Sosiego

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Este mundo no es de nadie o si, de algunos cuantos. Por eso salgo a respirar esta mañana, embriagándome del aire que galopa en mi azotea. Pienso por un momento que el cielo es mío, pero me arrepiento, porque no merezco el cielo ni nada. Al menos el canto de un pajarillo que se asoma por la copa del nogal, un pajarillo que después se columpia solitario en los cables sucios de la calle Juárez.

Ese canto después se vuelve un nudo y construye un nido en mi garganta. Luego ahí vive, ahí se acuesta, reza y después en la noche –que también es de unos cuantos, de los poetas quiero decir– canta y se siente libre, extiende su envergadura  y vuela.

Así se llora, cantando y así se canta, llorando.

Ojalá y sí, exista un mañana donde la mujer ocupe el lugar que merece, que es de ella y ha sido arrebatado a lo largo de la historia. Ojalá y se escuche hasta el eco de los cantos de las mujeres que viven su vida, como la de algunos, y, tantos