¿Estancias forzadas?
Hay frases que no sólo revelan una postura, exhiben una gran ignorancia. Cuando el Secretario de Educación de México declaró que las escuelas en julio son estancias forzadas, no describió una realidad educativa; describió su distancia de ella.
Nos queda claro que fue un lapsus honesto, quizá el más honesto de su gestión: la educación, para él, es un trámite incómodo, un servicio de guardería, un espacio que estorba más de lo que construye. Lo que inquieta es que si eso piensa quien dirige el sistema, ¿qué queda para quienes apenas lo observan desde la periferia del poder? Eso explica por qué los padres de familia (no todos) se atreven a tratar a los Colegios, autoridades escolares y profesores como quien manda a sus hijos a un espacio sin orden ni protocolos.
La ironía es que mientras él habla de estancias forzadas, miles de docentes, esos seres invisibles que sostienen el país sin conferencias de prensa, siguen entrando a sus aulas con la convicción de que educar no es custodiar, sino formar. Pero claro, esa parte no aparece en los discursos oficiales, no genera aplausos y no les sirve para la narrativa.
Decir eso de las escuelas es confesar que no se entiende la naturaleza del trabajo docente; es reducir la complejidad pedagógica a un horario extendido y es ignorar que en esas semanas finales se consolidan aprendizajes, se cierran procesos y se acompaña emocionalmente a estudiantes que viven realidades que el escritorio gubernamental jamás verá. Es, en pocas palabras, hablar desde la comodidad de quien nunca ha sostenido un grupo, nunca ha mediado un conflicto y nunca ha visto a un niño aprender a leer después de meses de esfuerzo compartido.
Pero lo más grave no es la frase sino lo que revela: un desdén profundo hacia las instituciones educativas y hacia quienes las hacen posibles. Un desdén que se disfraza de modernidad, de eficiencia, de nuevas visiones, pero que en el fondo es la misma vieja soberbia del funcionario que cree que la escuela existe para servirle a él y no a la sociedad.
Mientras tanto, en cada salón hay maestras y maestros (afortunadamente una gran mayoría y siempre que no estén sindicalizados) que sí ponen su grano de arena y que no esperan reconocimiento, pero tampoco merecen desprecio.
Docentes que trabajan en julio, en junio, en marzo y en cualquier mes, porque la formación humana no entiende de calendarios políticos; que sostienen a estudiantes que llegan rotos, cansados, confundidos, y que aun así encuentran en la escuela un espacio de sentido en el que encuentran rutas para mejorarse a sí mismos.
La verdadera ironía es esta: quienes más hablan de educación son quienes menos la conocen; y quienes más la conocen, los docentes, los directivos comprometidos y las comunidades escolares que sí creen en el aprendizaje, son quienes menos son escuchados.
Quizá por eso la frase del Secretario duele tanto: porque confirma lo que ya sabíamos; que la distancia entre el discurso oficial y la realidad educativa no es un problema de comunicación, sino de convicción. Y que, mientras algunos reducen la escuela a un depósito temporal, otros siguen construyendo país desde el aula, sin reflectores, sin micrófonos, sin excusas.
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