La voz de la libertad
“El anhelo de las instituciones públicas y sociales habrá de ser el mejoramiento físico, moral e intelectual de las clases más desprotegidas”
Nicolas de Condorcet
La marcha de la historia lleva tras de sí los anhelos de la humanidad. La palabra define la época de su historia; pues, solo comprendiendo y entendiendo que dice la humanidad es como se concibe su paso peregrino por el mundo y le da existencia. Existencia que se define a través de la palabra, es una existencia inmortalizada, conocida, semillero de las necesidades sociales que será rescatada por las generaciones venideras.
En el llamado periodo de oscurantismo donde la sociedad europea era formada bajo el amparo de las doctrinas eclesiales; la voz del pueblo es sojuzgada, surgiendo -en franca rebeldía- voces que no solo hablaban bajo el espíritu de pacificación y adoctrinamiento, sino que musitaban loas de libertad que rompieran las cadenas que ataban la conciencia de la humanidad.
Libre de epístolas autoritarias que dictaran los rumbos del pueblo, libre de mandatos monárquicos que dirigieran los rumbos de un reino, libre de pensamiento pero también libre de omisión: la palabra cobra un sentido supremo de libertad, lo mismo en los liceos, que en las plazas públicas y en los recintos religiosos; la palabra transmuta su sentido religioso -propio de la enseñanza que se instruía en esos tiempos- a un sentido filosófico; de exaltación y humanismo benevolente para con la sociedad.
Ahí, en el pináculo de una añoranza educativa que pusiera en el centro de su existencia al ser humano en toda su magnificencia; es donde surgen voces que dejan el más grande legado que permea en nuestros días, las universidades buscan a través del fuego verbal de sus representantes dar libertad espiritual al pueblo, surgen con dedo flamígero siempre mirando al cielo, los padres de la iglesia griegos y latinos; Francisco de Asís (el hombre reformador) predica la verdad sentenciada con los hechos; Tomas de Aquino (la razón de la fe) alza la voz para filosóficamente entender la religión a la luz de la razón; Agustín de Hipona (la utopía de una nación) pretende que gobernados y gobernantes emprendan el camino de su engrandecimiento por medio de la igualdad; Girolamo Savoranola (la verdad de la fe) al amparo de la luz denuncia públicamente atrocidades, predica una verdad que debe ser concebida como resurgimiento.
Hombres que bajo el hierro de su verbo fueron forjando la armadura de protección, luz con que pretende blindarse el alma libre de la sociedad.
Así surge una oratoria que se convierte en virginal oratoria sagrada, inmaculada por sus propios predicadores: oratoria que alza en el pedestal de la victoria la sombra de la redención, de la dignidad humana, fe y razón enlazadas en una unión indisoluble, pues con los labios se confiesa y con el corazón se creé; así surge de manera particular el pensamiento de los jesuitas, que aún en nuestros días siguen surcando en su palabra el halito de esperanza en la humanidad.
Una luz se enciende en los nublados días de la humanidad, el pueblo siente la necesidad de abrir sus labios, alzar los brazos y empuñar en sus manos los bálsamos que sanaran las heridas de nuestras libertades; llega en la Francia de las monarquías, la voz de los cañones, el espíritu guerrero y belicoso de las bayonetas. La Revolución Francesa, guerra que propugna por la libertad del individuo, abre paso a la concepción y el reconocimiento de los derechos que todo humano debe de gozar por el simple hecho de ser humano (lucha constante de la humanidad), se lucha para alcanzar la libertad intelectual; para que el espíritu de la idea crezca, ennoblezca a la humanidad y que le dé una palabra razonada; palabra que rompe las cadenas, palabra que cincela sus notas de dignificación.
Previo a la lucha armada, llegó la lucha intelectual; trayendo a su paso enciclopédicos discursos, voces que hicieron retumbar los cimientos del pueblo para despertarles de su letargo; armoniosos y sonoros los discursos del parlamento francés dan lustre a la historia de la libertad, libertad que viene del espíritu y se posa flamígera en la mente. Surge un periodo de luz: destello sublime que abraza el corazón del hombre.
Entonan su canto de batalla cual jilgueros, musitan al pueblo la voz que les fue arrebatada para devolverla limpia, firme y serena. Llegan con oprobio a denunciar los excesos de los gobernantes y se hacen notar las voces de los enciclopedistas; levantando la voz el Conde de Mirabeau: reconocido como “el orador del pueblo”, quien conspicuamente hizo prevalecer los Derechos del Hombre y del Ciudadano; Maximilien de Robespierre: “el incorruptible” quien propugna por una verdadera libertad civil y por la defensa de un estado constitucional que sea salvaguardado por la revolución que le dio origen; Georges-Jacques Danton quien apasionadamente hablaba de las libertades del pueblo y su sello de igualdad, procurando el desmembramiento de los grilletes libertarios; Jean-Paul Marat médico y científico que ocupo la luz de su conocimiento para darle vida a la voz del pueblo y llevarla hasta la máxima tribuna del parlamento francés.
Época de libertades, que pretendía el encuentro humanitario a través de la igualdad y la fraternidad; aquí se gesta el discurso de los titanes que cargan sobre sus ideas los pilares de un gobierno que busca la exaltación del ser humano en todas sus potencias.
Libertad espiritual, libertad intelectual; anhelos de la humanidad que plasmados en épocas disímbolas buscan humanizar a la humanidad, dando a través de la palabra; como arma poderosa de batalla: el mejor discurso y el mejor rostro que aún en nuestros días siguen repiqueteando en diversas latitudes continentales: ¡libertad, libertad… demos voz a la libertad!

