israelí (respaldado por el inglés de Washington) se convierte en temblor en las manos de una madre que busca a su bebé bajo escombros.

Fanon lo entendería, Gaza es un laboratorio de la despersonalización lingüística. Al palestino se le niega el derecho a nombrar su propia muerte. Por eso la Nakba (1948) sigue sin nombre en los libros de texto occidentales. Por eso la palabra genocidio se reserva para otros. El colonizado no sólo muere, muere además sin que su lengua pueda certificar esa muerte.

En Sudán desde abril de 2023, una guerra entre el ejército y las RSF ha dejado más de 150.000 muertos (no hay cifras confiables) y desplazados masivos. ¿Cómo habla el mundo de Sudán? Guerra civil, conflicto étnico (como si Darfur no hubiera sido ya un genocidio). Se borra el hecho de que las RSF son herederas de las janjaweed o yanyauid que usaron árabe como lengua de mando y el inglés de las ONG como lengua de impunidad. El sudanés común habla en árabe sudanés mezclado con lenguas nubias; pero el poder habla en inglés técnico, en jerga humanitaria. Esa brecha encarna en cuerpos que aprenden a decir food distribution como si fuera una oración, y en otros cuerpos que aprenden a esconderse de la palabra janjaweed.

En Sudamérica el colonialismo es más sutil. No hay administración extranjera directa (ya hubo), pero el lenguaje del mercado (el FMI, el Banco Mundial) ha colonizado las constituciones. Palabras como eficiencia, competitividad, empleabilidad se han incrustado en los cuerpos de millones que aceptan el desempleo como un fracaso personal. El neoliberalismo, como bien mostró Verónica Gago, es una gramática que te enseña a hablar de emprendimiento cuando estás sobreviviendo, a decir resiliencia cuando estás exhausto. Ese lenguaje duele en los hombros, es la postura encorvada del vendedor ambulante que repite frases de marketing sin creerlas.

Pero también hay resistencias lingüísticas en Sudamérica. El mapuzugun en el Wallmapu, el quechua en Bolivia y Perú, las lenguas arawak en la Amazonía, no son sólo patrimonio cultural, sino dispositivos antiesquizofrénicos en el sentido deleuziano. Cuando una machi mapuche habla en su lengua para curar, está desterritorializando el español chileno, está mostrando que otro cuerpo es posible. Fanon aplaudiría, porque la descolonización pasa por recuperar el derecho a enfermar en tu propia lengua y a sanar en ella.

Y como siempre mis columnas llevan advertencias, otra es que no se trata de llorar sobre el colonizado. Fanon fue muy claro: La desalienación del negro no es un problema de ser para el blanco, sino de ser para sí. Deleuze, por su parte, insistió en que la esquizofrenia como proceso no es una caída sino una producción de lo real, ambos nos invitan a pensar el lenguaje como campo de batalla, no como lamento.

Hoy, en Palestina, los jóvenes escriben rap en árabe con samples electrónicos, mezclando dialectos de Gaza, Cisjordania y la diáspora. Crean una lengua menor que el ejército israelí no puede traducir. En Sudán, los comités de resistencia usan el árabe coloquial para transmitir información sobre masacres, evitando el árabe estándar del gobierno y el inglés de las ONG. En Sudamérica, los movimientos indígenas tuitean en sus lenguas originarias, forzando al algoritmo a reconocer que el castellano no es la única voz.

Eso es esquizofrenizar el lenguaje colonial, y puede leerse burdo, o pueril, pero es la forma que existe para descolonizar el lenguaje mismo, sin tener que reescribir la historia, sino a partir de ella. Es producir un balbuceo colectivo que, como decía Deleuze, hace temblar la lengua materna. Y es también, como decía Fanon, encarnar otra postura, la espalda derecha, la mirada fija, la palabra que no pide disculpas por su acento.

Escribir esta columna es ya un gesto ambiguo, uso el español, lengua del colonizador en gran parte de Sudamérica. Pero intento torcerlo, meto citas en francés, invoco pensadores caribeños, dejo que el lenguaje se quiebre en metáforas que no son correctas. Es un intento menor, pequeño, de hacer lo que Fanon y Deleuze enseñaron, que el cuerpo que habla puede aprender a no repetir la coreografía del poder.

Cómo es común, es un ejercicio de desaprender. No para sentir lástima por Sudán, Gaza, sino para entender que todos habitamos lenguas que nos habitan. Y que la pregunta no es ¿qué lengua hablo? sino“¿qué postura corporal me impone esta lengua?

Fanon decía que el último acto de la descolonización es aprender a reírse del colono. Deleuze decía que la esquizofrenia es la risa del capitalismo. Rían juntos, entonces. Pero rían con la boca llena de palabras que aún no existen.

Breves fuentes (si desean algún texto, pueden escribirme al cla27408@gmail.com)

Fanon, Frantz. Piel negra, máscaras blancas. Ed. Akal, 2009. Especialmente cap. 1 “El negro y el lenguaje” y cap. 5 “La experiencia vivida del negro”.

  • Fanon, Frantz. Los condenados de la tierra. FCE, 1961. Cap. “Medicina y colonialismo”.

  • Fanon, Frantz. Escritos sobre la alienación y la libertad. Ed. Horme, 2017.

  • Deleuze, Gilles & Guattari, Félix. El Anti-Edipo. Pre-Textos, 1985.

  • Deleuze, Gilles & Guattari, Félix. Mil mesetas. Pre-Textos, 1988. Especialmente “Introducción: rizoma” y “Cómo hacerse un cuerpo sin órganos”.

  • Deleuze, Gilles & Guattari, Félix. Kafka: por una literatura menor. (1975)

  • Mbembe, Achille. Crítica de la razón negra. Futuro Anterior (2016)