El pueblo de Dolores

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La cultura que venía acompañando a don Benito Pablo Juárez García, que lo nutría en todas sus horas eran las del dolor y la miseria de su pueblo. Cuando en su libro Apuntes para mis hijos llega a la etapa en que cuenta los inicios de nuestra Independencia, sabemos que ha llegado a tan corta edad la hora de su examen final: la hora de tomar su vocación que llega con duras experiencias a lo largo de su vida. Cuenta Juárez: En el año de 1827 concluí el curso de artes, habiendo sostenido en público dos actos que se me señalaron y sufriendo los exámenes de reglamento con las calificaciones de excelente nemine discrepante y con algunas notas honrosas que me hicieron mis sinodales. En ese mismo año se abrió el curso de Teología y pasé a estudiar este ramo, como parte esencial de la carrera, o profesión a que mi Padrino quería destinarme y acaso fue esta la razón que tuvo para no instarme ya a que me ordenara prontamente. En esa época se habían realizado grandes acontecimientos en la Nación.

 

Tan pocas palabras para abrirnos el hecho que rompe con las memorias de su vida personal, familiar, de niño, adolescente y joven que desea superarse. Y son sólo unas cuantas palabras que nos dice la toma de conciencia de que es él y su sociedad. En esa época se habían realizado grandes acontecimientos en la Nación. La generación que nació a principios del siglo XIX es en México una generación privilegiada por todo lo que han de vivir en alegrías y sufrimientos. Aquí mismo vivió su juventud y sus últimos años el poeta e independentista cubano José María Heredia y Heredia. Vino a México a vivir en carne propia lo que era el nacimiento de una patria que se desligaba del imperio español para forjarse el camino de la democracia, de la cual el mayor ejemplo en el continente lo era Estados Unidos de América desde julio 4 del año de 1776.

 

José María Heredia y Heredia que tuvo la triste oportunidad de ver en qué se convertía el camino de un país independiente aferrado por los más negros intereses; que no quieren, a pesar de la salida de los españoles dejar sus privilegios de tierras, dinero, metales, y mala convivencia en una sociedad de todos: pocos ricos de un lado, y mayoría de pobres por el otro. Criollos por un lado —los más aferrados a sus privilegios— y mestizos, que buscan hacer espacio en sociedad cerrada, clerical en el peor sentido de amor por las cosas del César, y abandono de los fines morales y religiosos por los que dicen ser sacerdotes y promotores de una religión de humildad y justicia.

 

Si sus años primeros fueron de total búsqueda para sobrevivir. Al llegar los que determinan el final de la década de los veintes en Oaxaca don Benito Juárez con unas cuantas palabras nos avisa que sí, ha sido desde siempre un hombre preocupado por su sociedad y la falta de normas justas y morales que deben de ser su escudo ante tanta injusticia; que se define en el oprobio en que la clase privilegiada, militares y clero, hacen sobre las grandes masas de un país cuya pobreza es extrema y cuya educación, ya lo vimos en el ejemplo de Juárez, sólo podía a aspirar a ser remedo en su deseo de tener al pueblo en duro analfabetismo, para que no despierte de su esclavitud.

 

Cuenta Juárez: La guerra de independencia iniciada en el pueblo de Dolores en la noche del 15 de septiembre de 1810 por el venerable cura don Miguel Hidalgo y Costilla, con unos cuantos indígenas, armados de escopetas, lanzas y palos y conservada en las Montañas del Sur por el Ilustre ciudadano Vicente Guerrero llegó a terminarse con el triunfo definitivo del ejército independiente, que acaudillado por los generales Iturbide, Guerrero, Bravo, Bustamante y otros jefes ocupó la Capital del antiguo virreinato el día 27 de Septiembre de 1821.

 

Con la misma sencillez nos cuenta la historia de la nación. El ciudadano que deja de hablar de sus cosas muy personales o íntimas, para contarnos en su libro referido lo que ha de suceder en ese año de 1821 y hasta la revolución de Ayutla en el año de 1854. Son para él, años de muchos momentos difíciles, de prisión y exilio, de nombramientos en diferentes cargos que duran muchas veces poco tiempo. Es un remolino la vida de Benito Pablo Juárez García que nunca acabó hasta el 18 de julio de 1872, fecha en que muere por causa de una angina de pecho.

 

Expresa con sus palabras aquello para lo que no ha estudiado o piensa vivir: Iturbide abusando de la confianza que, sólo por amor a la Patria, le habían dispensado los jefes del ejército, cediéndole el mando y creyendo que a él sólo se debía el triunfo de la causa nacional se declaró Emperador de México contra la opinión del partido republicano y con disgusto del partido monarquista que deseaba sentar en el trono de Moctezuma a un príncipe de la Casa de Borbón, conforme a los tratados de Córdova, que el mismo Iturbide había aprobado y que después fueron nulificados por la Nación. Lección de sus palabras contra todo tipo de emperadores e imperios se está si eres en verdad mexicano. No se lucha contra un imperio para imponer otro así venga de Europa con sus oropeles. Esos diez años de estudio, de graduarse como abogado con duras pruebas, han de enseñarle, como lo vio toda su vida, el papel tan triste que hacían los sacerdotes a lo largo y ancho de la entidad y en el país de reciente cuño independiente.

 

Destacan sus palabras sobre lo que él llama el vulgo es decir toda esa mayoría de la comunidad que al no tener preparación acepta todo tipo de propuestas, y de ello se aprovechan los explotadores. Por eso celebra en Oaxaca cuando se crea el Instituto de Ciencias y Artes en el año de 1827, pues él ve en la educación de los pueblos la única salida a la ignorancia, a la explotación de militares, ideologías religiosas y ricos explotadores. Las lecturas de estos años a partir de la firma del Acta de Independencia prueban en sus recuerdos, de manera sucinta, que el nacimiento de nuestra nación fue muy doloroso. Al no existir una representación de las masas oprimidas se navegaba en la ambición del poder económico, material, social y humano, para no dejar que la independencia trajera otro país al que los explotadores de siempre seguían aspirando y forzándolo con sus prepotencias y recursos económicos.

 

Para cambiar al país tendrán que venir varias décadas donde Juárez ha de ser figura señera, como lo ha de ser el padre de la República y jefe de los liberales don Valentín Gómez Farías. Se irá fraguando por décadas y décadas la consolidación de México; quizá sólo hasta firmar el 5 de febrero en Querétaro la Constitución de 1917, donde los artículos 3º. 27, 123, le han de dar al pueblo la norma para decir que sí existen y que tienes iguales derechos que las demás clases sociales. La presencia de campesinos, indígenas y obreros en un país de larga historia de injusticias y desigualdad por fin ha de tomar forma.

 

Pero antes ha de ser la terrible batalla por lograr la Carta Magna que ha de dar forma a México en el siglo XIX, la Constitución de 1857 es, ante los demás pueblos de la tierra, el acta que bautiza definitivamente a un país que no quiere centralismos ni monarquías, sino un país republicano, federalista y liberal. En este siglo se prepararon y cultivaron los frutos que se han de recoger en Querétaro en 1917. El siglo XIX es, por tanto, la presencia de una generación que en política y en temas de jurisprudencia y filosofía política, crea las bases de lo mejor de nuestra vida democrática en el siglo XXI, con todas las limitaciones que se quieran poner. Por eso las palabras de Juárez son ciertas.