AMAR Y SER AMADOS: UNO DE LOS CAMINOS MÁS PROFUNDOS HACIA LA FELICIDAD

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¿Qué queda de una vida cuando pasan los años?

Quizá recordemos algunos logros, viajes, objetos o reconocimientos. Pero cuando pensamos en los momentos que verdaderamente nos hicieron felices, casi siempre aparece alguien: una madre que nos sostuvo, un amigo que permaneció, una pareja con quien compartimos el camino, un hijo, un maestro, alguien que creyó en nosotros cuando nosotros mismos dudábamos.

Tal vez por eso el amor ha acompañado desde siempre nuestra búsqueda de la felicidad.

Hace más de dos mil años, Aristóteles comprendió que una vida buena no podía construirse en soledad. En su Ética a Nicómaco dedicó una parte importante a la philia, un concepto mucho más amplio que nuestra palabra amistad. Para Aristóteles, los buenos vínculos formaban parte de la eudaimonía: esa vida plena, virtuosa y con sentido que merece ser vivida.

Muchos siglos después, el filósofo Martin Buber propuso otra manera extraordinaria de comprender nuestras relaciones. En Yo y Tú distinguió entre relacionarnos con alguien como un “Eso” —algo que utilizamos, clasificamos o reducimos a nuestras expectativas— y encontrarnos verdaderamente con un “Tú”. En la relación Yo-Tú reconocemos al otro como una persona completa, irrepetible, alguien cuya existencia tiene valor por sí misma.

Quizá una parte de la felicidad que encontramos en el amor nace precisamente ahí: en sentir que alguien nos mira y realmente nos ve.

También Erich Fromm, en El arte de amar, nos dejó una idea fundamental: amar no es solamente experimentar un sentimiento; es desarrollar una capacidad. El amor maduro necesita cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento.

Desde esta perspectiva, amar no es preguntarnos únicamente: “¿Qué me da esta persona?”, sino también: “¿Cómo puedo contribuir a que la persona que amo pueda crecer y ser plenamente quien es?”

Cuando la ciencia comenzó a estudiar el amor

Lo que filósofos, escritores y poetas habían intuido durante siglos comenzó también a entrar en los laboratorios.

Uno de los descubrimientos más interesantes de la psicología contemporánea es que el amor duradero no necesariamente tiene que convertirse únicamente en costumbre o compañerismo.

  1. Daniel O’Leary, Bianca Acevedo, Arthur Aron y colaboradores estudiaron una muestra de 274 personas casadas. Entre quienes llevaban más de diez años de matrimonio, alrededor del 40 % declaró seguir sintiéndose “muy intensamente enamorado”. Ese amor intenso se asociaba con pensar positivamente en la pareja, mostrar afecto, compartir actividades novedosas y desafiantes y con una mayor felicidad general.

Esto cuestiona aquella idea tan repetida de que inevitablemente “el amor se acaba”.

Quizá el amor cambia, se transforma, pierde algunas formas y adquiere otras.

Pero también puede permanecer vivo cuando continuamos mirando, descubriendo, tocando, escuchando y eligiendo al otro.

¿Qué descubre la neurociencia cuando observa un cerebro enamorado?

La neurociencia nos ha permitido asomarnos a otra dimensión del amor.

En 2005, Arthur Aron, Helen Fisher, Lucy Brown y sus colaboradores estudiaron mediante resonancia magnética funcional a 17 personas que se encontraban intensamente enamoradas desde hacía entre uno y diecisiete meses.

Mientras observaban fotografías de la persona amada, aparecía actividad en regiones cerebrales vinculadas con los sistemas de recompensa y motivación, incluyendo áreas relacionadas con la dopamina. Estos hallazgos contribuyeron a comprender que el amor romántico intenso no puede explicarse simplemente como una emoción aislada: también involucra poderosos sistemas motivacionales que nos impulsan hacia alguien que nuestro cerebro ha convertido en especialmente significativo.

Pero entonces surgió otra pregunta fascinante:

¿Qué sucede en el cerebro cuando han pasado veinte años?

Estos mismos investigadores estudiaron mediante resonancia magnética funcional a 17 personas que llevaban casadas, en promedio, 21.4 años y afirmaban seguir profundamente enamoradas.

Cuando observaban fotografías de sus parejas aparecía actividad en regiones ricas en dopamina asociadas con recompensa y motivación, entre ellas el área tegmental ventral, de manera consistente con algunos de los hallazgos encontrados en personas recientemente enamoradas. Pero también aparecía actividad en regiones que la literatura ha relacionado con el apego y los vínculos duraderos.

El hallazgo resulta esperanzador: el amor apasionado y el amor de larga duración no necesariamente son opuestos.

En algunas personas pueden coexistir, después de décadas, la atracción, la recompensa, el cariño, el apego y esa profunda sensación de que el otro continúa siendo alguien especial.

También participan sustancias como la oxitocina y la vasopresina en procesos relacionados con el vínculo social, aunque sería demasiado simplista llamar a la oxitocina “la hormona del amor”.

No existe una única sustancia ni un único “centro del amor” en nuestro cerebro.

Amamos con múltiples sistemas cerebrales, con nuestro cuerpo y también con nuestra historia.

El amor también vive en las cosas pequeñas

Sin embargo, ninguna resonancia magnética puede mostrarnos completamente lo que significa amar.

Porque el amor también ocurre en acontecimientos pequeños en la sencillez del día a día, como preparar una taza de café, detenernos realmente a escuchar, pedir perdón, dar las gracias, acompañar en silencio.

También aprender a dirigir parte de ese amor hacia nosotros mismos. Porque amar no debería significar desaparecer para que otro exista.

El amor saludable necesita cercanía, pero también libertad; cuidado del otro, pero también cuidado propio; pertenencia sin posesión.

Aristóteles nos recordó que necesitamos vínculos para vivir bien. Buber nos enseñó la profundidad de encontrarnos verdaderamente con otro ser humano. Fromm nos invitó a comprender que a amar también se aprende.

Y hoy la neurociencia agrega algo fascinante: el amor que sentimos no es solamente poesía. También involucra procesos observables en nuestro cerebro y nuestro cuerpo.

Pero quizá la ciencia solamente está comenzando a poner nombres a algo que los seres humanos hemos experimentado desde siempre:

necesitamos amar y sentirnos amados.

Quizá, entonces, la felicidad no consista solamente en preguntarnos:

“¿Cuánto amor he recibido?”

Tal vez también deberíamos preguntarnos:

“¿Cómo he aprendido a amar?”

Porque cuando pasen los años probablemente no recordaremos todos los días que vivimos.

Pero sí recordaremos a muchas de las personas que los hicieron importantes.

Y quizá una de las formas más profundas de felicidad sea precisamente ésta:

amar, dejarnos amar y descubrir que nuestra presencia hizo un poco más hermosa la vida de alguien.