Griselda y sus amigos caleidoscopio
Griselda llegó al bosque convencida de que necesitaba vivir algo extraordinario, aunque, si alguien le hubiera preguntado exactamente qué esperaba encontrar, seguramente no habría sabido responder. Tal vez quería una respuesta; quizá un sacudimiento capaz de dividir su biografía entre un antes y un después; uno de esos acontecimientos que después pueden contarse como el momento preciso en que una persona comprendió aquello que llevaba años intentando descifrar. Agosto había cubierto de verde el sur del Estado de México. La humedad intensificaba los colores de las montañas y las nubes parecían detenerse sobre las copas de los árboles, mientras el camino se volvía cada vez más estrecho conforme el grupo avanzaba hacia la cabaña.
Griselda viajaba con Eva, Psilobio y varios amigos. Aunque habían emprendido juntos el trayecto, cada uno llevaba consigo una historia distinta y, sobre todo, una expectativa particular acerca de aquello que encontrarían. Mateo había perdido recientemente a su padre y desde el funeral había convertido el dolor en movimiento. Trabajaba más, corría, contestaba mensajes, aceptaba invitaciones y llenaba su agenda hasta donde era posible. Había descubierto que la actividad permanente podía funcionar como un refugio frente al silencio. Cuando alguien le preguntaba cómo estaba, simplemente contestaba que bien. No porque fuera cierto, sino porque había encontrado en aquella palabra una manera eficaz de terminar cualquier conversación antes de que alguien preguntara demasiado.
Rebeca llegaba por una razón completamente distinta. Trabajaba para una empresa tecnológica en la Ciudad de México y había alcanzado esa forma contemporánea de éxito que, vista desde fuera, suele confundirse con felicidad. Tenía un buen puesto, ingresos suficientes, un teléfono de última generación y una agenda saturada de reuniones. Lo que los demás no veían eran los correos de medianoche, los mensajes de los domingos, las llamadas inesperadas durante las vacaciones y esa costumbre que había adquirido de despertarse pensando en pendientes y dormir revisando indicadores. Había llegado a un punto en el que incluso cuando la computadora estaba apagada, su cuerpo seguía trabajando.
Tomás buscaba algo diferente. Desde muy joven había tenido la sensación de poseer una habilidad excepcional que todavía no lograba descubrir. Había probado deportes, música, programación, emprendimientos, terapias, cursos de liderazgo y prácticamente cualquier experiencia que prometiera ayudarlo a encontrar su “mejor versión”. En realidad, su problema no era la falta de talento. Lo que verdaderamente deseaba era encontrar una capacidad tan extraordinaria que le permitiera explicarse a sí mismo por qué siempre había sentido que estaba destinado a algo diferente. No quería desarrollar lentamente una habilidad; quería descubrir un poder.
Lucio era, quizá, el más sencillo de comprender. Había viajado buscando una buena historia. Era de esas personas que fotografían un concierto antes de escuchar la primera canción y que eligen algunos lugares pensando de antemano en la publicación que podrán hacer después. Incluso antes de llegar había imaginado la frase con la que contaría aquella experiencia: “No puedo explicártelo; tienes que vivirlo”. Le fascinaba porque convertía cualquier vivencia en una especie de privilegio inaccesible para quienes no habían estado ahí.
Griselda los observaba con curiosidad. Ella tampoco estaba libre de expectativas. Llevaba años preguntándose si existía algo que pudiera modificar de manera definitiva la forma en la que se relacionaba consigo misma. Había leído, escuchado y experimentado suficientes cosas como para empezar a sospechar que quizá necesitaba una experiencia que rompiera la monotonía de seguir siendo siempre la misma persona.
Todos habían oído hablar de Shantal. Algunos decían que era médico; otros sabían que era neurocientífico. En algún momento alguien comenzó a llamarlo chamán y el sobrenombre terminó adhiriéndose a su identidad como ocurre con tantas cosas en internet: primero aparece como una exageración, después se vuelve una simplificación y finalmente se transforma en una verdad aceptada por quienes nunca conocieron su origen.
