Una farsa

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En teoría, educamos a los hijos para ser mejores seres humanos, con base en un catálogo de valores que en cada célula familiar se socializa con base en los referentes cercanos.

 

Que difícil resulta tener resultados cuando, en los diversos contextos, encontramos conductas que, bajo el argumento de lo legítimo, rompen o contradicen dichos paradigmas sobre el bien hacer o lo que es socialmente correcto.

 

Cuando se pregona una cosa, y se acaba haciendo otra completamente distinta, caemos en la farsa, la simulación, por no decir el engaño descarado; cuantas y cuantas personas en todos los ámbitos de interacción son farsantes, mentirosos y crédulos de que sus decisiones son en beneficio de los demás, aunque la realidad nos explique algo completamente diferente.

 

Es una farsa simular que quisimos vender un avión por lujoso, cuando en realidad lo hemos mantenido bajo nuestra tutela porque en el fondo sabemos que es un privilegio al que tenemos derecho. Lo acontecido en el gobierno federal, tras la despedida del avión presidencial por razones de ética fundamental, para enterarnos después que ni fue ofrecido o vendido a un mejor postor, pinta de cuerpo entero la hipocresía y falsedad con la que se maneja el gobierno actual.  Viven de las farsas, de las mentiras, de la simulación.

 

Ahora resulta que ese avión será rifado en un sorteo auspiciado por la Lotería Nacional, como si fuese cualquier tiliche, como si el afortunado ganador se viese favorecido por un insumo que, de facto, resulta carísimo de mantener.  El juego radica en ese sentimiento aspiracional de muchos mexicanos que sueñan, literalmente, con tener un avión para sus viajes de capricho.  Pocos entienden que mantener una aeronave de esas características es un lujo que muy pocos bolsillos se pueden dar en nuestro México de contrastes.   Es una farsa que engaña a miles de personas ignorantes y aspiracionales.

 

Farsa resulta suponer que las cosas están mejor que antes; supuestamente vivimos en un espectro sin corrupción, pero las autoridades han tenido el descaro de exonerar a un personaje obscuro como Manuel Bartlett. Artífice de uno de los fraudes electorales más grandes de esta nación, que ahora resulta que es una blanca paloma para el gobierno actual. Es vergonzoso darnos cuenta de que las esferas del poder son farsantes con charola.

 

Farsa resulta la simulación que en muchos espacios laborales de presenta por la absurda actuación de los sindicatos; es lamentable que esos gremios, cuya función debiera ser la de vigilar los derechos laborales, se han transformado en paladines de la tranza, el descaro y el poco compromiso. ¿A cuántas personas sindicalizadas conoce que, a sabiendas de que tienen un horario de trabajo predeterminado, llegan a sus labores cuando se les pega la gana? Mucho, me temo. Eso es un contrasentido en la construcción de naciones productivas.

 

Farsa resulta saber que, quienes no trabajan ni estudian, tienen derecho a un recurso porque el gobierno así lo determina. ¿De qué sirve estudiar y lograr metas académicas?  Ahora resulta que cualquier baquetón, que no ha sido capaz de hacer nada por su vida, tiene derecho a un ingreso por encima de quienes han culminado con sudor y lágrimas un programa de estudios.

 

Esa es nuestra realidad, ¿por qué no decimos nada?, ¿Por qué nos quedamos callados?

¿Será que todos somos cómplices de nuestra realidad?

 

¡Espanta!

 

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