Poder Económico 01/agosto/2022

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“Prometemos según nuestras esperanzas y cumplimos según nuestros temores”.
La Rochefoucauld

 

RETROCESO: El 4 de enero pasado, las bolsas de Estados Unidos, bola de cristal financiera que suele no equivocarse (pues si lo hace cuesta miles de millones de dólares) en su percepción global de la economía, llegaba a máximos históricos. Un excelente primer trimestre económico, nacional e internacional, es decir, global, apuntaba a un año excepcional.

Justamente en esa fecha, los mercados norteamericanos iniciaron una escalada de temor alrededor de la inflación provocada por el alza de los precios y la relativa escasez de los energéticos y de muchas de las materias primas que producen las economías emergentes, tema que se agravó con la guerra de Putin el 28 de marzo. Se encendieron las luces rojas en la Organización Mundial del Comercio y decayó su afán por liberalizar a la economía del mundo, lo que choca frontal y paradójicamente, con las posturas proteccionistas de la Unión Europea y de los hijos del Tío Sam.

Con cierta sensibilidad, el mercado bursátil mexicano, que había alcanzado su máximo histórico el 22 de marzo, estimulado básicamente por las exportaciones, externó su cautela ante la incertidumbre, no solo de las consecuencias de la guerra, sino por la percepción del problema de abastecimiento de petróleo, de materias primas y, de manera especial, por la falta de componentes electrónicos imprescindibles para nuestra principal industria exportadora, la automotriz. Con el noble afán de servirnos, el gobierno ignoró olímpicamente el entorno mundial.

El más conocido de los marcadores estadounidenses, el Dow Jones, perdió, desde su máximo histórico, 11.75% de su valor, descontando que la inflación continuaría, que la economía se desaceleraría y que la FED, su Banco Central, elevaría las tasas primarias de interés, lo que ocurrió cuatro veces en lo que va del año, sin mucho éxito, por cierto. Ahí sí, en la receta equivocada, el Banco de México se dedicó, con mucho ahínco, a seguir la receta neoliberal, con, por lo menos hasta el momento, un fracaso estrepitoso que hiere el bolsillo de todos los mexicanos, especialmente los de menor capacidad adquisitiva.

Al salir inversiones extranjeras en dólares, el tipo de cambio ha sufrido una depreciación mínima, apuntalado por dos factores, las remesas que incrementan la oferta de dólares y la falta de inversiones, que minimizan la demanda de billetes verdes.

Ese es el punto clave para predecir la terrible estanflación, no podemos parar la inflación -ya el presidente dijo que es “galopante”– y no vamos a crecer, porque estamos frenando las inversiones, sobre todo las que se pactaron en el Acuerdo de Libre Comercio con Estados Unidos y con Canadá, que este régimen confirmó, presumió, celebró e inició el primero de julio de 2020, en plena pandemia, y que representó un amortiguador al golpe económico que enfrentó la humanidad

CAIDA: Aparentemente superada la crisis sanitaria y gracias al relanzamiento de la economía norteamericana, la Bolsa Mexicana de Valores (IPC) -nuestra modesta “bola de cristal”– cayó, desde el 22 de marzo, fecha de su máximo histórico, ni más ni menos que el 13.59%. Esto significa que la cautela del mercado en relación al fenómeno económico politizado con el tema de la energía, predice un negro panorama, negro oscuro, con perdón del pleonasmo.

A partir de hoy veremos si el sector público es capaz de devolver al mercado, compuesto por EMPRESAS, seres vivos y activos GENERADORES DE EMPLEO, el dinamismo que el mercado señala que se perdió, mientras nuestros SERVIDORES (?) PUBLICOS se aferran a un ultra nacionalismo (con un TRATADO REGIONAL DE LIBRE COMERCIO y 22 acuerdos internacionales activos) y escatiman propuestas y confianza.

