El ganador moral
La extraordinaria habilidad de tener siempre la razón, incluso cuando no la tienes
Hay personajes que aparecen en todas las historias.
En las elecciones.
En las empresas.
En las familias.
En los grupos de WhatsApp.
Y, por supuesto, en las reuniones de trabajo.
No importa el escenario.
Siempre están ahí.
Son los ganadores morales.
Esas personas que jamás pierden porque han perfeccionado una habilidad extraordinaria: reescribir la historia para quedar del lado correcto de ella.
Estamos viviendo días intensos. El país debate, opina, analiza y proyecta escenarios. Las redes sociales se han convertido en estudios de televisión improvisados y los expertos brotan con una velocidad que haría sonrojar a cualquier universidad.
Pero hay algo que me genera especial curiosidad.
No son los resultados.
Son las reacciones posteriores.
Porque pase lo que pase, al día siguiente aparecerán los ganadores morales.
Si gana su candidato, dirán que siempre supieron que iba a ocurrir.
Si pierde, explicarán que en realidad nunca estuvieron tan convencidos.
Si el resultado los sorprende, encontrarán una teoría lo suficientemente sofisticada para justificar por qué nadie podía haberlo previsto.
Y así, mágicamente, vuelven a tener razón.
Porque el ganador moral nunca se equivoca.
Solo ajusta el relato.
Lo fascinante es que este personaje no vive únicamente en la política.
Habita cómodamente en las empresas.
Todos hemos trabajado con alguien así.
El que después de una crisis asegura que la vio venir desde el primer día.
El que aparece cuando el proyecto triunfa para recordar que apoyó la iniciativa desde el inicio.
El que desaparece cuando hay que asumir riesgos y reaparece cuando es momento de repartir reconocimientos.
El que nunca estuvo realmente en contra ni realmente a favor.
Porque comprometerse implica la posibilidad de equivocarse.
Y equivocarse es algo que el ganador moral no negocia.
Por eso suele mantenerse en una posición privilegiada: la tribuna.
Desde ahí analiza.
Critica.
Comenta.
Evalúa.
Y, sobre todo, juzga.
Lo hace con la tranquilidad de quien no tuvo que tomar la decisión.
Porque liderar implica arriesgarse.
Opinar cuando todavía no existe certeza.
Elegir un camino sin saber si será el correcto.
Asumir que existe la posibilidad de fallar.
Y no todos están dispuestos a pagar ese precio.
Es mucho más cómodo esperar el resultado final y después explicar por qué era obvio.
Las organizaciones están llenas de estas pequeñas versiones corporativas del comentarista deportivo que aparece después del partido para explicar cómo debió jugarse.
El problema es que las empresas no avanzan gracias a quienes tienen explicaciones.
Avanzan gracias a quienes toman decisiones.
Y las decisiones reales son incómodas.
No vienen acompañadas de garantías.
No traen una encuesta definitiva.
No incluyen un manual que asegure el éxito.
Se toman con información incompleta, con presión y, muchas veces, con miedo.
Por eso me parece curioso que admiremos tanto a las personas que siempre tienen la razón.
Porque, si somos honestos, muchas veces no tienen razón.
Solo tienen buena memoria selectiva.
Recuerdan los aciertos.
Olvidan los errores.
Destacan las advertencias que hicieron.
Esconden las veces que guardaron silencio.
Y poco a poco construyen una narrativa donde siempre estuvieron del lado correcto de la historia.
Pero la historia real rara vez funciona así.
Las personas más interesantes que he conocido profesionalmente no son las que siempre acertaron.
Son las que tuvieron el coraje de decidir.
Las que se equivocaron.
Las que corrigieron.
Las que aprendieron.
Las que pudieron decir: “No lo vi venir”.
Porque hay una honestidad enorme en reconocer que no tenemos todas las respuestas.
Y, en tiempos donde todos parecen expertos en todo, esa honestidad se ha vuelto un activo escaso.
Quizás por eso me preocupa cuando una organización empieza a premiar más al comentarista que al constructor.
Más al crítico que al ejecutor.
Más al que explica el pasado que al que intenta construir el futuro.
Porque allí aparece una cultura peligrosa.
La cultura donde equivocarse es castigado y opinar desde la comodidad es recompensado.
La cultura donde nadie quiere tomar riesgos porque siempre habrá alguien esperando para explicar por qué estuvo mal.
Y entonces ocurre algo peor que el error.
La parálisis.
Nadie propone.
Nadie innova.
Nadie se atreve.
Todos esperan.
Todos observan.
Todos analizan.
Y todos quieren convertirse en ganadores morales.
Quizás esa sea una de las grandes paradojas de nuestro tiempo.
Vivimos rodeados de opiniones.
Pero escasos de responsabilidad.
Abundantes en análisis.
Pero cautelosos en acción.
Llenos de personas que saben exactamente qué hacer… después de que ya ocurrió.
Por eso, en medio de elecciones, cambios organizacionales, crisis o transformaciones, cada vez valoro más a quienes tienen el valor de exponerse al error.
A quienes entienden que liderar no es tener siempre la razón.
Es estar dispuesto a asumir las consecuencias cuando no la tienes.
Porque al final, los ganadores morales conservan intacta su reputación.
Pero rara vez cambian algo.
Los que cambian las cosas son aquellos que se atreven a participar en el juego, aun sabiendo que pueden perder.
Y eso, aunque no siempre se traduzca en aplausos, vale mucho más que cualquier victoria construida después de editar la historia.
