¿Qué merecemos?

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Hemos llegado a un punto en el que la realidad ya no necesita disfrazarse: basta con que alguien la narre con suficiente seguridad para que la compremos sin revisar la etiqueta, validando cualquier argumento.

Creemos en cualquier cosa que suene convincente, repetimos frases huecas como si fueran verdades reveladas y luego nos sorprendemos de vivir en un país lleno de inconsistencias. Pero la verdad es más simple y mucho más incómoda: no nos falló la realidad, nos falló el sentido crítico. Lo dejamos atrofiarse, como un músculo que nunca ejercitamos porque preferimos la comodidad de que otros piensen por nosotros.

Nos quejamos de los gobiernos, de la sociedad, de la educación, de los vecinos, de los padres, de los maestros, de los hijos… de todo. Pero rara vez nos quejamos de nuestra propia omisión. Y ahí está el verdadero origen del desastre: en esa permisividad silenciosa que hemos confundido con tolerancia, en ese yo no me meto que disfrazamos de prudencia, en ese así son las cosas que usamos para justificar nuestra inmovilidad. Dejamos ser, dejamos hacer, dejamos pasar. Y mientras tanto, el país se nos escurre entre los dedos.

Queremos buenos hijos, pero no estamos con ellos; queremos jóvenes responsables, pero les damos pantallas en lugar de presencia; queremos ciudadanos críticos, pero los educamos a base de órdenes y no de argumentos; queremos mejores escuelas, pero creemos que pagar colegiatura es sinónimo de involucramiento; queremos un país distinto, pero seguimos actuando igual. Es decir, actuamos con base en la ecuación más absurda del mundo: exigir resultados extraordinarios con esfuerzos mínimos.

La verdad es que las grandes transformaciones no empiezan en los discursos, ni en las marchas, ni en los decretos de gobierno: comienzan en las pequeñas cosas que hacemos o dejamos de hacer todos los días. En escuchar a un hijo sin prisa, en cuestionar una noticia antes de compartirla, en exigir cuentas, sí, pero también en dar ejemplo. 

En dejar de repetir mentiras cómodas y atrevernos a mirar de frente lo que no funciona, en participar, aunque sea incómodo. Es urgente involucrarnos, aunque ello implique renunciar a la comodidad del espectador.

Porque la queja sin acción es solo ruido y creo que ya tenemos suficiente estridencia. Lo que falta es decisión, lo que falta es ese sentido crítico que no solo detecta el problema, sino que se atreve a actuar sobre él. Lo que falta es recordar que un país no se construye desde la indignación pasiva, sino desde la responsabilidad activa.

Si queremos un México distinto, dejemos de esperar que alguien más lo arregle: Recuperemos la capacidad de pensar, de cuestionar, de involucrarnos. Dejemos de vegetar en la queja y decidamos vivir en la acción. 

Las pequeñas cosas importan, transforman y son las que marcan la diferencia. Pero nos resulta más fácil estirar la mano para recibir una dádiva antes que atrevernos a levantar la voz por lo que a todas luces resulta insostenible.

Nos enoja la vida, pero disfrutamos boicotearnos sistemáticamente todos los días, haciendo lo que a todas luces resulta incongruente.

La pregunta no es qué país queremos. La pregunta es: ¿qué estamos dispuestos a hacer hoy para merecer algo mejor?

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