Brillo propio

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Hay rutas que liberan y no, no las venden en Amazon, ni vienen en audiolibros motivacionales y, por supuesto, no aparecen en los discursos de quienes juran que todo es posible si lo deseas con fuerza

No, las rutas que de verdad nos arrancan del odio, del rencor, del hartazgo y de esa necesidad patológica de brillar a costa de mentiras son caminos más pedestres, más incómodos, más humanos. Caminos que no presumen, no prometen y no garantizan aplausos; caminos que, para colmo, no se pueden falsificar con frases de Pinterest.

Porque, seamos honestos: el ser humano ha convertido la autocomplacencia en un argumento irracional; hay quienes corren maratones de autoengaño, quienes levantan pesas de justificaciones absurdas y quienes practican yoga emocional para estirarse hasta donde la mentira les permita. 

Todo con tal de no aceptar que la grandeza, la verdadera, la que no necesita reflectores ni likes, no nace de las creencias que coleccionamos como estampitas, sino de la esencia que nos habita aunque no la entendamos del todo.

La esencia, esa palabra que suena a incienso y retiro espiritual, pero que en realidad es más simple y más brutal: es lo que somos cuando nadie nos ve, cuando no hay público, cuando no hay narrativa que maquillar. Es el punto de partida que no se puede editar y es ahí donde empieza la ruta de la liberación: en el momento exacto en que dejamos de actuar para la audiencia imaginaria que vive en nuestra cabeza.

El odio y el rencor, por ejemplo, son combustibles baratos; prenden rápido, calientan mucho, pero dejan un humo espeso que termina por asfixiar al que los usa. El hartazgo, ese primo incómodo, funciona igual: nos hace sentir momentáneamente poderosos, como si estuviéramos por encima de la mediocridad ajena, pero en realidad nos hunde en la nuestra. Y la necesidad de brillar a costa de inventos (una epidemia contemporánea).

La gente ya no quiere ser, quiere parecer; quiere la foto, no el proceso; quiere el aplauso, no el mérito; quiere la narrativa heroica sin haber sobrevivido a nada.

Pero hay rutas que nos devuelven la cordura y que no requieren iluminación divina, sino un mínimo de honestidad. Rutas que empiezan cuando dejamos de justificar lo injustificable y aceptamos que la vida no nos debe nada, que el mundo no está obligado a aplaudirnos y que la dignidad no se negocia con absolutamente nada.

La ironía es que, cuando hacemos las cosas por convicción, empezamos a iluminar; cuando dejamos de inventar historias para parecer mejores, empezamos a serlo; cuando dejamos de culpar al universo por nuestras sombras, descubrimos que la luz no viene de afuera.

El ser humano aprende a ser mejor no por lo que cree, sino por lo que es capaz de reconocer en sí mismo sin adornos. La congruencia es la única brújula confiable; quien se atreve a ejecutarla descubre que la ruta hacia la libertad no es un camino hacia afuera, sino un regreso hacia adentro.

Ahí, donde no hay mentiras que aniquilar ni máscaras que pulir, empieza la verdadera revolución. Y, curiosamente, no necesita reflectores. Porque la esencia, cuando despierta, nos genera ese brillo propio que no será apagado por mezquinos, incongruentes o megalómanos.

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