Miguel León-Portilla, historiador

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Los dueños de la palabra fueron hombres y mujeres de lengua náhuatl o mexicana. Entre ellos estuvieron, hace muchos siglos, los que edificaron Teotihuacan, la Ciudad de los Dioses, y más tarde Tula, metrópoli de los toltecas. También la hablaron los aztecas o mexicas en la urbe de Tenochtitlan, señora de la región de los lagos en el gran Valle de México. Y la tuvieron asimismo como materna otros muchos distintos lugares de lo que hoy se conoce como Mesoamérica. Abarca ella el centro y sur de México, así como Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y regiones cercanas de Costa Rica.

 

La presencia de Ángel María Garibay y Miguel León-Portilla representan los mejores fedatarios para defender nuestro pasado, Enamorados —como estuvieron los dos—, durante sus prolíficas vidas de estudio y labor por dignificar nuestro ser como mexicanos, que en el mestizaje fundamos lo que es el país tal cual en este siglo XXI. Revisando el texto referido del doctor Miguel León-Portilla sobre la poesía náhuatl, encuentro en mi mesa de trabajo otro texto suyo, que se publicó con motivo del Día Nacional del Libro en el año 2001. Fecha en que viene publicándose, año con año, desde la década de los setenta a los mejores escritores de la patria; se sabe que inició su primera publicación por primera vez, en dicha fecha, con materiales de la mujer más inteligente y talentosa de quienes han nacido en América. Con esa fecha se inició en 1980 para conmemorar el día de nacimiento de la Décima Musa: Sor Juana Inés de la Cruz, quien nació el 12 de noviembre de 1648.

 

En este caso el libro titulado Rostro y corazón de Anáhuac, correspondiente al año celebratorio de 2001 es una recopilación de investigaciones del doctor León-Portilla y que en pocas páginas resume, de manera elocuente, los gustos e intereses que forjaron su gran cultura dedicada a nuestro pasado indígena. Por ello su muerte fue un triste suceso ante el sabio que deja un hueco muy difícil de llenar en estos años de pandemia del Covit-19. Los temas que aparecen en este libro de sólo 160 páginas, enseñan de manera escrita intereses de un mexicano dedicado a lo particular de un país llamado México, se convierte en tema para otras culturas y lenguas más allá de las fronteras nacionales.

 

Comienza con el tema México prehispánico en la historia universal, y nos dice el investigador: Los investigadores de la historia universal se han ocupado, de tiempo atrás, de lo que fueron, por vez primera, el paso a la alta cultura y la civilización en aquellos pocos ámbitos geográficos donde tal cosa sucedió de manera autónoma y en forma plena. Su atención se ha concentrado así en Egipto y Mesopotamia, en el valle del río Indo y en el del río Amarillo en China. En dichas regiones —con razón se nos dice— tuvieron lugar cambios radicales, aquellos que hoy se conocen como revolución urbana, adoptando la terminología de Gordon Chile. De hecho, las transformaciones que fueron enraizándose en estos distintos ámbitos del Viejo Mundo implicaron la superación definitiva de los tiempos prehistóricos.

 

La historia es la madre de toda sabiduría. Lo es para los científicos en el laboratorio, como proceso que debe de irse llevando de manera objetiva y cuidadosa para no saltarse etapas, que llevan en todo caso al fracaso del experimento a que esté dedicado. En el caso de los estudios humanos que han tenido su base en los procesos de transformación de la humanidad, es la historia quien con sumo cuidado —siempre ajenos a cualquier clase de ideología—, y conciencia objetiva es capaz de entender lo acontecido. Difícil tarea para cualquier estudioso lograr esto, pues el tiempo esconde bajo capas y capas cuál si fuera sepultura de las épocas bajo toneladas de tierra; en la posibilidad de descubrir, siempre bajo la mano de los arqueólogos y antropólogos, los acontecimientos que el hombre y la mujer han tenido que enfrentar y solucionar, en la mayoría de los casos los retos de su época.