Aun así, seguimos dependiendo, en gran medida, del mercado norteamericano, hay que poner atención a esta aparentemente incontenible alza en las tasas de interés que, de acuerdo a los principios del superprofeta Jerome Powell y de sus seguidores mexicanos, es la mejor receta, si no la única, para contener a la inflación, así tenga que sacrificarse el crecimiento económico.

El seguimiento ortodoxo de esta política ha ocasionado a nuestro país el deterioro de las cifras macroeconómicas (inflación, reservas, tasas de interés), acompañadas de un magro crecimiento económico, una bajísima competitividad y un preocupantemente bajo crecimiento del empleo formal.

Desde nuestra óptica, es un error garrafal pretender que una baja inflación que se busca incrementando el precio del dinero, es la única condición para evitar todos los problemas macroeconómicos y es la primera tarea de administración pública para los responsables -o el responsable, si es uno solo– de la política económica del país.

 

IRRACIONALIDAD: El primer gran error es medir a la inflación en base a un índice ponderado en el que algunas mercancías tienen un alto peso específico y otras, primordiales para muchos sectores productivos, observan incrementos de dos y tres dígitos sin que se incluyan en el índice global, obsesionado en una canasta básica que, para colmo de males es teórica y no se surte ni con cuatro salarios mínimos. He aquí una asignatura pendiente ligada a la productividad y a la competitividad.

Para demostrar que nuestros políticos tomadores de decisiones aman el verbo y desdeñan la racionalidad, baste señalar que ni en la crisis de la economía japonesa de los ochenta, terrible recesión de más de 20 años, ni la mexicana de 1994 con su fantasioso y sobreponderado “error de diciembre”, ni la coreana de 1997, ni la rusa de 1998 o la fuerte caída de los mercados del 2001, ajena a los hechos del 11 de septiembre, fueron precedidas por una alta inflación reflejada en las canasta básicas alimentarias.

Lo que sí las precedió, a las crisis, fue una exagerada aceleración del crédito al consumo (¿ya revisó usted sus tarjetas de crédito?), un creciente apalancamiento y un exagerado e ignorado incremento al precio de los activos. Por si no lo habían notado, exactamente lo que pasa ahora. Vivan la política y el populismo y mueran la racionalidad y el análisis.

Si Roosevelt se apoyó en Keynes para sacar a Estados Unidos de la Gran Depresión (guerras de por medio), Friedrich Hayek, premio Nóbel de economía y experto en economía monetaria demostró que forzar una expansión del crédito para combatir una depresión es tapar un hoyo para abrir uno mayor, ya estamos en este último.

La producción se trastorna y entra en conflicto en cuanto se agota la expansión del crédito. JUSTO LO QUE ESTÁN HACIENDO HOY LA FED Y EL BANCO DE MÉXICO AL INCREMENTAR LAS TASAS. Urge pues, en lo interno y en lo externo, modificar el marco del análisis keynesiano y ajustar la estrategia convencional monetaria. Quién tenga oídos que oiga y, si no, preparémonos para una recesión global.

DE FORMA: Se desgasta el verbo y domina la realidad. A partir de hoy, con los pies en la tierra, debería de difundirse el verdadero programa económico, no solo la idea, que garantice el crecimiento económico, la incorporación de los excluidos a la economía formal y la equidad fiscal sin distinciones y sin discriminaciones, es la única manera de demostrar inteligencia y voluntad.

DEFORME: La falta de acuerdos en la Organización Mundial del Comercio para liberalizar definitivamente las transacciones internacionales es una prueba de que, entre la teoría, las intenciones y la realidad hay seres humanos con intereses y con compromisos. Ni Estados Unidos ni Europa cancelan sus subsidios agrícolas y agreden, económicamente, a las economías más pobres, La situación de Ucrania y Rusia agrava la situación, México ya la padece. Hay, pues, dos conceptos para ellos: “Tú liberas, yo controlo”. La ley del embudo.