Los amantes de Diligencias

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Imagine visitar Toluca en los siglos pasados, viajar por días, llegar con el polvo de
los caminos y arribar a La Casa de las Diligencias, donde los viajeros se
abastecían de agua y víveres, descansaban los caballos. Pernoctar antes de
continuar su recorrido por el Camino Tierra Adentro. Preguntarse quién vivió y
murió ahí.
Las diligencias atendían las necesidades de una población dispersa en esta
orografía de gobiernos difíciles que se sucedían unos a otros, con guerras
continuas, gente que luchaba por preservar los patrimonios y la continuidad de las
familias acaudaladas. Igual que en otros sitios del mundo, de la mano de las
actividades económicas florecía la vida provinciana. Toluca fue parte importante
del establecimiento de la ruta que incluía el paso por la muy noble Ciudad de
México. Las familias de la pequeña nobleza local gozaban de sus bienes,
buscaban preservar la sucesión y se aferraban a apellidos de alguna antigüedad o
profundidad genealógica todo en pos de reconocimiento social.
Viejos palacios y casonas guardan historias en torno a la fortuna y al amor de
ilustres toluqueños. Dos de ellas, plasmadas en los romances de Los amantes de
Diligencias y A las puertas del Convento San José. de la autoría de Manuel
Alejandro Q. Ceballos (Toluca, 1992), piezas dramáticas publicadas por Editorial
Letras de Pasto Verde (México, 2018) a partir de las cuales podemos tratar de
reconstruir rasgos acerca de la ideología, costumbres y tradiciones relacionadas
con la convivencia social, el matrimonio, las rígidas convenciones. Diálogo que se
establece entre estos textos y los hombres y mujeres de la actualidad que
conforman el público que acude a presenciar con gran éxito su puesta en escena
durante el recorrido de un tranvía en Toluca.
La dramaturgia adquiere actualmente algunas de las responsabilidades de antaño,
no únicamente su finalidad de entretener y divertir al espectador, sino en mayor o

menor grado, manifiesta la voluntad de recordar ese ambiente moralizador, el
reforzamiento de los valores y aquellas buenas costumbres de la época casi
virreinal en la que muchos siglos se vio envuelta Toluca. Tres factores
determinaban el destino de una persona: su apellido, el orden de nacimiento y el
sexo. Siendo el matrimonio la institución clave para el mantenimiento del orden
social, el comportamiento de los jóvenes ante esta disposición requería la
implantación de modelos de comportamiento acordes con lo tradicional. Observar
esos valores bajo la óptica de tiempos modernos, los hace más evidentes, y
sorprende el empleo de estrategias dramatúrgicas antiguas, pero necesarias;
como el uso de un corifeo, diversos elementos de vestuario y utilería y
escenografías en exteriores que son inteligentemente sustituidas por la
arquitectura de los edificios céntricos.

Existe un buen número de piezas costumbristas, de rescate, lejos de ellas, lo que
aquí asoma es la interpelación con modelos de virtud que contienen
representaciones de mujeres protagonistas como Jimena y Carlota, valientes,
ajenas a la autoridad del padre. Ambas obras advierten sobre los riesgos y
amenazas que estas protagonistas comportaban para casarse con el hombre
elegido. Junto a estas representaciones, las piezas se enfocan en trasmitir cierto
desenlace trágico acorde con los hechos registrados por la época, que difundían
modelos de comportamiento sumisos y virtuosos para las mujeres. La figura
femenina se encarna en estas dos mujeres solteras, situadas en el marco de su
juventud y elección de marido: recordemos que las mujeres debían aceptar la
autoridad que sobre ellas, débiles y desordenadas por naturaleza, ejercían sus
padres para doblegar sus impulsos.
Así lo expresan estos romances, que no exploran en la profundidad del
sentimiento, más bien se precipitan al desenlace, la tragedia, en defensa de la
honestidad de los protagonistas: los pretendientes, Marcelino y Simón; contra el
honor familiar de los patriarcas; Don Manuel Peña Y Partearrollo y el hacendado

Don Pedro, defensa que consiste en la muerte de unos o el deshonor de los
otros.
Los seductores son de la clase baja, aguzados, no aceptaban la separación de
clases, de voluntades muy perfectas, predicaban con su atrevimiento que las
masas aspiraban a la virtudes de una buena esposa, lejos de considerarlo un
simple retrato de la costumbre, se pone en evidencia la dureza de la educación,
esas calumnias que sobre la seducida recaían por parte de hermanas, amas de
llaves, cuidadoras, además de la asignación de los castigos impuestos por el peso
patriarcal.
La mujer funge como pagadora de la moral y elige entre dos castigos: el de la
soledad en un claustro o la muerte, únicas opciones en esa sociedad heredera de
lo colonial y cuya herencia a nuestros días puede relacionarse con la vigilancia
que en estas tierras aun pudieran infringir esposos y padres a las hijas, la
obediencia a la castidad sigue siendo un reclamo, mínimo, pero reclamo al fin, una
obligación.
Siempre presente en Toluca y sus habitantes, está su frio carácter, éste da fama
a nuestra ciudad y por supuesto moldea el temperamento de sus originales. La
Casa de las Diligencias, bien conocida y querida en su ubicación, contrasta con la
oscura identidad del convento de San José, que pudo ser el inicio de lo que hoy es
la Catedral, o el convento Franciscano de la Asunción de María o el de la
Inmaculada Concepción de Toluca de los Carmelitas Descalzos, uno de estos
altivos y sombríos edificios dio abrigo a estas historias, ocultándolas entre sus
paredes, levantadas en medio de los pequeños cerros del norte y poniente de la
ciudad, junto a esas calles que llevaban aun sin desearlo a los Portales, a la
Ermita solitaria, donde escribanos y reverendos iban bordando la historia de la
ciudad.
Una pequeña contribución al del dramaturgo al panorama; las mujeres de estos
romances, protestan, rehúyen el castigo y se enfrentan a los obstáculos inherentes
al amor, que se interponen entre ellas y sus amados con una extraña moraleja: en
Toluca si se guarda la debida virtud y fidelidad, no cediendo a la seducciones y

acatando sin rechistar la voluntad divina, estos problemas se hubieran evitado,
pero, como no fue así, perdura la leyenda gracias a un texto dramático bien
planificado, elegante en su prosa poética y plagada de voces, ecos de los
amantes:
’ESCENA 9՚
AMELIA Y MARCELINO
Balcón que da de la recámara de Jimena al patio trasero de Casa de las
Diligencias.
MARCELINO. Señorita Jimena, ¿está ahí?
JIMENA. Como cada noche Marcelino, ¿Qué nuevas noticias me trae hoy?
MARCELINO. Ninguna noticia nueva, hoy todo fue normal.
JIMENA. ¿Entonces de qué hablaremos esta noche?
MARCELINO. Quiero hablarle de mí. Claro, si me lo permite.
JIMENA. Por supuesto, sin duda y por favor, hábleme como si fuera su amiga.
Odio las cortesías cuando se habla.
MARCELINO. Claro, comprenderé. Tal vez sea muy atrevido y de antemano
quisiera disculparme si mis palabras no fueran las indicadas.
JIMENA. Pero, ¿Qué dice Marcelino? ¿Qué podría decirme que fuera tan grave?
MARCELINO. Es que de vez en cuando hay palabras del corazón por las que la
boca estaría mejor cerrada. Hay otras que por más….