Sex out the city

Views: 4502

Aquel hermoso paraje verde podría ser considerado como el vestigio de la urbanización. Desde allí se puede ver la catedral, los hospitales, el cine, los distintos barrios y escuchar los ruidos de la ciudad. La postal me recuerda la escena de Nacho libre en dónde el personaje de Jack Black renuncia a todo luego de una derrota y en el ostracismo, todos pueden verlo de todos modos.

Aunque, la distancia es una poco mayor, tal vez un par de kilómetros. De cualquier forma, por ahí, antaño, nadie pasaba. La barriga de cualquier árbol es el sitio idóneo para sentarse a leer, escuchar algo de música o simplemente contemplar el cielo dónde, por cierto, parecen alojarse los más exclusivos atardeceres en la tierra, debo decir.

Pero la cuarentena lo modificó todo. Lo que antes eran ocasionales pastores y hombres a caballo o en bicicleta de vuelta de los trabajos del campo, ahora son familias completas que salen a caminar, paseadores de perros, runners y ciclistas que de todos modos no consiguen hacer una gran presencia en medio de toda esa naturaleza a campo abierto. Pero, hay algo que ha llamado mi atención poderosa y sabrosamente: y es que por ahí también aparecen autos que a tirones trepan las veredas de tierra, algunos convertidos en autos de lecciones de manejo, otros que metros adelante escupen adolescentes ya ebrios, y los más peculiares, los autos amorosos.

La máxima de toda esta pandemia es el distanciamiento, y tan insólita como poderosa por sus estragos, nos ha remitido a los hábitos más primitivos, al puro estilo de Eat, pride, love, de Elizabeth Gilbert, pues sin notarlo, en la crisis hemos reconfigurado en nuestra mente lo esencial de esos placeres; hoy más que nunca son casi privilegios. Así, racionamos la comida, los templos han echado mano de altavoces para estar cerca de su feligresía (no muy justo para todos, eh) al puro estilo de las mezquitas musulmanas y se encuentran los medios y espacios para encender la llama del amor.

Era una tarde común. Los autos por ahí y su creciente presencia, era de hecho, ya habitual. Desde mi árbol, vi un taxi avanzar por una de las veredas y tomar otro pequeño sendero en dirección a donde estaba. A escasos cuatro metros, un matorral de buen tamaño obstaculizaba la visión del camino de tierra y como lo custodiaba con los ojos, sólo esperaba que lo rebasara para poder saludar a quien estuviera dentro. Pero no pasó, el auto se detuvo. Que tan cerca debía estar como para que sus voces, no así lo que decían, fueran audibles para mí, pero, sobre todo, que ocupados iban en su cometido como para no darse cuenta de mi presencia.

Las risas y cuchicheos que en un principio llegaban hasta mis oídos de pronto acallaron. Primero no le di importancia y seguí leyendo. Luego, el silencio era extraño. También creí haber puesto tanta atención en el texto que no me había enterado de su partida, sin embargo, todo era sumamente sospechoso. Y solo tuve que ponerme de pie y dar un paso al costado para convertirme en director de cine porno, ya que como si mis ojos hubieran sido el claquetazo esperado, el fulano aquel se le trepó a la dama en turno en el asiento del copiloto. Como un escuincle ante una travesura, meneé la cabeza para buscar a alguien más por ahí, pero no hubo tal. Acto seguido volví al árbol y me quedé quieto doblándome ahogadamente de la risa. Curiosamente lo más picante fueron los sonidos pues aquel muchacho, aunque fugazmente, montó una carpintería.

Habrán sido escasos 10 minutos del show completo cuando el hombre echó a andar el motor y se fueron. Para no incomodar a la amorosa, disimulé clavar lo ojos bien profundo en el libro, pero alcancé a notar su sorpresa al verme ahí cuando se llevó las manos a la boca y se echó a reír también. Ahora la patrulla merodea ese lugar, alguien debió hacer el reporte, lo que habla de lo habitual que es el evento y también lo claro que es, cuando otros autos deambulan por ahí y urgen a los árboles, matorrales o mera distancia del campo visual natural.

Con todo esto sólo se puede pensar que, en efecto, como la comida y las plegarias, darle gusto al cuerpo, como lo postula Abraham Maslow, es vital para la vida y una psique sana. Tinder por ejemplo ha registrado alzas en su número de descargas, y bueno, amén de algunos ingenuos que se resisten, todos sabemos para qué fue creada la App. No obstante, no hay mejor prueba que esta, ya que ante la emergencia (pues hay que decir que los dos llevaban tapabocas), con los bares y hoteles cerrados, de todos modos, se encuentran las formas al uso de la vieja escuela, escapando del virus y de la ciudad.