Un animal salvaje que nadie puede domar
Nuestros abuelos, personas que modelan su sabiduría en esas canas que llevan como coronas en la cabeza, decían que en boca cerrada no entran moscas. También solían decir que el pez por su propia boca muere. Lo anterior para ilustrarnos lo peligroso que resulta usar palabras solo porque sí. Esos dichos bien dichos no podían estar más cerca de la realidad, si consideramos que nuestra sociedad padece de un mal llamado –comunicación–.
Es un hecho que nos estamos comunicando siempre, desde que despertamos, y la intriga se apodera de nuestro cerebro, que por inercia nos pide revisar el celular para saber si alguien nos escribió, para darle un vistazo a las notificaciones. Cuando vamos al supermercado y el cajero nos pregunta si encontramos lo que buscamos. Nos comunicamos con nuestros hijos para saber cómo les fue en el colegio; en el trabajo aprovechamos la ocasión para intercambiar novedades. Indiscutiblemente, siempre nos estamos comunicando. Sin embargo, ¿por qué digo aquí que tenemos un problema de comunicación si el ser humano siempre se está comunicando? La respuesta es que lo importante no es comunicarnos, sino las palabras que empleamos a la hora de hablar o de escribir. Pareciera que éstas sólo existen por existir y que, da completamente igual si yo le digo a alguien que tiene mil defectos a decirle que tiene áreas de oportunidad que puede mejorar si tiene la humildad de querer cambiar hábitos.
En nuestra sociedad, ¿cuántos malentendidos rondan como chismes entre los pasillos de un trabajo, porque a un colaborador se le hizo pertinente contar algo que escuchó decir y cuando lo platica agrega palabras de más o palabras de menos? Ahora su mensaje está alterado y pierde el sentido con el que la otra persona lo dijo.
¿Cuántas parejas terminan una relación porque, al mantener un diálogo, uno de los dos emplea palabras que parecían sinceras, pero que son ofensas disfrazadas de honestidad? ¿Cuántos ascensos no se dieron porque el colaborador usó palabras que no convencieron a los jefes, lo que les hizo dudar sobre sus capacidades para subir de puesto? En las entrevistas de trabajo, muchos candidatos pierden la oportunidad de entrar a laborar con una empresa por el mal uso de palabras para responder su entrevista. Entonces algo está fallando en nuestra forma de comunicar. Algunas personas no han entendido el peso que conllevan nuestras palabras. De nuestra boca salen palabras que bendicen y palabras que maldicen, palabras que edifican y palabras que destruyen; sale la verdad y también la mentira; todo confluye en un mismo órgano llamado lengua.
Entonces, es la lengua un animal salvaje sin domar, porque nadie ha podido hacerlo; hay gente prudente, pero, en cualquier caso, todos hemos sido esclavos de nuestras palabras. Existen algunos ejemplos para mostrar lo que una mala palabra causa, y también de lo que las palabras correctas permiten. En la Biblia, que es literatura, hay un caso de un hombre llamado Amán, quien pidió al rey contundentemente que llevaran a la horca a Mardoqueo, por el simple hecho de ser judío; incluso le mostró al rey la horca que ya tenía preparada para que le quitaran la vida a Mardoqueo. Esta petición que sale de la boca de Amán, tiempo después provocó el enojo del rey, quien mandó a sus soldados a que llevaran a la horca a Amán, la misma horca que él había dispuesto para quitar del camino a Mardoqueo.
De nuestra boca salen palabras que lo único que hacen es condenarnos a nosotros mismos, que nos cierran puertas y la posibilidad de destacar en otros ámbitos. El corazón de nuestra familia se ha visto lastimado por usar palabras que hieren, que atraviesan hasta lo más profundo y que causan tanto daño que van generando resentimiento, y por causa de estas heridas muchas personas se encuentran en terapia psicológica.
Ya que tenemos el poder en nuestras palabras, busquemos que, a través de ellas, los que nos rodean se sientan seguros, que nuestros colaboradores vean en nosotros un compañero de quien tener retroalimentación, más que palabras que juzgan. André Breton dijo alguna vez: Una palabra y todo se pierde, una palabra y todo se salva. Algo está en nosotros: cuidar con detalle las palabras que usamos siempre.
