Rebeldía y resistencia en el arte II: Memorias del subdesarrollo

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Luego que terminó la Segunda Guerra Mundial (1945), los vencedores (Estados Unidos, Inglaterra, Francia) comenzaron hablar de países económicamente más avanzados que otros, a los cuales llamaron “desarrollados”, y por descarte, los demás, fueron los “subdesarrollados”. Cuando se percataron que había países en situación intermedia inventaron el término “en vías de desarrollo”.

 

Con la Guerra Fría, si los países eran capitalistas y comunistas, había que clasificar los que no eran ni uno ni otro e inventaron el término “Tercer Mundo”. Al finalizar la Guerra Fría en 1991, esta clasificación se volvió obsoleta por lo que inventaron los términos “norte” para ricos y “sur” para pobres (a pesar de que en el sur había ricos, como Australia, y en el norte pobres, como Grecia). Y ya entrados, en este siglo a las economías pujantes, con ansias de comerse un pedazo de riqueza, les llaman “emergentes” (China, India, Brasil).

 

Continuando con las absurdas y artificiales clasificaciones, específicamente en el tema del desarrollo, en la década de 1960 los organismos financieros internacionales (FMI, Banco Mundial) y sus brazos académicos como la CEPAL (Comisión Económica para América Latina), impusieron medidas enfocadas a que países subdesarrollados como México, salieran de su atraso y lograran el “tan anhelado” desarrollo, de ahí que se conformara una corriente de pensamiento latinoamericano, encabezada sobre todo por investigadores brasileños (Osvaldo Sunkel, Raúl Prebisch, Celso Furtado, Fernando Henrique Cardoso), que ponía el acento en el “desarrollismo” y la “dependencia”.

 

Planteo esta introducción para entender el contexto de la exposición que tuvo la Fundación Jumex: “Memorias del Subdesarrollo”, la cual mostró corrientes artísticas y estéticas que resistieron y criticaron los cánones modernizadores impuestos por el desarrollismo, con el fin de recuperar saberes vernáculos y populares, así como de impulsar caminos propios y locales hacia el desarrollo, a través de aquellas manifestaciones producidas en condiciones de hambre y pobreza material, y por el impacto de la industrialización, la comunicación de masas y el consumo, propiciando así una rebelión estética y un nuevo giro descolonizador del Arte Latinoamericano entre los años 1960 y 1985.

 

De esta forma, lo primero que se destacó en la exposición fueron instalaciones que no se encuentran en museos convencionales y sólo se ven en los de arte contemporáneo. En este caso, instalaciones que reivindican la naturaleza, lo tropical, la agricultura y el medio rural, incluso con animales vivos.

 

De Hélio Oiticica, uno de los artistas brasileños más importantes del siglo XX, se expusieron en jaula loros vivos cabeza amarilla llamados Lory y Pilla, dos hermanitas sumamente sociables que no dejaban de gritar. Del argentino León Ferrari, una jaula con aves de la serie “Excrementos, 2004-2008”. Y del chileno Juan Downey, una pitón que alude a la “Anaconda Copper Mining Company”, empresa minera estadounidense involucrada en el derrocamiento del presidente Salvador Allende en 1973. Cabe señalar que, según versión de los vigilantes del museo, los animales fueron bien cuidados y ninguno maltratado.

 

Del mismo Juan Downey se expuso un saco de fertilizante de nitrato de sodio artificial, vendido por la trasnacional Make Chile Rich para enriquecerse y sustituir el nitrato natural que se da en el país. Y del argentino Víctor Grippo una instalación de circuitos eléctricos con papas puestas en un estante, conectadas por cables a un voltímetro, cuya función fue mostrar la energía producida por estos tubérculos. Ciertamente sorprende ver animales vivos (aunque también hubo una caja con cucarachas muertas de Lygia Pape cuestionando el arte desconectado de la realidad) e insumos, pero ello logró su objetivo: crear conciencia respecto a que son cosas que también sustentan la cultura latinoamericana y que no hay vergüenza en reconocerlo.

 

En materia de impresos, hubo la serie de serigrafías Arte al paso, elaboradas por el colectivo peruano E.P.S. Huayco, que vendían en las calles de Lima y buscaban crear una “estética popular” accesible a toda la gente bajo el eslogan “sólo lo popular es realmente moderno”. De Perú llegaron carteles de Jesús Ruiz Durand, hechos para cuestionar la Reforma Agraria del régimen militar de los años 70. De Argentina, 25 heliografías de crítica social (conteniendo frases como “Vietnam mon amour”) impresas por el Centro de Arte y Comunicación. De la bonaerense Elda Cerrato, un mapa donde Cuba no es un país pequeño y predomina en medio del continente americano. México también estuvo presente con carteles de la Escuela Popular de Arte de Puebla, con temas sobre educación popular y nuevas formas de gobierno.

 

También hubo fotografías. Del chileno Alfredo Jaar el “estudio sobre la felicidad” con su encuesta dirigida a los automovilistas de carreteras con la única pregunta “¿Es usted feliz?”, como forma de subversión ante la dictadura de Pinochet. De la chilena Catalina Parra, una foto del papa Juan Pablo II, captado haciendo un gesto fiero y al cual se le exige que pague “La deuda e(x)terna”. Del argentino Norberto Puzzolo la serie “Tucumán arde”, que muestra la pobreza de la zona con niños malcomidos trabajando y un bebé cuya cuna es un huacal. Y del mexicano Juan Guzmán, la construcción de la Torre Latinoamericana, del restaurante “Los Manantiales” de Xochimilco y del conjunto urbano presidente López Mateos, como forma de demostrar el “sueño desarrollista” de las décadas de 1950 y 1960 en nuestro país.

 

No podía faltar una instalación de botellas de Coca-Cola del brasileño Cildo Meireles (“Inserciones en circuitos ideológicos: Proyecto Coca Cola”), con instrucciones para la acción política y el armado de bombas Molotov, a fin de denunciar la circulación de mercancías asociadas al imperialismo mundial.

 

Disculparán ustedes que les vuelva a hablar de exposiciones concluidas, pero realmente fue una muestra irrepetible, un gran esfuerzo del Museo Jumex por recopilar y enseñar aquellas expresiones artísticas “subdesarrolladas” y contestatarias que constituyeron formas de rebeldía y resistencia, y que no fueron ajenas a las convulsiones mundiales del año 68. Un buen epílogo para la misma es la serigrafía sobre seda de la colombiana Beatriz González con la frase “Esta bienal es un lujo que un país subdesarrollado no se debe dar”.