Vivir pretendiendo  

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Versa aquel adagio Como te ven te tratan, y si bien esta afirmación es cierta en países como el nuestro, que gustan del relumbrón y la apariencia, también lo es que esto ha desubicado a muchas personas que hacen esfuerzos sobrehumanos por mostrar una cara exitosa, aunque en su esencia estén más podridos que un partido político.

 

En el final de la segunda década del siglo XXI, sigue habiendo personas que suponen que porque traen un auto de marca valen más como personas, como profesionales o como familiares.  Otros están convencidos de que escribir con una pluma cara o portar un reloj de cientos de miles de pesos les dan, por decreto, algo de status.

 

Por supuesto que es legítimo que una persona que trabaja fuerte tenga la oportunidad de darse uno que otro lujo, pero depender de las cosas para darle valor a la propia existencia resulta tan absurdo como suponer que soy más valioso porque uso zapatos negros y no grises.

 

Otro adagio nos ubica; Dime de que hablas y te diré de qué careces; cuando existe la necesidad de legitimar, justificar o platicarle al mundo todas las hazañas que hemos hecho (según nosotros), hay un problema de fondo.  Muy probablemente tengamos una vida tan vacía de afectos, que necesitamos vivir pretendiendo que somos la divina envuelta en huevo.

 

El acervo y capital cultural propio debe servir para tomar mejores decisiones; hacerlo para restregarle al otro lo brillantes que somos, o para pretender hacerle sentir menos, nos deja como personas arrogantes y vacías.

 

Los parámetros sociales nos han enseñado a perder nuestra identidad y esencia en aras de pretender que somos algo diferente, es decir, estamos avergonzados de nuestro origen; nos traicionamos a nosotros mismos y estamos dispuestos a guardar las apariencias porque nos convencemos de que esa es una forma pertinente de vivir.

 

Si ahí quedara la cosa, todo estaría bien, pues cada quien sus traumas; pero desafortunadamente la realidad, como siempre, nos pone en el sitio correcto y es entonces cuando, a pesar de todo lo que decimos tener y poseer (material y moralmente), comenzamos a tirar porquería sobre todo aquel que exista.

 

Cuando una persona tiene que caer en el chisme de vecindad, para hablar de tal o cual, por mucho éxito que diga tener, evidencia su falta de criterio y necesidad de ser visto.

 

Bien decía Nietzsche; La mentira más común es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo. Engañar a los demás es un defecto relativamente vano. 

 

horroreseducativos@hotmail.com