La abuela sabia

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Casi todos tenemos una figura en casa. Algunos la compartimos de manera constante con los recuerdos y la melancolía. Otros, simplemente la vemos en la lejanía y solemos admirar ciertos momentos en los cuales hacemos como que creemos en la realidad y dejamos que ésta nos lleve a mirar, con cierta nostalgia, eventos, situaciones, lugares y en ocasiones, palabras.

 

Todos, entonces, somos parte de una tradición en donde la creencia aumenta conforme los años pasan y nos dejan, sí, nos dejan sentados frente a la ventana de la casa en donde, un día, salimos para dejar el pasado en el pasado.

 

Cuando la locura de viajar me tocó el hombro, a cada ciudad que visitaba le encontraba frases absolutas, citas que alguna vez escuché de la boca de mi abuela sabia mientras ella, con su melancolía a cuestas, miraba el cielo de su rancho, aspiraba el aroma de su cocina de leña y escuchaba el gorjeo de las aves de corral, en donde predominaban los guajolotes.

 

Para mí, llegar a los cerros de la infancia era casi un retorno a las raíces. Sabía, porque de eso me encargaba yo, que ahí era el sitio donde mis padres crecieron de manera distinta a nosotros.

 

Eran lugares llenos de tradición. Costumbres que no cambiaron en lo mínimo, cosas que se hicieron comunes conforme la edad se iba acumulando en nuestros cuerpos y los ojos perdían la claridad y la objetividad.

 

Aún recuerdo la última vez que vi a mi abuela. A su lado, escondida debajo de la cama, la gata coja me miraba con curiosidad y el rebozo eterno era un bulto en la silla de madera que siempre estaba junto a la cabecera del lecho. Apenas hace poco mi abuelo había decidido descansar su ceguera y que sus pasos no se confundieran más entre el polvo de la calle principal, rumbo a la tienda, con su botellita de pepsi que siempre regresaba con aguardiente.

 

Mi abuela me veía con cierto tipo de alegría y silencio. Fue una de las pocas veces que llegué solo al rancho. Sabía que mi madre llegaría pocas horas después, pero aún así su mirada era interrogadora, un poco astuta, pero siempre cariñosa.

 

Ya me había dado de cenar. Lo de siempre, lo que ahí estaba en las tardes en que de niño llegaba con mi madre y las maletas llenas de ropa y cosas que nunca regresaron a la casa. Tortillas recién hechas, frijoles negros hervidos en la olla de barro con epazote y chiles que pasado el tiempo también desaparecieron del plato.

 

En estos días, cuando ya ni la voz de mi madre se confunde con los sonidos del rancho, y las risas de mi abuelo haciendo burla a mi padre se sobreponían en el ruido de los leños en la hornilla de la cocina, me vienen a la memoria entre los ruidos de una ciudad que poco a poco regresa a una normalidad extraña.

 

Sí, a veces los recuerdos regresan a las tres de la mañana, mirando el techo, y tratando de distinguir las estrellas que se veían en la noche de aquellos lejanos días de la visita al rancho.