Antes del viaje, el grupo había llenado los huecos de información con imaginación. Habían escuchado historias relacionadas con plantas de poder, ceremonias de ayahuasca, hongos psilocibios, peyote, cacao y distintas prácticas espirituales. Cada quien construyó su propia expectativa a partir de documentales, publicaciones de redes sociales y testimonios de personas que hablaban de transformaciones profundas. En el fondo esperaban un ritual. Esperaban sustancias. Esperaban que el misterio tuviera una forma reconocible.
Cuando finalmente llegaron, Shantal los recibió con agua.
Nada más.
Les mostró la cabaña, explicó algunas reglas básicas de convivencia y les informó que durante aquella jornada trabajarían con silencio, respiración, meditación, conversación y un periodo de ayuno previamente acordado, considerando siempre las condiciones personales de quienes permanecieran. Algunos pensaron que se trataba de una introducción. Otros supusieron que aquello era apenas la preparación para la verdadera experiencia.
—¿Y lo demás? —preguntó alguien.
Shantal sonrió.
—¿Qué demás?
La decepción apareció casi inmediatamente. Uno de los visitantes había conducido durante horas esperando participar en algo que pudiera describir como una ceremonia. Otra persona había reservado hospedaje cerca porque esperaba una experiencia diferente a cualquier cosa que pudiera realizar en casa. Shantal no discutió con ellos ni trató de convencerlos para quedarse. Simplemente les recordó que nadie estaba obligado a permanecer.
La mitad del grupo decidió marcharse.
Lucio estuvo a punto de acompañarlos. Había llegado buscando precisamente aquello que Shantal parecía negarse a ofrecer.
—Vinimos para algo especial —murmuró mientras observaba cómo algunos comenzaban a recoger sus cosas.
Eva lo escuchó y respondió con tranquilidad:
—¿Y si esperar algo especial es justamente lo que nos impide ver lo que está ocurriendo?
Lucio dudó unos segundos. Finalmente dejó la mochila donde estaba.
Seis permanecieron.
Durante la primera hora, el silencio resultó mucho más incómodo de lo que cualquiera había imaginado. No había teléfonos, música ni conversaciones que llenaran los espacios. Tampoco instrucciones espectaculares. Sólo respiración, quietud y tiempo. Griselda descubrió entonces algo que nunca había considerado seriamente: permanecer inmóvil exige una enorme cantidad de trabajo. En ausencia de estímulos externos, su mente comenzó a producirlos por cuenta propia. Recordó conversaciones ocurridas años atrás, imaginó discusiones futuras, revisó decisiones equivocadas, construyó escenarios y trató de adivinar lo que los demás estaban pensando. Después se sorprendió preguntándose por qué necesitaba saberlo.
Mateo comenzó a recordar a su padre. Primero intentó detener el recuerdo y dirigir la atención hacia otra cosa, pero la memoria volvía. Apareció su voz, una comida familiar, una discusión absurda, una tarde cualquiera y, finalmente, la última ocasión en que estuvieron juntos. Entonces comprendió algo tan sencillo como doloroso: nunca había querido olvidar a su padre; lo que deseaba era dejar de sentir dolor cada vez que lo recordaba. Durante meses había confundido sanar con borrar. Sin embargo, si verdaderamente pudiera eliminar todo aquello que le dolía, tendría también que desprenderse de buena parte de lo que había amado. Lloró durante varios minutos. Nadie intentó detenerlo ni explicarle lo que debía sentir.
Rebeca vivió algo completamente distinto. Durante los primeros momentos su mente continuaba funcionando como una oficina. Recordaba pendientes, correos, reuniones, cifras, proyectos y compromisos. En algún momento creyó sentir la vibración de su teléfono. El aparato ni siquiera estaba cerca. Aquello le pareció absurdo y, al mismo tiempo, revelador. Su empresa no estaba sentada junto a ella. Los servidores continuarían funcionando aunque durante unas horas dejara de vigilarlos. El mundo no se derrumbaría porque ella desapareciera temporalmente de una conversación corporativa. Por primera vez comprendió de manera corporal algo que intelectualmente sabía desde hacía años: no era indispensable. Lo sorprendente fue que aquella constatación no disminuyó su autoestima. Al contrario, la liberó.
