El futuro de la abogacía
“El derecho es al mismo tiempo arte, política, ética y acción”
Eduardo Couture
Los retos que ha traído consigo el escalofriante avance de la pandemia o contingencia sanitaria derivada de la propagación del virus denomino: COVID-19 a nivel global, han sido de estiramiento o flexibilización de ciertas esferas de la conducta humana y el desarrollo de su cotidianidad.
Hoy nuestros usos y costumbres se convierten en el recuento del pasado, un pasado que vivimos día a día, que preocupa y edifica; nuestra realidad es la adaptación a una “nueva normalidad” que sigue siendo nuestra propia existencia, pero con una forma distinta de entenderla. Y es que, aunque parece un juego de palabras, es parte de un juego de realidades entre lo que vivimos y lo que anhelamos.
Las formas de comportarnos han cambiado, las formas de interacción social se han modificado, el uso de la tecnología ha hecho que nuestras distancias se acorten, que entendamos las formas de educación de una manera diferente, que estemos al pendiente de lo que pasa en diversas latitudes del mundo a través del uso del internet y sobre todo, nos han orillado a generar creatividad sobre las ya conocidas formas productivas; desde el comercio, que se ha incrementado de manera exponencial a través de las plataformas virtuales; hasta la asesoría psicológica vía plataforma digital o video llamada, incluso en nuestro Estado (Estado de México) está ocurriendo una transición a lo que podríamos justipreciar como una “justicia virtual”.
En plenos andares del siglo XXI estamos enfocando nuestros esfuerzos a una nueva forma de entender la justicia, de hacernos participes de ella de manera remota, pero con la carga coercitiva del Estado; estamos aprendiendo a ejercer el Derecho “a la distancia”.
No podemos dejar de lado que en nuestro país, a raíz de la reforma constitucional implementada para la impartición de justicia del año 2008, impulsada por el entonces presidente de la República: Felipe Calderón Hinojosa, se empezaron a cambiar los paradigmas añejos con que se concebía la administración de justicia y el actuar de la abogacía mexicana; recordemos que antes de la fecha señalada “eras culpable hasta que no demostraras lo contrario”, el coyotaje que permeaba a los alrededores de la entonces denominada Procuraduría era una mala pieza que hacía engranar la administración de justicia; el acceso a la justicia era lento y engorroso, no solo para quien sufría la violación a sus derechos sino para quien representaba a una de las partes en controversia.
Con ello, se empezó a impulsar la aplicación obligatoria de los derechos humanos, como una prerrogativa elevada a rango constitucional, apresurándose la reforma legal en diversas materias para que pudiéramos transitar hacia una verbalización de la justicia con los llamados “juicios orales”, así se fue moldeando la apertura a la aplicación de las “técnicas de litigación” que eran y siguen siendo necesarias para los operadores del derecho, llámense jueces y magistrados, pero también para los abogados postulantes, derivado de ello se empezó a idear el derrotero de unificación del Código Nacional de Procedimientos Penales para nuestro país y se logran agilizar los trámites para modernizar las materias: civil, mercantil y laboral.
Muchos fueron los efectos de esta citada reforma, entre los que podemos encontrar: la modificación a la infraestructura física de los inmuebles que albergaban los juzgados, la videograbación y simplificación de procesos, la reingeniería en el organigrama del Poder Judicial y su repercusión administrativa. A medida que el ser humano evoluciona, evolucionan también sus relaciones sociales, tornándose menos armónicas y ante ello, surgió la necesidad de hacer mutar al Derecho, la apertura de fronteras comerciales y culturales dio como resultado la adecuación de nuestro sistema legal a las tendencias mundiales.
Somos por tanto el eslabón del tiempo que nos permite generar sinergia entre las antiguas y las nuevas generaciones, este transitar tecnológico nos ha permitido formar una postura ecléctica, en donde forma y fonda son un lazo indisoluble. Sin embargo, hay efectos como el generado por la contingencia sanitaria que ha hecho que los abogados volvamos a estar en el ojo del huracán; y es que siguen incrementándose los problemas sociales, por ejemplo: la violencia doméstica derivada del confinamiento social ha ido en aumento, las separaciones conyugales han sido más latentes, los menores de edad se encuentran ante un gran peligro, la salud como un derecho humano (constitucionalmente reconocido) nos ha abierto la brecha de la reflexión.
Se requiere la presencia de los abogados en el pleno ejercicio de su profesión. Los abogados postulantes sin las prestaciones sociales derivadas del ejercicio de su profesión se encuentran ante una nueva encrucijada; quieren laborar, pretenden contribuir a través de su ejercicio profesional a dirimir las controversias sociales, pero algunos se encontrarán en un panorama oscuro.
El Tribunal Superior de Justicia de nuestro Estado ha dado pauta para que, auxiliados por la tecnología; se puedan tramitar de manera remota juicios en el famoso “Tribunal electrónico” con la implementación de “juicios en línea” y la obtención de una “firma electrónica” que dará certeza a la actuación de los abogados en la sustanciación de procesos, para con ello mitigar un problema social latente y tratar de llevar a buen término la dimisión de controversias.
Habrá quienes, acusando desconocimiento, peleados con la tecnología y adecuados al modelo tradicional muestren resabios a este paso a la transición digital. Hay quien dice que la abogacía sufre un problema de transición que apenas empieza, la utilización de software especializado, la implementación (con vicios de futurista) de la robótica para la sustanciación de juicios y el uso de la estadística como un medio empelado para la definición de controversias; generan mesas de análisis en la práctica profesional, dando cuenta de que los modelos paradigmáticos del abogado han quedado a un costado para dar paso a nuevos arquetipos.
Ahora bien, se debe retomar la visión humanista del estudioso del Derecho, del defensor de las causas justas, se debe revalorar la necesidad de reestablecer el orden social como primicia de la humanidad y sea cual sea el futuro de la abogacía se debe redignificar la figura egregia del abogado; hoy se requieren de mediadores, impulsores del Estado de Derecho, de promotores de leyes justas y equitativas, que le den soltura al país, y certeza al paso de las nuevas generaciones, se necesitan apasionados del Derecho que tengan el derecho a defenderlo.

