Razonamiento limitante

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Es claro que muchas de las conductas agresivas que vivimos en los distintos contextos están vinculadas a la permisividad con la que muchos padres de familia han educado a sus hijos.

Recordemos que todo comienza en casa, y si desde ese espacio callamos cuando el menor es capaz de gritonearle a padres o abuelos, se acostumbra a salirse con la suya en todo cuanto pide (más bien exige), y no tiene disciplina en sus tiempos y compromisos; la consecuencia saltará a la vista.

Resultado de ello, la intolerancia que las nuevas generaciones evidencian porque han crecido con la convicción genuina de que lo merecen todo y que nada ni nadie les puede ofender ni con el aire.

En esa construcción paradigmática, son capaces de cuestionar a todo y todos, llegando al punto de convencerse de que para obtener soluciones a sus problemas se debe atacar la violencia con violencia, en una clara muestra de incongruencia.

Tratando de ser empáticos, podemos decir que en la gran mayoría de los casos bastaría con una explicación racional y directa sobre la necesidad de asumir responsabilidades en un mundo cada vez más exigente, que demanda profesionales completos, no sólo en lo académico, sino también en lo humano.

Cuando se juzga con base en interpretaciones, todos corremos el riesgo de ser catalogados por supuestos, sin análisis de por medio.  La intolerancia sustentada en agresiones irracionales o inventadas no es la forma de resolver los conflictos.

Estos razonamientos limitantes han llegado a extremos que jamás habríamos pensado; por ejemplo, Warner recién dio el anuncio que uno de sus personajes Pepe Le Pew, dejará de utilizase porque la caricatura normaliza la cultura de la violación y el acoso al asediar invasivamente a la gatita Penélope Pussycat. ¿De verdad esa es la única interpretación?

En paralelo, otro grupo radical exige la salida de circulación de la cinta Vaselina por ser considerada sexista, machista y homofóbica; a este paso, que se cuide Don Gato (y toda la pandilla) porque se argumentará que fomentan el delito; igual sucederá por Candy, Candy, por evocar la sumisión femenina y, bueno, de Ranma y medio ni hablemos porque seguramente causará confusión a los niños sobre su sexualidad.

Ninguno de los anteriores ejemplos, ninguno, es causa única de los efectos negativos que se les imputan; detrás de cada niño y adolescente que ve un televisor, que asiste a un cine, o lee algún libro, hay (en teoría) un adulto que le va indicando hasta qué punto lo que está revisando es real, pertinente o conveniente para su crecimiento.

Debemos ser más analíticos, si la cancelación o censura de estos y otros productos de entretenimiento garantizara una forma de pensamiento diferente, todos apoyaríamos la decisión; sin embargo, las redes sociales y la web en su conjunto ofrecen miles de contenidos mucho más explícitos y no veo tanta reticencia al respecto.

Muestra adicional de nuestra hipocresía, de querer culpar al otro de nuestra inacción, cuando somos nosotros, quienes tenemos hijos, los que debemos supervisarles y orientarles para su adecuada integración al mundo.

Queremos tapar el sol con un dedo.

horroreseducativos@hotmail.com