Tomás esperaba una revelación. Imaginaba que surgiría una imagen, una voz interior, quizá alguna certeza capaz de explicarle cuál era aquella cualidad extraordinaria que siempre había buscado. Pero no ocurrió nada. Pasó el tiempo y seguía siendo exactamente él. Y precisamente en esa ausencia encontró algo inesperado. Llevaba años persiguiendo una versión excepcional de sí mismo porque, en el fondo, le resultaba difícil aceptar la aparente normalidad de ser Tomás. Deseaba descubrir un talento escondido para evitar el lento proceso de cultivar uno visible. Quería iluminación porque la disciplina le parecía demasiado ordinaria. Buscaba un don porque desarrollar una capacidad exigía años de paciencia. Por primera vez consideró que quizá aquella versión extraordinaria no estaba escondida en ninguna parte. Tendría que construirla.
Lucio fue quien experimentó la incomodidad de otra manera. Su problema no eran los recuerdos ni el estrés, sino la imposibilidad de convertir aquello en contenido. Sin teléfono no podía fotografiar la experiencia. Sin sustancias no podía regresar contando una historia prohibida o extraordinaria. Sin espectáculo, no encontraba aquello que habría de narrar a los demás. Poco a poco comenzó a mirar a sus compañeros. Mateo lloraba; Rebeca respiraba con una tranquilidad que rara vez mostraba; Tomás parecía haber dejado de esperar algo; Eva permanecía serena; Psilobioabría los ojos ocasionalmente, como si todavía discutiera consigo mismo; y Griselda parecía observar a todos. Lucio comprendió entonces que llevaba años asistiendo a lugares sin terminar de estar realmente en ellos. Había acumulado fotografías, registros y pruebas de vida, pero quizá en ese afán por documentarla había comenzado a perder la experiencia misma de vivir.
Varias horas después, Shantal rompió el silencio. No preguntó qué habían visto ni si habían recibido algún mensaje extraordinario. Formuló una pregunta mucho más incómoda:
—¿Qué inventó su mente?
Mateo fue el primero en responder. Había inventado que superar el duelo significaba abandonar a su padre. Rebeca reconoció que había construido una historia en la que absolutamente todo dependía de ella. Tomás aceptó que durante años se había considerado incompleto porque todavía no encontraba aquello que supuestamente lo volvería excepcional. Lucio comprendió que había terminado creyendo que una experiencia sólo tenía valor cuando los demás podían verla y admirarla.
Griselda guardó silencio durante algunos minutos.
—Creo que yo inventé que necesitaba sanar de algo —dijo finalmente—. Llevo años buscando qué está mal conmigo. He pasado por terapias, astrología, ejercicios, cursos, libros y experiencias distintas. Muchas cosas me han ayudado, pero quizá en algún momento convertí la vida entera en una enfermedad que debía corregir.
Shantal no respondió. Les pidió únicamente que escucharan las historias de los demás.
Y entonces ocurrió algo curioso. Mateo comenzó a reconocer su propio relato en el de Rebeca: ella también había perdido algo, aunque en su caso se trataba del tiempo. Rebeca encontró en Tomás la misma necesidad de convertirse permanentemente en una versión superior de sí misma. Tomás descubrió en Lucio la búsqueda de aprobación que había acompañado buena parte de sus decisiones. Y Lucio comprendió que Griselda también había organizado su identidad alrededor de la idea de que en algún lugar existía una respuesta capaz de explicarla.
Eva escuchó durante largo rato hasta que finalmente dijo:
—Quizá todos estamos contando la misma historia con personajes diferentes.
Psilobio añadió:
—O viendo la misma luz a través de cristales distintos.
Fue entonces cuando Griselda recordó un caleidoscopio que había tenido durante su infancia. Dentro de aquel pequeño cilindro no existía realmente ninguna magia. Había fragmentos, espejos y luz. Sin embargo, bastaba girarlo ligeramente para que los mismos elementos formaran una figura completamente distinta. De pronto entendió lo que había ocurrido entre ellos. Eran seis personas organizando de maneras distintas un conjunto sorprendentemente parecido de miedos: pérdida, control, identidad, reconocimiento, abandono y pertenencia.
