Leopoldo Flores: universal e íntimo

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Este 2019 ha sido el año pos-mortem de Leopoldo Flores. Como sabemos, nuestro artista falleció en abril de 2016, hace poco más de tres años. Ha sido tiempo suficiente para que las instituciones interesadas en preservar su obra lleven a cabo sendas exposiciones sobre la misma, casi a manera de retrospectivas, en las que incluso presenten obras desconocidas.

 

Flores es un artista omnipresente en Toluca. Sin sus obras monumentales hechas con las más diversas técnicas, la capital mexiquense no sería la misma. Por sólo recordar las más conocidas tenemos la Aratmósfera, gigantesco mural pintado sobre las rocas del Cerro de Coatepec (Ciudad Universitaria, CU) y el graderío del estadio Alberto Chivo Córdova; el Cosmovitral-Jardín Botánico; y diversos murales realizados en edificios de los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, la Universidad Autónoma del Estado de México y El Colegio Mexiquense; así como en espacios privados: la Alianza Francesa y el Hotel Plaza Morelos, amén de las obras que obsequió a sus amigos. Y para resguardar sus colecciones pictóricas, en el año 2002 la Universidad abrió las puertas del Museo Universitario Leopoldo Flores en la Ciudad Universitaria.

 

Es la obra de este recinto, donada por el propio autor, más aquella que Flores realizó entre los años 2002 y 2016 y otras que se han rescatado a lo largo del tiempo; así como obras prestadas por la propia familia e instituciones como la UNAM, el Museo Iconográfico del Quijote de Guanajuato y la Secretaría de Cultura estatal, las que nutren dos exposiciones que se presentan de manera simultánea en Toluca: Leopoldo Flores, hombre universal, en el Museo de Bellas Artes y Leopoldo Flores: una mirada interna, en el recinto de CU. Ellas conjuntan las principales colecciones del arte moderno de Flores. A pesar de los títulos que llevan, ambas mezclan tanto su visión cosmológica como su mundo interno. Pero lo mejor es que nos muestran detalles que nos hacen conocer más al hombre que había dentro del artista.

 

En Hombre universal se pueden apreciar obras de las colecciones Los Cristos, El Hilo de Ariadna, Homenaje a Delacroix, Cien hecatombes, La gran parvada de cuervos rojos y La nave de los locos; la serie inédita sobre volcanes y retratos de mexiquenses ilustres (Sor Juana, López Mateos, Gustavo Baz, Laura Méndez, entre otros), así como dibujos en servilletas. También se pueden admirar algunos autorretratos: los de 1994, 1998 y del año 2000 Nótese el temblor de la mano izquierda; un Adán (1998); el retrato de su esposa Dolores Almada (s/f) y muchos bocetos del Cosmovitral.

 

Destacan algunas joyas de su producción, obras tempranas como el dibujo de Rebeca Mondragón (1950) y las pinturas Velorio (1957) e Indígenas (1958), esta última excepcional pintura en la que incluso se siente el viento que los arrastra; un Autorretrato del Flores adolescente (1950); y una de las camisas de mezclilla que usaba para trabajar. Mis obras preferidas son Autocrucifixión 1 y 2 de la serie Los Cristos, ambas de 1994, perturbadoras e impactantes pinturas que me hacen pensar que, si el Crucificado visitara el mundo hoy, en verdad se crucificaría él mismo por el caos y la destrucción que observaría.

 

No se pierdan esta muestra de 145 obras que presenta el Museo de Bellas Artes de Toluca hasta agosto. Con suerte son atendidos por la directora del recinto, Lulú Malagón, quien siempre tiene un trato encantador y amable.

 

En Una mirada interna, el Museo Universitario con su nombre presenta la última producción de Flores, además de trabajos poco conocidos o exhibidos sólo en ocasiones especiales. Sobresale la serie Caballos de los años 2015 y 2016, algunas de ellas pinturas inconclusas pues la enfermedad ya minaba el cuerpo del artista; y tal vez su obra más íntima: los desgarradores 17 dibujos de La muerte de mi padre. Destacan también el Ave nocturna (1980), Retrato de Federico García Lorca (1986), un Autorretrato en rojo (1990), una Sor Juana (1993, donada por la maestra Laura Pavón Jaramillo, quien en actitud de moderna mecenas, prefirió que todos disfrutáramos de esta obra y no solo sus ojos), la gigantesca pintura Transición del tiempo (2000) y el curioso Boceto del mural El hombre universal (s/f) elaborado sobre una jícara.

 

La muestra también presenta algunas joyas: el tapete Alucinación (1977) y la escultura Los mártires de Toluca (1995); obras tempranas como la excelsa La fertilidad (1959), Maguey (1965) y el Pandero (1966) con dibujos; así como la lúdica serie Vida inerte (1963) de piedras pintadas de colores, las cuales, desde que las vi, se convirtieron en mi serie de piezas preferidas, tal vez por que es raro ver obras de Flores en pequeño: pequeñas pero majestuosas. Las 45 obras de esta muestra se podrán apreciar hasta el mes de diciembre.

 

Cabe señalar que ambas exposiciones confirman la calidad de este gran artista y las características que lo hicieron único, como él mismo se concebía, entre el universo de pintores y muralistas del siglo XX. Allá por 1973 José Luis Cuevas dijo que sus murales significan una nueva y brillante etapa del muralismo en México, toda vez que ha sabido librarlo de la demagogia, del aspecto político, de la referencia histórica, en que quedara encuadrada la etapa del viejo muralismo mexicano, idea que refrenda el hecho de que Flores nunca necesitó anclajes ideológicos –como si los tuvieron otros, la tríada Rivera, Orozco y Siqueiros–, para desarrollar una obra personal con una cosmovisión propia.

 

Respecto a lo grande y majestuoso de la misma, en 1972, cuando el artista pintaba los murales de la escalinata del Palacio Legislativo (entonces Casa de Cultura), la crítica de arte Raquel Tibol expresó que Flores tiene hambre de espacio, necesidad de expandir su pintura, urgencia de concepciones monumentales, certeza de que para el arte de grandes proporciones existen siempre términos inéditos o soluciones novedosas…, idea que se refrenda en el tamaño de sus murales transportables y pinturas de caballete.

 

Finalmente, con excepción de las obras tempranas, es posible observar la impronta de Flores en todas sus creaciones, impronta en la que abundan los colores primarios en toda su pureza, plasmados con una paleta realmente pequeña de tonos azules, rojos, amarillos, grises, negros, blancos, acaso ocres; en la que tienen presencia hombres alados en actitud de levantar el vuelo; pájaros implumes y otras aves mitológicas; trazos largos y líneas onduladas; figuras difuminadas por la acción del pincel o el rodillo; retratos de personajes serenos y gallardos, así como personajes sin rostro o con la faz apenas perceptible.

 

No se pierdan las exposiciones del principal artista moderno mexiquense. Dudo que algún día se vuelva a repetir esta afortunada coincidencia museística.