El día de la Flor

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Regalabas flores, no sé exactamente por qué, alguna clase de ofrenda o tal vez, como acto premonitorio de esta despedida. No imagino la naturaleza ni tengo recuerdo de ella en mi vida de grillo de asbesto. Recuerdo poco el ignoto campo, la luz del sol, a cambio tuve el césped de los parques públicos  y caminar entre la lluvia y el barro cuando la mente, todo lo puede.

De las flores, ni hablemos. Conocí las Gladiolas, flores coloradas en controladas macetas por la paciencia de mi abuela, los níveos Alcatraces perfectos de un jardín ajeno, gruesas Aves del paraíso en brazos de mi padre cuando sus viajes eran parte de un empleo que terminó por matarle. Jazmines y Alhelís, alegraban el aire florido de las manos artríticas de mi madre. Conozco una flor pequeña que mis furtivos ancestros llamaban Pensamiento, Gardenias frondosas en caros ramos y una Dalia. Las Rosas me dan miedo. La belleza suele ser un arma criminal  y esas altivas flores saben muy bien con lo que cuentan, femmes fatales. También he visto ricas Flores de Nochebuena, engreídas, brillantes como focos, en mi casa adorna una que sólo sabe temblar de frío y abrojo.

De joven, el enamoramiento  hizo rendirme ante la poesía y el encanto varonil de los Claveles; rojos no,  porque el amor gitano no existe, amarillos porque al contrario de aquello, la indiferencia es para siempre. Nunca recibí flores por amores. Sólo algunas en un cementerio y aquellas con las que cuento, de tu parte, en mi tumba. De buena gana recibiré un Cempasúchil frente a un altar de Muertos, la historia lo amerita.

Como canta una canción Porque todo lo que nace, perece y porque las flores también se marchitan. Que todas tus flores se abran solamente a la luz de amaneceres dichosos. Te dejo al cuidado del mejor jardinero: El Tiempo.