—Somos amigos caleidoscopio —dijo.
Todos rieron.
Pero la expresión quedó.
Aquella noche ninguno recibió las plantas de poder que había imaginado. Nadie necesitó describir visiones ni afirmar que había recibido una revelación sobrenatural. No obstante, todos regresaron con alguna respuesta. No porque Shantal se las hubiera entregado, sino porque durante unas horas habían disminuido suficiente ruido para escuchar las narraciones que llevaban años repitiéndose.
También comprendieron que muchas de las cosas que afirmaban necesitar “sanar” no eran objetos escondidos en algún rincón del cuerpo, sino historias construidas alrededor de experiencias reales. Eso no significaba que el sufrimiento fuera imaginario. El duelo, la ansiedad, el agotamiento y las heridas emocionales pueden ser profundamente reales. Lo que sí podía cambiar era la explicación con la que habían aprendido a interpretarlos y, con ello, la relación que mantenían con su propia historia.
Cuando amaneció salieron de la cabaña y caminaron hacia el bosque. Los seis se abrazaron y, sin que nadie supiera muy bien por qué, comenzó a repetirse entre ellos la palabra “hermanos”.
Griselda observó entonces a Psilobio y Eva.
Sintió algo extraño.
Todos habían viajado juntos y compartido el mismo silencio, pero comenzó a sospechar que aquella experiencia no iniciaba ni terminaba con los seis. Había algo difícil de nombrar alrededor de aquellos dos hermanos. No parecían guías ni protagonistas y, sin embargo, daban la impresión de ser simultáneamente participantes y punto de encuentro, como si aquel caleidoscopio hubiera estado girando alrededor de dos piezas cuya importancia ninguno había aprendido todavía a reconocer.
Griselda decidió no preguntar.
Algunas respuestas necesitan tiempo.
Y ciertas historias sólo muestran su dibujo completo cuando alguien vuelve a girar el caleidoscopio.
La experiencia de Griselda y sus amigos permite acercarnos a una expresión muy utilizada en conversaciones sobre conciencia y espiritualidad: la idea de que “el cuerpo produce sus propias drogas”. La frase resulta sugerente como metáfora, pero requiere precisión científica. El organismo humano no reproduce simplemente dentro de sí los efectos de sustancias psicoactivas externas; lo que sí posee es un extraordinario sistema neuroquímico capaz de modificar de manera constante nuestra percepción, nuestras emociones, nuestra motivación y la forma en que interpretamos el mundo.
Dopamina, serotonina, noradrenalina, endorfinas, endocannabinoides, oxitocina, cortisol y una enorme variedad de neuropéptidos y neuromoduladores participan permanentemente en la regulación del placer, el estrés, el miedo, la recompensa, el dolor, la motivación, los vínculos afectivos y numerosos procesos cognitivos. Nuestro estado mental nunca permanece completamente estático porque tampoco lo hace el organismo que lo produce. Dormir modifica nuestra actividad cerebral; enamorarnos también. El ejercicio, la música, una conversación, el miedo, una pérdida, la expectativa, la respiración o la atención pueden generar modificaciones fisiológicas capaces de transformar nuestra experiencia subjetiva.
Esto no significa que una sesión de meditación pueda equipararse farmacológicamente con los efectos de un psicodélico. Son fenómenos diferentes y conviene mantener esa distinción para evitar convertir una metáfora atractiva en una afirmación científica incorrecta. Sin embargo, las investigaciones contemporáneas sí han mostrado que distintas prácticas contemplativas pueden asociarse con modificaciones en procesos relacionados con la atención, la autorreferencia, la regulación emocional y la conectividad funcional entre diversas redes cerebrales.
Entre ellas aparece la llamada red neuronal por defecto, conocida como Default Mode Network. Se trata de un conjunto de regiones cerebrales que participa, entre otros procesos, en la memoria autobiográfica, la imaginación del futuro, la reflexión sobre nosotros mismos y la construcción narrativa de nuestra identidad. No es, como algunas simplificaciones sugieren, el lugar exacto donde habita el “ego”, pero sí forma parte de los sistemas mediante los cuales construimos una representación relativamente coherente de aquello que llamamos “yo”.
