El algoritmo nos desea o deseamos el algoritmo

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La máquina de desear: cómo el algoritmo nos quiere y nos devora

El dedo se desliza. Arriba. Abajo. Una pausa en un vídeo, un like que se enciende en rojo, una notificación que vibra en el bolsillo, en ese gesto (aparentemente mínimo, repetido, casi reflejo) ocurre algo que la filosofía debe tomar más en serio: estamos siendo investidos por una máquina. Eso no es una metáfora, es el núcleo del poder en el siglo XXI. Hay quienes piensan que el algoritmo es neutral, un mero procesador de datos. Hay quienes creen que es un monstruo autónomo que nos domina desde las sombras. Ambas posturas son cómodas, una nos exime de pensar, la otra nos exime de actuar. La verdad es más inquietante, es que el algoritmo no es un dios ni un robot; es una gramática material un conjunto de reglas que moldean lo que podemos decir, cómo podemos decirlo y, sobre todo, qué tipo de enunciados son recompensados con visibilidad. Y esa gramática no solo procesa palabras, además, las desea. Esta es una columna que busca lucir y expresar un trabajo de investigación en el que estoy trabajando.

Lo he llamado transmutación sucia, las palabras que usamos a diario en plataformas digitales cambian de sentido en cuestión de semanas, no de siglos. Una palabra como preppy pasa, en el argot de la Generación Z, de designar un estilo académico de la Ivy League a referirse a la ropa rosa brillante con caritas sonrientes, y eso aunque pueda pensarse no es un accidente lingüístico, es una mutación inducida, recompensada por el algoritmo porque genera engagement, y el engagement es la materia prima del capitalismo de plataformas.

Pero aquí hay un paso que la crítica suele omitir. El algoritmo no sólo recompensa ciertos usos, catectiza. Es decir, inviste de deseo esos objetos lingüísticos. El like, la notificación, la viralidad no son sólo medios para un fin; son objetos de deseo en sí mismos. Los perseguimos porque los deseamos, Y sin ese deseo, el sistema no podría extraer los datos que lo sostienen.

¿Es esto nuevo? No del todo. Franz Fanon, en su famoso Piel negra, máscaras blancas, describió una estructura análoga en el contexto colonial, donde el colonizado no nada más sufría la lengua del amo, sino que la deseaba, deseaba hablarla bien, deseaba borrar sus propios acentos, desea ser como el blanco. Gilles Deleuze y Félix Guattari, en El Anti-Edipo, radicalizaron esta intuición, Las masas deseaban el fascismo, escribieron, y es esa catexis del deseo la que hay que explicar. El capitalismo no sólo explota cuerpos; logra que las masas deseen su propia explotación. Como ya veíamos en la anterior columna, pero ahora con una estructura más invisible.

El capitalismo de plataformas no ha inventado esta estructura; eso debe quedar claro, la ha actualizado, ¿Cómo? Mediante tres rasgos que Nick Srnicek, en Capitalismo de plataformas, describe con precisión. Primero:

  • la automatización de la recompensa (pensemos en el like aparece al instante, la notificación suena, la retroalimentación es constante y mecánica.
  • La escala masiva, es decir la catexis no se limita a una comunidad nacional o colonial; es global. Un hashtag moviliza protestas en múltiples países simultáneamente.
  • Y la monetización del deseo, (el deseo del usuario se traduce en datos, y los datos se venden), la catexis fascista se ha convertido en una máquina de extracción de valor.

Y esta lógica no se queda en las redes sociales, se extiende al corazón del Estado y de la geopolítica. En abril de 2026, Palantir Technologies (fundada por Peter Thiel, con financiamiento inicial de la CIA) publicó un manifiesto que sostiene, sin ambages, que el hard power de este siglo se basará en el software y que la disuasión atómica está siendo reemplazada por una disuasión basada en inteligencia artificial, su Proyecto Nimbus, un contrato millonario con el gobierno israelí para proveer servicios de computación en la nube y aprendizaje automático, es la prueba más tangible: la catexis no es solo del usuario que desea el like; es del Estado que desea la seguridad absoluta que promete el algoritmo, incluso cuando esa seguridad se construye sobre la ocupación y la muerte.

Ali Rıza Taşkale ha llamado a esto la política afectiva del futurismo reaccionario, que es una visión del futuro que combina innovación tecnológica con autoritarismo, desregulación y alianza con el complejo militar-industrial. Yannis Varoufakis va más lejos y dice estamos ante el fin del neoliberalismo y el nacimiento del techlordism (una nueva clase feudal que concentra el poder mediante el control de la infraestructura digital).

¿Hay salida? No una salida fácil, definitivamente, hay algo que como estudiante de filosofía puedo hacer (pues este tema será mi tesis de carrera) y es cartografiar tensiones. La misma suciedad del lenguaje (su inestabilidad constitutiva) que permite al algoritmo recompensar la novedad es también la condición de posibilidad de la subversión. El algospeak (ese lenguaje que surge para eludir la censura algorítmica) no es solo un producto de la lógica de la plataforma; es una negociación, una reapropiación, como dice el lingüista Adam Aleksic, siempre vamos a estar un paso por delante de la IA, porque el lenguaje es cambio constante, y la IA no puede captar completamente ese cambio.

No se trata de condenar la tecnología ni de rendirse a ella. Se trata de entender que la tecnología es un pharmakon (en el sentido Stigleriano), veneno y remedio, y que nuestra tarea es aprender a usarla críticamente, sin ingenuidad pero también sin desesperación. El deseo, después de todo, sigue siendo el campo de batalla más importante del siglo XXI. Y el lenguaje, en su mutación incesante, es su arma y su campo de juego.