Crónicas de la pandemia 6

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Aunque fuera poco creíble el ver cómo esperaba cruzar la calle casi desde media calle fue algo sintomático. No era común observar a la gente aglomerarse, no al menos unos meses atrás, cuando el denominador consistía en ver las calles vacías, negocios cerrados, sin encontrar sitios en dónde surtirse de lo necesario, ya sea para la casa o para el trabajo, y sobre todo, mirar los sitios donde más había gente con nadie en su entorno.

Por eso, ahora, el hecho de llegar a una esquina y esquivar a cinco o seis personas que aguardan el rojo del semáforo para cruzar de un lado al otro, es algo que definitivamente nos va dejando con ciertas reticencias a acomodarse como se hacía antes.

Quizá por eso me llamó la atención aquel hombre cubierto de plástico (desde los pies hasta el cuello, una bufanda, el infaltable cubrebocas, la máscara, los lentes debajo de la máscara y guantes) que, ante el enojo de quienes venían detrás de él, se detuvo casi media calle antes de llegar a la esquina.

Con resoplidos de impaciencia, moviendo la mano libre con gestos de desagrado y quizá murmurando palabras soeces que no se alcanzaban a escuchar, esperó pacientemente a que el tumulto desapareciera y así poder avanzar.

Sólo por curiosidad me detuve junto al poste del otro lado de la acera. Lo miré. Por momentos pienso que él también miró hacia mi lado, pero no puedo asegurarlo. En la mano ocupada se movía con ritmo una bolsa completamente cerrada que iba de un lado a otro. Su mano libre se limpiaba en el pantalón de plástico y la cabeza iba de abajo hacia arriba con impaciencia.

No es fácil adivinar los pensamientos de una persona sin mirar completamente el rostro, pero mi imaginación podía explayarse con cierto humor al imaginar el conflicto con el cual ese hombre luchaba.

Aunque no podía dejar de pensar en algo más serio. Quizá en su familia hubiera casos de contagio, cercanos o lejanos, y la paranoia, tan común en estos días, le hacía comportarse con temor ante la aglomeración de personas en ciertos sitios. O era sólo la precaución normal de alguien que no se siente seguro en las calles, y menos en estos días donde, al parecer, la relajación de los demás crea un cierto morbo o pánico en otros.

Hasta cierto punto estoy de acuerdo con él. También suelo evitar las aglomeraciones y soy capaz de esperarme unos minutos más fuera de un establecimiento donde descubro un número mayor a seis personas en su interior. Y aunque no voy completamente cubierto como el personaje de esta historia, si es definitivo que mi paranoia es también comprensible.

Digo, no vaya a ser la de malas y se me quite el poder disfrutar de una guayaba completamente madura, que son cómo a mí me gustan. Y miren que no es difícil de encontrarlas en los mercados antes de que decidan que ya no sirven y se vayan a la basura o al agua fresca.