Eso ayuda a comprender lo ocurrido con los amigos caleidoscopio. Mateo no experimentaba únicamente la muerte de su padre; convivía también con una determinada interpretación acerca de lo que significaba superar aquella pérdida. Rebeca no estaba simplemente sometida a una carga excesiva de trabajo: había incorporado esa exigencia dentro de una identidad en la que ser indispensable parecía equivalente a tener valor. Tomás había construido buena parte de su personalidad alrededor de la expectativa de encontrar algo excepcional dentro de sí. Lucio había aprendido a valorar una experiencia a partir de la mirada de los demás.
Ninguna de esas narraciones era completamente falsa. Todas contenían fragmentos de realidad. El problema aparecía cuando cada fragmento se convertía en la totalidad.
La psicología utiliza el concepto de metacognición para referirse, de manera general, a nuestra capacidad de observar y evaluar nuestros propios procesos mentales. Podemos pensar acerca de aquello que pensamos. Esa pequeña distancia entre el pensamiento y la persona que lo observa puede transformar profundamente la experiencia. “No soy suficiente” puede sentirse como una verdad absoluta, pero también puede identificarse como un pensamiento. “No podré vivir sin esta persona” puede experimentarse como una certeza, aunque en realidad siga siendo una predicción. “Si dejo de trabajar todo se derrumbará” puede instalarse como una convicción subjetiva sin que exista evidencia de que el mundo dependa realmente de nosotros.
En este punto la meditación puede funcionar como una herramienta para observar con mayor claridad algunos de esos procesos, pero precisamente por eso conviene evitar convertirla en un nuevo dogma. Meditar no constituye un estado superior de existencia ni transforma automáticamente a una persona en alguien más consciente, más sabio o espiritualmente superior. Puede favorecer atención, regulación emocional o capacidad introspectiva en determinadas personas y contextos, pero sigue siendo una herramienta. Confundir el instrumento con el destino sería repetir exactamente el problema que Shantal intentaba mostrar a quienes llegaron esperando encontrar una sustancia.
Algo semejante ocurre con el ayuno. Los cambios en disponibilidad energética producen adaptaciones metabólicas y, bajo determinadas condiciones, pueden favorecer la producción de cuerpos cetónicos, modificando temporalmente la manera en que el organismo obtiene y utiliza energía. Existe investigación científica sobre la relación entre metabolismo, señalización celular, neuroplasticidad y funcionamiento cerebral, pero de ahí no se desprende que el ayuno produzca estados especiales de conciencia ni que deba considerarse una herramienta universal. Tampoco es adecuado para todas las personas y no puede sustituir tratamientos médicos o psicológicos cuando éstos son necesarios.
La enseñanza importante está en otra parte: nuestra conciencia ordinaria ya constituye un proceso enormemente dinámico. El cerebro no recibe pasivamente una realidad terminada. Selecciona información, anticipa acontecimientos, completa vacíos, establece prioridades, recuerda de manera reconstructiva y produce significado. Percibimos el mundo, pero al mismo tiempo participamos en su interpretación.
En ese sentido, todos somos un poco caleidoscopios. La realidad proporciona fragmentos, pero nuestra memoria, nuestra historia personal, nuestros afectos, nuestras expectativas y nuestra cultura ayudan a organizar la figura que finalmente observamos.
Y aquí aparece una relación directa con la tecnología. Las plataformas digitales funcionan también como espejos que seleccionan. Cuando abrimos una red social no vemos simplemente “el mundo”; observamos una versión organizada por sistemas de recomendación. Un algoritmo decide qué información aparecerá primero, cuál quedará oculta y qué contenido tiene mayores probabilidades de mantenernos conectados. Una inteligencia artificial organiza enormes cantidades de información y genera respuestas a partir de patrones estadísticos. Los buscadores jerarquizan resultados. Las aplicaciones administran notificaciones. Las plataformas moldean contextos.
