Los estrategas del espíritu

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Pisar el campo minado de llamar estrategas de la palabra a los actores del demencial panorama político que vivimos internacionalmente es tan sencillo como tentador, porque nadie que tenga la fortuna de tener las pupilas dilatadas de asombro, desea callar ante la función de sinvergüenzuras e ineptitudes que dan forma a lo que hoy, se entiende en todo el mundo como realidad nacional. Pero a pesar de esto, el alza de la voz despierta no deja de ser necesaria aún con lo peligroso y fácil que es ser malinterpretado en estos días. Hoy, debe de consistir la tarea del individuo despierto de ideas en clamar afinadamente, mientras se aleja de aquellas fuerzas siempre capaces de hacernos ser infieles con nuestro auténtico quehacer.

Cual sea el lugar de nuestra circunstancia al que miremos parece, que lo político –y algo más– ha dejado de ser uno más de sus elementos para ser el que la  domina por completo; para perpetrar todos sus aspectos. Aun así algunos de estos nada tengan que ver con lo meramente político, pero sí con un elemento, que, al parecer, permanece en la sombra.

Revalorizar el resto de aspectos que siempre configurarán nuestro alrededor no es que sea ya útil sino urgente. Y es que, ¿qué ha ganado siempre el que acusa a el sistema o a los políticos de todo cuánto le ocurre? Nada distinto de tropezar con la más simple, vacía y mediocre analogía conceptual a la hora de entender todo cuanto le rodea, además, claro, de ser otro perfecto Perogrullo más del ámbito universitario si esto se pretende en un ámbito académico.

Nuestra circunstancia, por dentro, es tremendamente más rica que la esfera cotidiana con directa injerencia política. En ella está nuestra lengua materna, nuestras convicciones ideológicas, artísticas, morales y espirituales, nuestra educación, nuestro fuero psicológico, o nuestra historia… Pero vemos que ahora las circunstancias de las personas son extrañas amalgamas de elementos desordenados e incoherentemente fundamentados, en las que todo cuanto hay en ellas, es opaco y ya sin luz y valor propio. Tal estado exige que algo esté ocurriendo y que también las perpetre. Y es que, es aquí donde no hay que mirar al gobierno sino al carácter que tiene nuestro tiempo, como habíamos dicho no pocas veces en este espacio, ya no masivo, sino global; ya no dudoso de su existencia, sino automatizado hasta lo más hondo; ya no meritorio, sino utilitario; ya, en suma, caracterizado por estar lleno de prótesis.

¿Para qué si el resumen está en internet?, ¿para qué voy a escribir un trabajo de veinte páginas si puedo pagar a alguien?, ¿para qué darle tantas vueltas al futuro si se supone que Dios me guía, me cuida, y tiene ya todo decidido para mí?, ¿para qué escucha hoy la gente música sinfónica, criolla, o trova si todo eso no se puede bailar?, ¡cómo sigue habiendo gente que decide estudiar sociales y humanidades cuando ahora lo que vale es la computación y la ingeniería?, son los principales tópicos del día a día que, hoy, por abundar, evidencian el funesto carácter que guía los días corrientes. Escucharlos, es, pues, la manera perfecta de encarar la esencia de este tiempo y de la generación que pasará a comandarlo.

Cuánto daño ha hecho y hace la palabra sirve. Cuántas convicciones férreas y supuestamente de éxito asegurado, y no por ello menos tremebundas en su sentido se derivan hoy de la voz servir. A cuántos sectores en los que se estratifica la masa de nuestra sociedad comanda este término. Cuánto enerva a las minorías selectas el presenciar el espectáculo que lo inmediato y lo eficaz, presentan diariamente a un público ingentemente enardecido de facilismo.