 

Cuenta Miguel León-Portilla: A partir del desarrollo de las más antiguas comunidades de agricultores y alfareros, los procesos de cambio trajeron consigo más complejas maneras de organización económica, social, religiosa y política. Siguiendo el hilo, el historiador va de los restos materiales de todo tipo de ellos, hasta los archivos y documentos más antiguos para tratar de comprender ¿cuándo la comunidad en su conjunto hizo tal o cual cosa? para pasar a una condición más compleja, más civilizada, más organizada, en favor de mejor capacidad social para el bienestar y la felicidad, si así se puede entender.

 

Por eso dice León-Portilla: La tecnología se enriqueció también con nuevos recursos, entre ellos la domesticación de los animales, la aplicación de la rueda, el trabajo del cobre. Unas veces por la necesidad de colaborar en empresas de interés mutuo —como sería el caso de los sistemas de irrigación— y otras como resultados de guerra o diversos contactos, varias de estas comunidades llegaron a tener vinculaciones permanentes. Del estudio del pasado, el hombre y la comunidad se enriquecen y por ello es que proponen o producen mejores bienes que les den mejores condiciones de vida en su medio ambiente natural y en su propuesta de cultura para mejor estar en el contexto de las comunidades que le son cercanas.  En el caso de México, León Portilla señala: Los testimonios para investigar la realidad cultural del México prehispánico / Por una parte están los abundantes vestigios materiales que continúan descubriendo los arqueólogos y, por otra, el rico caudal de fuentes genuinamente históricas: las inscripciones, los códices pictográficos, los textos en lenguas indígenas, la recopilación de antiguas tradiciones e incluso las obras escritas por algunos conquistadores y por cronistas del siglo XVI. El reconocimiento a toda fuente es la mejor enseñanza y la tarea que todo investigador debe tener, pues no se concibe a quien sólo hace un repaso de 2 ó 3 teorías y superficial información, sin comprender que el estudio de la vida de un hombre, como individuo, es una tarea titánica, y lo es más cuando de la historia de una comunidad, pueblo o cultura se trata.

 

Por eso insiste en toda una serie de aquellos que pueden aportar conocimiento al tema que se investigue: Quien haya visitado zonas arqueológicas con restos de ciudades y centros prehistóricos o haya contemplado en los museos ejemplos del arte, esculturas, pinturas, trabajos en metal precioso y en simple barro o que, al menos por lo que se ha publicado, tenga cierta noticia de las inscripciones y los antiguos textos históricos y literarios, aceptará que ese gran conjunto de creaciones ofrece base firme para investigar la evolución cultural del México antiguo. Si las grandes culturas son orgullo de los humanos, dentro de ellas esta presente las que desde el centro de Mesoamérica conforman varias de las culturas más brillantes de la historia del hombre.

 

Estudiar a los Olmecas, Toltecas, Aztecas y decenas de culturas más que vienen desde el norte del país por el estado de Nayarit, Jalisco, Zacatecas, Aguascalientes y San Luis Potosí, bajando por esa ruta hasta el centro de México, y de ahí caminar hasta la mitad de Centroamérica nos hace comprender el tremendo agitar social que había en aquellos tiempos antes de la llegada de los españoles. Por eso dice León-Portilla: Sin hipérbole puede afirmarse que —fuera de las civilizaciones clásicas del Viejo Mundo— no hay otro contexto geográfico del que provenga un tan grande caudal de testimonios como en el caso de Mesoamérica. Esto es sobre todo válido respecto de la existencia de códice y textos, donde llegó a expresarse una auténtica conciencia histórica. Es el hecho particular de la conciencia de un pueblo lo que le hace tener identidad. Y la identidad es en la historia de los pueblos su mayor tesoro como conjunto social para sí y para los demás. Las palabras de nuestro investigador nos llevan de la mano a entender al México del pasado. El hacernos comprender ese pasado rico en cultura y trabajo nos dignifica como pueblo.