La tecnología también puede convertirse en caleidoscopio.El problema comienza cuando olvidamos quién mueve los cristales. Si el cerebro construye interpretaciones parciales de la realidad y las tecnologías seleccionan buena parte de los estímulos utilizados para construirlas, entonces el diseño tecnológico deja de ser simplemente una cuestión funcional o estética. Se convierte en un asunto relacionado con autonomía, libertad y derechos humanos.
De ahí la importancia de contar con protección de datos personales, transparencia, evaluaciones de impacto, seguridad, responsabilidad algorítmica, consentimiento y mecanismos capaces de evitar que la arquitectura digital tenga como único objetivo capturar y monetizar nuestra atención.
Con las neurotecnologías esa pregunta adquiere una profundidad todavía mayor. El desarrollo de dispositivos capaces de registrar actividad cerebral, interpretar determinadas señales neuronales o establecer interfaces entre cerebro y computadora abre posibilidades extraordinarias para la medicina, la comunicación y la rehabilitación. Pero también nos obliga a preguntarnos qué ocurrirá cuando una tecnología no se limite a seleccionar aquello que vemos en una pantalla, sino que pueda aproximarse cada vez más a determinados procesos mediante los cuales construimos lo que pensamos y sentimos.
Por esa razón, el debate internacional sobre neurotecnologíaha comenzado a colocar en el centro conceptos como privacidad mental, autonomía, identidad personal, integridad mental y protección de datos neuronales.
La pregunta que une meditación, tecnología y neuroderechosresulta entonces mucho más sencilla de formular que de responder:
¿Quién dirige nuestra atención?
No siempre podemos decidir qué pensamiento aparecerá en nuestra mente. Tampoco podemos controlar cada emoción, recuerdo o asociación. Pero sí podemos construir condiciones personales, sociales, jurídicas y tecnológicas que nos permitan relacionarnos libremente con ellos.
Quizá esa sea una definición más realista de libertad mental: no una mente vacía de influencias, sino una mente capaz de reconocerlas y conservar suficiente autonomía para decidir qué hacer con ellas.
Existe algo profundamente humano en nuestra fascinación por los instrumentos. Las herramientas nos tranquilizan porque vuelven visibles procesos que de otro modo parecen demasiado complejos. Si queremos escribir mejor, compramos una computadora. Si deseamos estar más saludables, buscamos una aplicación. Si queremos dormir, adquirimos un reloj capaz de medir nuestras horas de sueño. Cuando queremos encontrarnos a nosotros mismos, podemos sentir la tentación de buscar un retiro, una sustancia, un maestro, una técnica, un dispositivo o una ceremonia que aparentemente contenga aquello que nosotros todavía no hemos conseguido descubrir.
Nada de eso es necesariamente malo.
El problema comienza cuando terminamos enamorándonos más de la herramienta que de aquello para lo cual fue creada.
Eso ocurrió, en alguna medida, con quienes abandonaron la cabaña de Shantal. No eran personas menos valientes ni necesariamente superficiales. Simplemente habían llegado con una expectativa concreta y, cuando descubrieron que el objeto esperado no formaba parte de la experiencia, concluyeron que tampoco existía nada que experimentar. Habían confundido el vehículo con el camino.
Ésta es quizá una de las grandes paradojas de nuestra época.
Nunca habíamos dispuesto de tantas herramientas para ampliar nuestras capacidades y, sin embargo, no necesariamente tenemos mayor claridad sobre aquello que queremos hacer con ellas.
La inteligencia artificial constituye un magnífico ejemplo. Tener acceso a un sistema capaz de procesar enormes cantidades de información no nos vuelve automáticamente más inteligentes. Disponer de millones de documentos tampoco produce conocimiento si carecemos de criterio para interpretarlos. Un reloj puede registrar detalladamente nuestras fases de sueño sin conseguir que descansemos. Una plataforma puede conectarnos con miles de personas sin resolver nuestra soledad. Podemos tener millones de seguidores y ninguna comunidad. Incluso podemos medir determinados correlatos de la actividad cerebral sin haber comprendido todavía qué significa ser conscientes.
