Celosa

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Cuando la conocí, no pensé que sería mi compañera andante de vida. Quedé atrapada en su mundo coexistiendo en ella y para ella. Tampoco imaginé que sería esencia vital de mi existencia. He tomado conciencia de la fuerza con que me domina; es más que una necesidad.

Se convirtió en cómplice confidente: sabe todos mis secretos, de todos mis amores, decepciones, euforias y sufrimientos. Conoce los sentires de cada experiencia vivida.

Cuando era adolescente, una vez, mi madre encontró el pequeño cuadernito donde le contaba lo que en ese momento nos ocurría:–¡Dios del cielo! Fueron horas de tortura que leyera nuestros secretos.  Esa misma noche me convertí en una hábil ladrona para recuperarla del encierro de su ropero. La pesadez del sueño de madrugada me permitió robar la llave y encontrarla de inmediato. Mis manos nerviosas la tomaron inmediatamente atesorando su interior.

Ya para esos días, me di cuenta de lo importante que era cuidar cada una de las palabras depositadas en su cuerpo de musa.

Cuando mis ojos del alma viven el mundo, la pienso, la siento, la vivo; está en cada uno de mis suspiros. Permanezco en sus frases, en cada aliento de vida que me permito y bajo el subterfugio de la sensibilidad y el pensamiento. Vuelo con sus poéticas alas llevándome a sitios inimaginables.

Me recreo entre la lectura y la escritura. Ambas virtudes de la sensibilidad van más allá de la gramática vital y la insostenible razón de ser.

La lectura me ha prodigado el goce de la imaginación interminable, pero ella, el espejo de mi alma, es una celosa que exige toda mi atención, todos mis sentidos. Me hace mirar sus curvas, delinear sus muslos poéticos.

Cuando estamos juntas, exige mi mirada, mi razón, mi amor y desencanto no sólo para plasmarlos, sino para dejarlos definidos en la luminosidad de las palabras.

Ah, mi diosa escribiente, espejo de mi corazón, nos contemplamos una en la otra, celosa como las musas, ¡Musa celosa! ¡Escribana!