Habernos acercado brevemente a los adentros de la pobreza espiritual de nuestros días permite ahora evidenciar sus estragos tan sencilla como eficazmente, para ir separándola de lo político y entenderla más ampliamente. Para esto apoyémonos en una realidad tan concreta como contundente y veamos que, ahora, graduarse de la más opulenta y prestigiosa institución educativa particular, ya sea secundaria o universitaria, no asegura que, al establecer un diálogo con su egresado vayamos a poder nutrir nuestra erudición y nuestro espíritu. Al contrario, seguramente habremos de movernos entre infinitas capas de prejuicios y aspiraciones parcas, y por lo mismo, anormales de quien supuestamente ha sido educado de la mejor de las formas y en las mejores condiciones. Es, pues, una realidad: la empresa de lo masivo y lo global en nuestros días, por ser independiente de lo político, no distingue ni entre sociedades, ni entre castas al inundar nuestras vidas.

Descrito el fenómeno y descartada la que parece su principal causa, ¿puede verse, entonces, en el día a día algo que delate al elemento velado que tanto ha empobrecido a nuestros días?, si miramos directamente al espíritu del comunicador actual, por supuesto que sí. Pues no es nuevo el decir, que en las sociedades masificadas quien tenga no la consecuencia sino quien complazca al mayor número de individuos, usufructuará el mayor porcentaje de la circunstancia de cada quien, es decir, de lo más íntimo e ineludible que puede tener un individuo. El comunicador ya no es un difusor de información sino alguien que trota a sus anchas por lo psicológico, lo moral, y hasta lo espiritual de la vida de un grueso grandísimo de personas. Ha dejado de ser un estratega de la palabra, para transmutar en un estratega del espíritu.

Ha sido a partir de las dos últimas décadas del siglo pasado y especialmente en las dos del que ahora corre que el comunicador ha involucionado de estratega de la palabra a estratega del espíritu. Son ellos quienes lamentablemente hoy nos enseñan o al menos aspiran, a enseñar a pensar. A meditar. A juzgar, política, artística y culturalmente cuanto nos rodea. Y por cómo se hace hoy todo lo anterior entre los jóvenes, es justo también decir que son aquellos garabateadores de disparates y sinsentidos que hoy son seguidos, por, supuestamente, guiar en la forja de una vida próspera.  Son, pues, quienes hoy son tenidos por los principales portadores de información valiosa. Son, en suma, los correligionarios de los políticos en la tarea de afrentar y hacer caer en picado la prosperidad intelectual del siglo.

Habitan en cualquier red social, programa televisivo o cualquier culto religioso moderno, y su labor de desinformación es simplemente admirable. Pueden convencer a jóvenes bien formados y a sus veinte años, que su destino y sus problemas familiares y psicológicos dependen de ser acuario o de ser leo, cuando ni quien se lo dice conoce el origen cosmológico de los signos zodiacales de la antigua Grecia –por no hablar de sus fundamentos científicos al respecto– Pueden convencer a los futbolistas de vestirse de la más opulenta de las formas cada vez que viajen con su equipo a competir, como lo hacen casi todas las selecciones nacionales al pisar un aeropuerto, sin que les importe que este triste espectáculo no sea, en el fondo, cosa distinta que un recital de patadas a la pobreza y a los orígenes de todos ellos por desfavorecidos que estos sean.

Pueden embutir la cabeza de nuestra juventud con pseudoconceptos calamitosos como la reforma del lenguaje para su inclusividad, el amor propio o el positivismo que conviene tener hoy, aun cuando los autores de estas estériles directrices vitales, no han tenido mayor formación que cursos dictados por visionarios de la salud mental y del practicismo sin mérito pedagógico o académico alguno.

Qué esperar, si es ahora el método y el sistema educar e instruir en el razonar y argumentar falazmente para convencer y convenir masivamente sin que ni si quiera lo sepa ni quien enseña ni quien aprende. Qué esperar, de quienes han sido capaces de, que, aún con todos los avances conquistados en nuestro tiempo, se sigan sintiendo aquellos golpes en la vida… ¡tan fuertes!, aquellos golpes, que

Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero

Y en el lomo más fuerte.