El riesgo aparece cuando el instrumento empieza a definir el propósito. Trabajamos conforme a aquello que permite la plataforma. Nos comunicamos siguiendo el formato que premia el algoritmo. Deseamos lo que se vuelve visible. Transformamos nuestra experiencia para que pueda convertirse en publicación. Organizamos nuestra productividad a partir de indicadores diseñados por terceros y terminamos utilizando métricas externas para determinar si nuestra propia vida está funcionando correctamente.
La experiencia de Griselda y sus amigos representa, en ese sentido, una pequeña ruptura con esa lógica. Todos llegaron esperando obtener algo externo. Shantal eliminó esa posibilidad. Al hacerlo eliminó también el pretexto.
Sin la sustancia imaginada, sin una ceremonia espectacular, sin teléfonos que pudieran registrar el acontecimiento y sin ningún dispositivo capaz de certificar que se habían transformado, únicamente quedaron ellos mismos.
Y fue precisamente en ese momento cuando algunos se marcharon. Esa conducta no pertenece exclusivamente a las búsquedas espirituales. Ocurre constantemente en nuestra vida cotidiana. Sucede con la psicología cuando alguien busca una técnica inmediata y abandona al descubrir que modificar patrones de conducta requiere tiempo. Pasa con el ejercicio cuando adquirimos equipamiento antes de desarrollar disciplina. Con la educación, cuando acumulamos cursos que nunca terminamos. Con la inteligencia artificial, cuando pedimos respuestas para evitar el esfuerzo de formular preguntas. Con la democracia, cuando creemos que basta con crear instituciones sin construir ciudadanía. Y también con la protección de datos, cuando pensamos que publicar un aviso de privacidad significa haber desarrollado una verdadera cultura de protección de las personas.
Podría suceder igualmente con los neuroderechos. Sería relativamente sencillo llenar leyes, declaraciones y políticas públicas con expresiones como libertad cognitiva, privacidad mental, integridad cerebral, continuidad psicológica e identidad personal. Mucho más difícil será garantizar que esos principios se reflejen en el diseño concreto de las tecnologías.
De nada serviría reconocer solemnemente la privacidad mental si permitimos modelos empresariales construidos sobre la extracción indiscriminada de información neuronal. Sería insuficiente proclamar la libertad cognitiva si sistemas comerciales o laborales pudieran utilizar inferencias emocionales para manipular decisiones. El consentimiento informado perdería significado si una persona tiene que aceptar obligatoriamente determinados mecanismos para estudiar, trabajar, acceder a servicios o participar en la vida pública.
Por eso el derecho debe intentar llegar antes del daño y no únicamente después de él. Cuando un dispositivo pretenda recopilar señales neuronales tendremos que preguntarnos qué información resulta realmente necesaria y durante cuánto tiempo debe conservarse. Cuando un algoritmo asegure poder inferir emociones habrá que analizar qué tan fiable es esa afirmación, para qué se utiliza y cuáles pueden ser sus consecuencias. Cuando tecnologías de monitoreo cognitivo ingresen a escuelas o espacios laborales será indispensable cuestionar si el consentimiento puede considerarse auténticamente libre dentro de relaciones marcadas por desequilibrios de poder.
Y cuando una tecnología sea diseñada deliberadamente para influir en el comportamiento, la pregunta ya no debería limitarse a su eficacia comercial. También tendremos que preguntarnos si respeta la autonomía humana. En el fondo, los neuroderechos colocan frente a nosotros una pregunta mucho más antigua que cualquier interfaz cerebro-computadora:
¿Para qué queremos ser libres?
No basta proteger la mente frente a interferencias externas si nosotros mismos entregamos permanentemente nuestra atención sin preguntarnos quién la está administrando. Tampoco es suficiente cerrar nuestros datos personales si permitimos que las narrativas diseñadas por otros definan aquello que deseamos, tememos o consideramos importante.
