Sobre la posibilidad de una transformación con perspectiva social dirigida

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Pareciera ser que, por lo menos desde el punto de vista sociológico, poco a poco, el concepto de cambio social se ha generalizado y ha venido a ser sinónimo de dinámica social, contrapuesta a inmovilidad social. El concepto sirve hoy en día para indicar una variedad de procesos tales como: la modernización, el progreso, la evolución, la difusión de las innovaciones y, en general, la transformación de las estructuras sociales y culturales. No hay duda de que la versión funcionalista, en sus distintas variantes, es la que predomina. Algunos autores proponen una investigación conducida desde un punto de vista particular. E. Hagen (1962), por ejemplo, ha elaborado una interesante teoría del cambio social en tanto desarrollo. Esta es aún limitada, por cuanto pretende, sobre todo verificar la hipótesis weberiana sobre la influencia de los factores psicoculturales, valores y motivaciones adquisitivos, para suscitar desarrollo socioeconómico. Sin embargo, otros autores exponen consideraciones teóricas que tienen un carácter de crítica metodológica. Por ejemplo, R. Boudon (1984) desarrolla un brillante análisis de las teorías del cambio social y muestra sus límites e insuficiencias, que conciben el cambio como puramente endógeno, según un determinismo sistémico cualquiera.

Al hacer esto, expresa una fina crítica de orden metodológico, pero no es propiamente una teoría. Puesto que, de acuerdo con su advertencia, no existen relaciones condicionales y causas generalizables del cambio social, no es posible una teoría que los comprenda, señala el mismo Boudon (1984). El interpreta el cambio desde el punto de vista de un particular paradigma interpretativo, el de la acción.

Ahora bien, dado que la palabra cambio social es utilizada tanto por sociólogos como por historiadores, no está siempre claro en qué preciso sentido se utiliza el concepto. El significado histórico y el sociológico son frecuentemente diversos, sin saberse bien en qué coinciden y en qué difieren. Ciertamente, es una diferencia de método, inductivo las más de las veces en la ciencia histórica, inductivo-deductivo en la disciplina sociológica. La historia ve hechos históricos. La sociología, hechos sociales. Esta interesante discusión recorre toda la época moderna. Muchos autores, como por ejemplo Tocqueville (1856), desarrollaron investigaciones a caballo entre historia y sociología. La comparación entre las dos disciplinas llega a nuestro tiempo, donde se renueva en notas polémicas, como por ejemplo la de R. Nisbet (1969), según el cual es legítimo hablar de historia contra la implausibilidad de una teoría del cambio social, y G. Lenski (1976), según el cual, sin embargo, una teoría del cambio social distinta de la historia es plenamente legítima. Sin embargo, no se trata de detenerse aquí, solamente se trata de señalar la gama de cuestiones que se pueden abordar.

Sin embargo, para el estudio del cambio social las teorías sociológicas se han dividido en dos grandes campos. De un lado, en la gama de la filosofía iluminista de la historia, han venido teorías que adoptaron un paradigma holístico, según el cual el cambio social es el producto de factores, causas, procesos, estructuras de carácter colectivo que dominan los actores individuales: la teoría estructural-funcionalista y la más reciente sistémico-funcionalista representan la versión más compleja y refinada. Por otro lado, emergieron teorías que, juzgando las primeras como infectadas de determinismo, han elaborado un paradigma accionista, según el cual el cambio social es el producto de acciones individuales, caracterizadas por factores subjetivos, así como, obviamente, de su agregación y de sus efectos, queridos y no, previstos o no. Pareciera que quien piensa en determinismos o en operaciones dice querer explicar el cambio social. Quien, por el contrario, piensa en sujetos y, por lo tanto, en acciones dice querer comprender el cambio social. El intento más notable de combinar los dos paradigmas ha sido el estructural-funcionalista, como señala T. Parsons (1966).

Para Parsons la evolución social tiene un carácter multidimensional. La diferenciación social que postulara en su momento Spencer es básica pero no es la única dimensión. Ésta se complementa con la adaptación al entorno o el aprendizaje acumulativo, es decir la cultura, que conduce a establecer tecnologías más eficientes y a conseguir un mayor conocimiento de nuestro mundo. Así es que la evolución, para Parsons, actúa, cómo pensaban Comte, Durkheim y Spencer, mediante un proceso general que provoca una serie de ciclos, pero este proceso general no afecta a todas las sociedades por igual. Algunas sociedades son más funcionales que otras, de manera que trabajan a favor de la evolución y otras, en cambio, debido a conflictos internos o limitaciones ambientales tienen un proceso evolutivo más lento o, simplemente, desaparecen de la historia incapaces de cambiar adecuadamente. Así las sociedades pasaban por las etapas primitiva, intermedia y moderna. Aun así, Parsons intentó evitar dar la impresión de formular una teoría unilineal de etapas diciendo que el proceso evolutivo ni es lineal ni constante.

Existe otra teoría que entronca en la tradición funcionalista, se trata del análisis cíclico de Sorokin. Las raíces de este enfoque se encuentran en las obras de los filósofos Arnold Toynbee y Oswald Spengler. Sorokin se fija en los ciclos de crecimiento y decadencia de las sociedades, para él, éstas oscilan entre tres tipos de mentalidades diferentes: la sensorial, la ideacional y la idealista. La mentalidad sensorial enfatiza el papel de los sentidos en la comprensión de la realidad, la mentalidad ideacional se fija en principios trascendentales o religiosos y la mentalidad idealista combina los dos tipos anteriores. El cambio social surge de la lógica interna de la aplicación de estas mentalidades a los sistemas sociales, que evolucionan hasta alcanzar su punto final, momento en que el sistema se transforma en otro diferente. La originalidad de este pensamiento es que la evolución no es lineal sino circular, cada estado, en un momento dado, puede repetirse en el futuro.

Sin embargo, existe una alternativa a las teorías evolucionistas basadas en principios generales: teorías que se basan en el estudio de procesos en lugar de estados. La sociedad no es vista ya como un sistema rígido y duro que transita entre etapas fijas sino como un campo blando de relaciones, como una red de conexiones constantes. Una sociedad existe mientras algo acontezca dentro de ella, toda realidad social es pura dinámica de procesos de cambio. Lo que realmente existen son procesos constantes de agrupamiento y reagrupamiento y en lugar de estructuras sociales estables hay procesos de estructuración. Hay que echar mano por tanto a la herramienta histórica, los cambios sociales hay que colocarlos en su contexto histórico y cultural, según Calhoun (1992), el método a usar es la comparación histórica, hasta el punto de que podríamos hablar de sociología histórica.