Ai Weiwei y la memoria recobrada
Piensen en la imagen de un hombre de nacionalidad china, desaliñado, vestido de reo y frente a una pared de ladrillo, allá por el año 1995. Imaginen la primera imagen de ese hombre sosteniendo un jarrón en sus manos. Imaginen ahora la segunda imagen de ese hombre soltando de sus manos el jarrón. Imaginen la última imagen con el jarrón estrellándose en el suelo y haciéndose pedacitos. ¿Cómo se llamo la obra? Dejar caer una urna de la dinastía Han.
Es decir, no era cualquier jarrón que se compra en talleres artesanales. Ni más ni menos, era un jarrón fabricado entre los siglos II antes de Cristo y II de nuestra era, cuando gobernó la dinastía Han, un momento considerado de gran civilización en China. Peor aún: un jarrón de aquellos tiene un valor simbólico e identitario inconmensurable para los chinos y los peritos que saben del tema dicen que, si hay que ponerle el signo del dinero, actualmente el jarrón estaría valuado en un millón de dólares (poco más de 19 millones de pesos).
¿Por qué este hombre hizo lo que hizo? Tampoco se trata de cualquiera. Es, ni más ni menos, que Ai Weiwei, el artista chino vivo mejor pagado del mundo. No se qué significa su nombre en su idioma, lo que si se es que, en español y en otros idiomas, Ai Weiwei es sinónimo de polémica, provocación, critica y defensa de derechos humanos y que, rompió el jarrón milenario para protestar contra el gobierno chino, que en los 90 instruyó reelaborar la historia nacional con una gran carga ideológica para que legitimara al régimen comunista.
Weiwei nació en Pekín en 1957, en plena expansión del comunismo impuesto por Mao Tse Tung. Realizó estudios en la Academia de Cine de su ciudad natal y desde 1981 pasó a los Estados Unidos a estudiar arte y diseño en varias universidades (Pensilvania, California, Nueva York), hasta 1993. Es en este periodo cuando Weiwei comienza a trabajar en su arte conceptual y se decanta por la práctica duchampiana del ready made (aquel arte realizado con objetos cotidianos que normalmente no se consideran artísticos, pero que se modifican para otorgarles una función o expresión artística, transformando radicalmente el sentido de ser artista y la definición misma del arte).
Pero su ready made no es convencional, su experiencia lo lleva por el sendero del activismo social y la protesta artística. Para muestra unos botones: en 1995 hizo un retrató de la Plaza Tiananmen, donde en 1989 miles de estudiantes fueron masacrados por el gobierno, oponiendo a la imagen panorámica el “dedo medio”, reflejando con ello su protesta por la matanza (lo mismo haría más adelante con la Torre Eiffel y la Casa Blanca, aunque por otros motivos).
En las Olimpiadas de Pekín 2008, el gobierno lo contrató como asesor artístico para participar en la construcción del Estadio Nacional. Trabajó en ello, pero después comenzó a criticar la justa deportiva por la corrupción y el despilfarro que generó. Luego continuó criticando al gobierno ya que el sismo de Sichuan de ese mismo año provocó la caída de cinco escuelas pobremente construidas en las que murieron 69 mil personas y desaparecieron más de 18 mil. Por eso y otras cosas pasó encarcelado durante casi tres meses en 2011. Uno de sus últimos proyectos fue instalar un taller en la Isla de Lesbos (Grecia) para llamar la atención sobre el drama de los refugiados y desplazados que desde hace mucho tiempo cruzan el Mar Mediterráneo en busca de una mejor vida.
Con esos antecedentes no debe extrañar que Weiwei haya venido a México a mostrar su arte de protesta. En este caso eligió el tema que en los últimos años ha cimbrado la conciencia nacional: la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, luego de tener contacto con algunos padres de familia gracias a la intermediación del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez (PRODH). Es el tema central de la exposición Restablecer memorias, un lujo que se da el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) de la UNAM para celebrar una década de existencia.
Para retratar el drama ocurrido en Iguala entre la noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre de 2014, Ai Weiwei presenta un monumento visual, un formidable ensamble de más de un millón de piezas de Lego que resalta los rostros de los estudiantes, tanto de los 43 desaparecidos como de los 3 muertos esa misma noche. La exposición se complementa con la película Ser (2019), dirigida por el mismo Weiwei y proyectada en una decena de monitores para los asistentes, la cual presenta testimonios de familiares, compañeros de clase y expertos; así como con una gran línea del tiempo que inicia en 1821 con la Independencia de México y concluye con acontecimientos de nuestros días y cuyo eje es, por supuesto, información sobre el caso de Ayotzinapa.
A los 43, Weiwei confronta otra experiencia traumática, considerada el mayor ready made realizado con significado histórico-político: la destrucción del Salón ancestral de la familia Wang, impresionante estructura ruinosa del templo del clan Wang (dinastía Ming, siglos XIV-XVII después de Cristo) que data de hace 4 siglos, producto del despojo comunista perpetrado contra los terratenientes luego de la Revolución de 1948, cuyos cientos de piezas fueron restaurados e intervenidos con diversos colores, trabajo con el cual Weiwei ejerce su critica por el rompimiento de otra memoria y la consiguiente coerción de la libertad.
La exposición contiene otros ready made interesantes, pero son éstos, los más vistosos y los que mejor reflejan el discurso que quiere construir su autor: el que a pesar de las distancias y los diferentes contextos, las personas en todo el mundo se involucran en la lucha cuando ven comprometida su memoria: en un caso por la destrucción de reliquias culturales (nuestro pasado) y en el otro por la violencia bárbara ejercida contra los jóvenes (nuestro futuro).
No se pierdan esta singular exposición de un artista que, difícilmente se ve en México. Estará en el MUAC hasta la primera semana de octubre.