La autonomía necesita leyes, pero también necesita conciencia. Eso comenzaron a comprender los amigos caleidoscopio. Mateo pensaba que necesitaba olvidar a su padre, cuando quizá necesitaba aprender a recordarlo sin convertir cada memoria en una herida. Rebeca creía que debía detener el mundo para descansar, cuando necesitaba comprender que el mundo podía continuar sin ella. Tomás buscaba descubrir un poder extraordinario, cuando tenía frente a sí la tarea mucho menos espectacular de construir sus capacidades. Lucio perseguía una experiencia digna de ser contada, cuando necesitaba volver a experimentar la vida antes de documentarla. Y Griselda llevaba años intentando curarse de algo cuyo nombre nunca había conseguido identificar.
Ninguno recibió lo que había ido a buscar. Quizá precisamente por eso encontraron algo. Sin embargo, sería peligroso extraer de esa historia la conclusión de que todo sufrimiento depende únicamente de nuestra manera de pensarlo. No todo problema está en la mente. La pobreza existe. La violencia existe. Las relaciones abusivas existen. Los trabajos capaces de destruir la salud existen. Las enfermedades requieren atención. Las pérdidas duelen. Existen condiciones materiales y sociales que ninguna meditación puede corregir por sí sola.
Convertir la introspección en una explicación universal sería tan problemático como ignorar completamente nuestra vida interior. La experiencia humana ocurre justamente en el encuentro entre ambas dimensiones: mundo y mente, materia y significado, individuo y comunidad, tecnología y persona.Por eso el caleidoscopio constituye una metáfora tan poderosa. Los fragmentos son reales.
Lo que cambia es la figura que forman cuando se relacionan.El pensamiento crítico no tiene como finalidad negar nuestra experiencia, sino evitar que una sola manera de observarla se convierta automáticamente en toda la realidad. Lo mismo debería ocurrir con la ciencia, la espiritualidad, la política, el derecho y la tecnología. Ninguna perspectiva contiene por sí misma todas las respuestas.
Necesitamos herramientas, por supuesto. Pero las herramientas deben permanecer subordinadas a las personas.Una sustancia no debería convertirse en religión. Una práctica contemplativa no tendría que transformarse en símbolo de superioridad. Una inteligencia artificial no puede convertirse en criterio absoluto de verdad. Una plataforma no debería apropiarse de nuestra atención. Una neurotecnología no debe apropiarse de nuestra intimidad mental. Y una ley tampoco debería transformarse en una ceremonia jurídica vacía cuya única función sea permitirnos afirmar que estamos protegidos.
Quizá quienes abandonaron aquella tarde la cabaña regresen algún día. Tal vez necesitaban marcharse para descubrir que habían depositado demasiadas expectativas en el recipiente y demasiado pocas en aquello que llevaban dentro. Quienes permanecieron tampoco encontraron una verdad definitiva.
Obtuvieron algo probablemente más útil: la posibilidad de mirar su propia experiencia a través de los ojos de los demás.Griselda comprendió que cada uno reflejaba una parte de los otros. Como sucede con los espejos internos de un caleidoscopio, ninguno producía por sí solo la figura completa. La imagen aparecía únicamente cuando todos los fragmentos se encontraban. Quizá por eso, cuando amaneció, comenzaron espontáneamente a llamarse hermanos. Y quizá por eso Griselda nunca consiguió olvidar aquella otra sensación.
Cada vez que reconstruía mentalmente lo ocurrido, la historia parecía organizarse alrededor de las mismas dos personas. Psilobio y Eva. La idea resultaba absurda. Ellos no habían dirigido la meditación. No eran los guías. No habían entregado respuestas ni realizado nada particularmente extraordinario. Eran simplemente dos de los jóvenes que permanecieron aquella noche.
Sin embargo, cada vez que Griselda giraba mentalmente los fragmentos de la experiencia, ambos aparecían nuevamente en el centro, como esos pequeños cristales de un caleidoscopio que parecen insignificantes mientras permanecen inmóviles pero que, al cambiar ligeramente el ángulo de la luz, reorganizan la imagen completa.
Nadie sabía todavía por qué. Ni siquiera Shantal parecía tener interés en explicarlo. Tal vez porque algunas historias, igual que los caleidoscopios, sólo revelan su verdadero dibujo después de observarlas varias veces.
Y siempre desde un punto de vista distinto. Hasta la próxima.

